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La Tercera Vía de Pinochet

por 22 septiembre, 2004

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La historia de la humanidad nos proporciona una larga y pavorosa lista de dictadores y tiranos de la más diversa laya. Los hay de los distintos pelajes y raigambres políticas o ideológicas. Sin embargo, si se examinan sus historias personales, habría que convenir en que muchos de sus rasgos comunes los convierten casi en una hermandad universal. Muy por encima de los confesos u ocultos propósitos que sustentaron o pretendieron enarbolar para intentar justificar sus bellaquerías.



Algunos de estos dictadores se encaramaron al poder por obra y gracia de la voluntad popular, la misma que a poco andar se encargaron de expropiar y aplastar. Los más, se alzaron con el gobierno de los países que supieron de sus tropelías por medio de la astucia, el engaño, el terror y la violencia. Unos y otros se valieron siempre de la represión y el miedo que lograron infundir en sus opositores para sostenerse en sus poderes mal habidos y peor ejercidos.



Todos, sin excepción, supieron del halago sin limites, de la obsecuencia y el servilismo de sus parciales, quienes no dejaron pasar ocasión para alabar la gallardía de su estampa, el fulgor relampagueante de sus ojos, la sustancia de su verborrea y la claridad sin par de su pensamiento, amén de su patriotismo. Daba lo mismo si se trataba de un individuo maltrecho o de un bruto e ignorante de antología. Lo importante era rendirse ante el poder sin contrapeso y tratar, en la medida de lo posible, de medrar a la sombra del poder del ungido.



Cuando la ira popular o alguna otra circunstancia inopinada y malquerida les gritó a la cara que sus días estaban contados, una buena parte de estos tristes y voraces personajes abandonaron sus voces tonantes y sus ademanes grandilocuentes para emprender las de Villadiego, poniendo pies en polvorosa hacia un exilio casi siempre dorado. Buscaron así poner a salvo sus aparatosas humanidades, y porqué no, también los pellejos de sus familiares y alcahuetes más cercanos.



Claro que no emprenderían el viaje sin retorno, sin antes haberse asegurado de vaciar concienzudamente las arcas fiscales de los países que asolaron, o de cerciorarse del estado de engorde de las cuentas que mantuvieron desde siempre a buen recaudo, en la banca de países muy civilizados, muy democráticos, muy blancos, muy europeos o norteamericanos.



Otros tiranos no tuvieron tanta suerte ni oportunidad, y debieron dar con su humanidad contra el pavimento, en una casi siempre oscura y fría noche de las capitales que hasta hace poco los habían visto reinar, con gesto adusto o sonrisa bonachona, de acuerdo a lo que la necesidad mandara como prudente y necesario.



Al final de los finales, escapar o morir, debió ser la primera sentencia aprendida por cualquier aspirante a dictador en cualquier confín del mundo, desde la mismísima antigüedad clásica hasta los tiempos más modernos. Ello debió tener el sentido de una palabra revelada para cualquier dictador, fuese europeo, africano, asiático o latinoamericano.



Pero he aquí que la historia, esa vieja fea y ruda que nunca termina de asombrarnos, nos da de pronto un sonoro golpe a la cátedra y nos ofrece una tercera y muy chilena vía o solución al acertijo a resolver, en cuanto a que deben hacer los dictadores defenestrados cuando gélidos vientos comienzan a soplar sobre sus despavoridas nucas: ni huir ni enfrentar la traicionera muerte por mano propia o ajena. En lugar de eso, hacerse el leso, ni más ni menos.



Claro que tampoco hay necesidad de expresarlo de modo tan brutal, si de lo que se trata es de zafar a como de lugar. Mucho menos si la ciencia médica nos proporciona una terminología menos lacerante para el interesado. Como, por ejemplo, "demencia senil de leve a moderada", "lesión subcortical" u otras afecciones por el estilo.



Así los voceros (o bolseros) del tirano en retiro forzoso podrán afirmar con todo dolido, que el caballero no es capaz de sostener una conversación coherente, que no escucha lo que se le dice o no lo entiende, que no logra tampoco recordar eventos pasados, que está como ido, etc. Si a lo anterior se le agrega la descripción de su escritorio como "una biblioteca egipcia", pues estamos al otro lado con el paciente-cliente. De modo que a nadie en su sano juicio o con algún vestigio de humanidad, se le ocurrirá osar preguntarle por crímenes, desaparecidos, operaciones con nombres de aves de rapiña u otros escabrosos asuntos semejantes.



Mucho menos a alguien, frente a semejante e insanable desastre humano, se le podría ocurrir interrogarlo por cuentas bancarias, cuyos intrincados números, códigos y claves, como es bien sabido, son incluso difíciles de retener para el más pintado.



Alguien podrá estimar que una persona que recurre a semejantes subterfugios para eludir sus responsabilidades carece de sentido del honor, de la dignidad e incluso de la vergüenza. Lo que lo convierte en un pinganilla, por decir lo menos.



Desde el otro lado de la calle, otro podrá considerar que semejante táctica evasiva denota la astucia y los inagotables recurso tan propios y característicos del huaso ladino. Después de todo, la madre naturaleza es sabia y se conoce de ciertas especies del reino animal que incluso simulan estar muertos para eludir a sus depredadores.



Pensándolo bien, quizá de eso mismo se trate y la explicación de todo este incordio no sea otra que Pablo Rodríguez, su diligente abogado, sea un fanático de los programas del canal Animal Planet. De modo que haya aconsejado a su cliente hacerse el muerto, y hacernos a todos de paso, el famoso y muy chileno "perro muerto".



Pinochet quiere arrancarse no hacia fuera, sino hacia adentro, sin pagar la cuenta y cómodamente apoltronado en su silla de ruedas con motor turbo. Qué envidia deben sentir los Somoza, los Duvalier, los Ceaucescu, los Amin Dada y los Selassie, por nombrar sólo a algunos que no tuvieron la fortuna de nacer chilenos.



Carlos Parker Almonacid. Cientista político y especialista en relaciones internacionales


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