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El ángel de la muerte entre Argentina y Chile

por 16 septiembre, 2004

En la nación transandina, el FMI dejó su marca indeleble tras su meta de construir el infierno en el sur del mundo, provocando un estallido social en reclamo por una administración económica que significó grandes sufrimientos al pueblo argentino, al mismo tiempo que avaló toda suerte de prácticas corruptas e inmorales.
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La reciente visita del director gerente del Fondo Monetario Internacional, Rodrigo de Rato, a Argentina y Chile, dejó en claro que la intromisión de esta institución en la política económica de los países es una de las grandes miserias de la presente globalización.



En la nación transandina, el FMI dejó su marca indeleble tras su meta de construir el infierno en el sur del mundo, provocando un estallido social en reclamo por una administración económica que significó grandes sufrimientos al pueblo argentino, al mismo tiempo que avaló toda suerte de prácticas corruptas e inmorales. Los argentinos entendieron que el FMI era en gran parte responsable de sus males y así se lo hicieron ver a Rodrigo de Rato en Buenos Aires.



En cambio, el vuelo rasante de este oscuro personaje sobre nuestro país no mereció reacción alguna de la ciudadanía. Los medios de comunicación, afines ideológicamente a las políticas que recomienda esta institución, insistieron en la propuesta del FMI para flexibilizar aún más el mercado laboral en Chile. El discurso de este ángel de la muerte -cómo no- hizo eco en todas nuestras autoridades, tanto así que posó sonriente con el ministro de Hacienda, Nicolás Eyzaguirre.



Sin embargo, es evidente que el FMI no responde a un modelo de desarrollo equitativo ni democrático. El Fondo Monetario Internacional se creó a mediados de la década del '40, luego de la Segunda Guerra Mundial, y su objetivo respondió al deseo de unificar la economía mundial y ordenarla en un solo mercado, lo que favorecía claramente los intereses de Estados Unidos. Durante casi sesenta años de existencia, esta institución ha contribuido con creces a profundizar las condiciones de precariedad material y moral, así como el desfalco de los recursos naturales en los países del Tercer Mundo.



Por eso, la sumisión de las autoridades chilenas frente a las instrucciones del FMI es realmente lamentable e indecorosa. El señor Rato llegó para difundir la flexibilidad laboral en Chile, discurso del cual hacen eco los administradores -aprendices de pócimas- de la economía nacional.



De manera torcida y mefistofélica se muestran preocupados por la situación del empleo y lo plantean como una deuda pendiente. Sin embargo, así como cualquier desquiciado de un campo de concentración nazi que propone la eliminación física de los desvalidos para evitar sus sufrimientos, este Mengele de la economía trae como gran propuesta para generar empleo nada menos que la gargareada flexibilidad laboral, la que, en el mejor de los casos, obtendrá una sustitución de trabajadores caros por trabajadores baratos.



Las dos consecuencias son claras: aumento de la precariedad del trabajo a través de la promoción de empleos indecentes y disminución de la demanda interna, al reducir el ingreso precisamente de quienes le compran a las pequeñas y medianas empresas, que son las que dan empleo en Chile.



Pero probablemente ocurrirá algo más con esta medida: la reducción del nivel de ocupación, dado que lo más conveniente para un empleador que enfrenta problemas de demanda es reducir sus compromisos, lo que lo inducirá a disminuir el número de sus trabajadores, aumentándose de paso la explotación, dado que se le exigirá a los que quedan producir lo mismo que antes lograba un número mayor de trabajadores.



Los expertos como Rato dirán que esto es aumentar la productividad, pero los "ignorantes" diremos que hay que distinguir entre aumentar la productividad y aumentar la explotación. La primera es el resultado de un mayor nivel de educación, de mejores instrumentos de trabajo y de mejoras salariales, mientras la otra no es nada más que horas de trabajo extras por los mismos salarios y las mismas precarias condiciones. Tómese en cuenta que ya en Chile el promedio de horas trabajadas está llegando a más de 11 horas diarias.



La cínica y torcida preocupación por los chilenos que aparenta demostrar el señor Rato pretende ocultar el principal lineamiento del FMI: favorecer a las grandes transnacionales y sus inversiones en el Tercer Mundo. Una mayor flexibilidad laboral va en la dirección de allanar el camino al capital financiero mundial que, de carrete por el mundo, va buscando oportunidades para rentabilizar sus inversiones, o sea, salarios bajos y normas ambientales laxas. Esa es la misión de los expertos como Rato: promover las condiciones que rentabilicen el capital multinacional.



Lo que duele, lo que irrita, lo que avergüenza es darse cuenta de la enorme distancia que hay entre un pueblo que se inclina indecorosamente ante el portador de catástrofes y otro pueblo que intenta recuperar su dignidad, después de haber sufrido las relaciones carnales entre el señor Menem y la Casa Blanca. Mientras en Chile nuestras autoridades sensualmente se contorsionan ante Rato, en Argentina se apedreaba el vuelo de este ángel de la muerte.



Marcel Claude, presidente de Corporación Representa

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