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¿Para qué sirven las elecciones?

por 13 octubre, 2004

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Partamos por decir para qué no debieran servir. Las elecciones no debieran servir para demostrar la belleza de la sonrisa del candidato o la originalidad del lema y colores de campaña de la candidata. Tampoco debieran servir para demostrar la increíble capacidad de algunos para recolectar y gastar millones en impresos, avisos y gigantografías. Ä„Por favor, las elecciones no debieran ser feria descontrolada de vanidades ni descomunal lucha de egos infantiles!



Las elecciones son el centro de la democracia de hoy. Este es el gobierno de la opinión, no de la fuerza. Más aún, la democracia es el gobierno de la opinión del mayor número posible de ciudadanos adultos. Mejor aún, la buena democracia se afirma en el poder persuasivo del mejor argumento, compartido por la mayoría. Las elecciones se realizan en forma libre, regular, competitiva y limpia para que los ciudadanos conozcan lo que cada líder y equipo de trabajo proponen para continuar la larga marcha de construir una sociedad justa o, a lo menos, decente.



Las elecciones son el momento estelar para que se desarrollen los argumentos en torno a lo hecho y a lo por hacer. El voto de cada ciudadano debería surgir tras el choque de nuestras opiniones. Las elecciones debieran crear un espacio de reflexión y deliberación que genere el mejor y más amplio acuerdo ciudadano. Si ello no fuese así, si la democracia se limitara al voto de un grupo de ciudadanos que lo emiten en forma desinformada, veleidosa o prejuiciada, nuestra democracia no sólo sería de baja calidad, sino débil y nos podría conducir a un desastre como nación.



Utilizando el pensamiento de Hannah Arendt la mentalidad del buen ciudadano(a) debe ser ilustrada, pues si no sabe, mejor es que no hable, pues el ciudadano que no tiene información no tiene derecho a opinar; autónoma, pues si no piensa por sí mismo, mejor consultémosle al que piensa por él; extensa, pues si no se pone en el lugar del otro, particularmente, del débil, del ignorante y del pobre, es un individualista y un egoísta; y crítica, pues si no cuestiona lo que le enseña la opinión pública, el caudillo predilecto o las modas intelectuales de turno, vivirá con comezón de oídos, de aquí para allá sin ton ni son. No hay que aceptar jamás pensamientos únicos ni verdades que se parecen a ruedas de carretas.



Las elecciones deberían ser espacios públicos, es decir, "un espacio común donde los miembros de la sociedad se encuentran, a través de una cierta variedad de medios de comunicación (impresos, electrónico) y también en reuniones cara a cara, para discutir asuntos de interés común y, de este modo, ser capaces de formar una opinión común". Las elecciones debieran ser para seleccionar más que para elegir dirigentes. La selección supone una elección sobre la base de un criterio de excelencia. Debiéramos elegir a los mejores. Estos son los que han cumplido sus programas anteriores o dado una razonable argumentación para no haber podido hacerlo. Los mejores son los que pueden mostrar una irreprochable conducta pública, alejada de fraudes y latrocinios, violencia física o descalificación verbal. Los mejores son los que presentan las mejores ideas y los mejores equipos de campaña.



Pasemos del deber ser al ser, de lo que están llamadas a ser las elecciones a lo que están siendo en la realidad. Constatemos primero que no hay prácticamente debate entre candidatos. Los que se sienten vencedores, en general, se niegan a asistir a un debate con los otros. Muchos de ellos saben que las elecciones se gana recolectan pesos y votos, no presentando programas de gobierno. En segundo lugar, los medios de comunicación social impresos saben que la política no vende ejemplares por lo que titulares y fotos centrales siguen mostrándonos el mundo de la farándula o de la violencia delincuencial. Las radios crean más espacios de información y debate, pero la televisión los relega a horarios de medianoche y los promedios de audiencia caen a menos de diez puntos. La propaganda impresa, pagada en parte por todos los chilenos, sólo da cuenta de ideas generales y bastante repetidas. Todo se centra en frases tan pegajosas como insípidas.



¿Cómo tender un puente entre el deber ser y el ser? Mediante el control ciudadano. Que cada uno actúe por lo que es: un ser pensante y maduro que no se deja llevar por sandeces. Que exige a quienes aspiran nada menos que a representarnos por cuatro años y a manejar miles de millones de pesos anuales a mostrarnos su hoja de vida, programa y equipo de trabajo. Que demanda a los candidatos a concurrir a debates públicos con sus contendore(a)s y que selecciona a los más capaces.



¿Muy lejano el ideal? Mucho hemos dicho que las actuales campañas no son más que una copia del estilo norteamericano de hacer política. Sin embargo, quienes han podido apreciar las convenciones de los dos partidos principales norteamericanos y los debates entre los candidatos habrán podido apreciar que en ellos hay mucho más confrontación de balances y propuestas que en el caso chileno. Menuda conclusión de mi parte: bastaría que imitásemos un poco más a esos debates para acercar lo que debieran ser las elecciones a lo que lamentablemente están siendo en Chile.





Sergio Micco Aguayo, abogado y cientista político.

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