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Crecimiento con desempleo: ¿cuál paradoja?

por 3 noviembre, 2004

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Hoy se nos dice que la única forma de distribuir la riqueza consistiría en apoyar la actividad económica de los privados para que ellos creen puestos de trabajo. El Estado no debe intervenir más que para proteger y facilitar el libre juego de esos agentes económicos. O sea, aunque se habla en términos "técnicos", se propone aplicar política económica neoliberal. Por eso se debe cuidar a los ricos (como decía Pinochet) e implantar una discriminación hiperpositiva en su favor. Se buscaría la igualdad por medio de la imposición de la desigualdad. Sólo hay que tener paciencia y esperar el "chorreo".



No obstante, en el caso de Chile los economistas se enfrentan a una paradoja: con un crecimiento económico del 5%, hay más de un 9% de cesantía (cifra que tampoco refleja el subempleo). Es decir, al crecimiento no le ha seguido el del empleo y, por ende, menos una redistribución del ingreso por esa vía. Los optimistas señalan que en medio de la "crisis" de este año, igual se han creado 140 mil nuevos empleos. Aunque otra cosa es el nivel de sueldos y las condiciones de trabajo imperantes: recuérdese que en este país los salarios son tan bajos que un gran porcentaje de trabajadores ni siquiera podrán acceder a una pensión mínima en su vejez. De hecho, a pesar de las positivas cifras macroeconómicas y de los altos niveles de inversión, seguimos estando entre los países con mayor desigualdad del ingreso del mundo.



Para entender la actual "paradoja" económica de crecimiento sin empleo-redistribución, no basta aplicar fórmulas sin preguntarse ni comprender de dónde surgen, bajo qué lógica ni a qué fin responden. Hay que salir de los meros tecnicismos para revisar los fundamentos de la teoría económica moderna. A partir de ellos queda manifiesto que tal desface no tiene nada de extraño. Es más, es una consecuencia lógica de la teoría (la cual no transforma automáticamente la sociedad; pero guía, explica y legitima las acciones que sectores influyentes llevan a cabo).



En la segunda mitad del siglo XVIII, el moralista escocés Adam Smith sintetizó hábilmente el ámbito productivo-comercial de la Gran Bretaña de su época. Lo explicó desde principios muy específicos derivados de su condición burguesa y su religiosidad reformada. De ese modo, nos muestra y aboga por una sociedad de pequeños y medianos productores-capitalistas. Estos buscan su riqueza individual y la consiguen en el libre juego de intercambios generalizados. En el contexto de Smith y en sus deseos, capital y trabajo conformaban una unidad. Su liberalismo, al defender el capital, defendía el trabajo de esa burguesía (los obreros de clase baja eran simples engranajes anónimos de la producción).



En ese marco, la distribución de la riqueza no era para Smith un problema: la búsqueda individual de lucro como motor e incentivo productivo-comercial (nunca como fin) lograba ese reparto mejor que cualquier afán consciente. Había que dejar actuar a la "mano invisible". Este para nosotros extraño y místico mecanismo, es la providencia del dios cristiano-reformado que usaría el egoísmo individual como medio de conseguir la supervivencia de la humanidad. Dicha meta se concretaría más exitosamente en un sistema de mercado autorregulado, donde ese egoísmo se puede manifiestar sin intervenciones.



Luego, en el siglo XIX, situaremos en David Ricardo un cambio de importancia en la teoría y aplicación del modelo libremercadista del moralista escocés. El liberalismo de Ricardo, él mismo financista y gran empresario, representa a la alta burguesía financiera: ignora el aspecto religioso de la teoría y pone su acento en la gran empresa y las finanzas especulativas. La economía de mercado autorregulado dejó de ser un modelo-proyecto de la pequeña y mediana burguesía, y el afán de lucro quedó como fin absoluto de la actividad económica. Ricardo puso a la producción, al trabajo y a quienes lo realizan en un segundo plano. Separó el capital del trabajo.



Antes, por un contexto restringido y excluyente, la actividad económica beneficiaba "automáticamente" a "todos": léase los pequeños y medianos empresarios. Ricardo restringió la actividad económica todavía más y como no tenía por qué estar estrictamente relacionada a la producción, el trabajo pasó a ser un efecto colateral del afán de lucro: al perseguirlo se podía crear empleo. Y, es más, la forma en que el capitalista incrementa sus ganancias es manteniendo bajos los salarios y/o no creando más puestos de trabajo de los "necesarios" para asegurarlas.



En ese esquema, la distribución del ingreso tampoco era un problema. Sencillamente, porque la propuesta explícita era pagar el salario más cercano al "natural": el que permitía sobrevivir a los trabajadores sin aumentar ni disminuir su número. No había pudor en negar la distribución, ni en reconocer la eficiencia del hambre para hacer industriosas y obedientes a las clases inferiores. Los trabajadores seguían siendo simples engranajes anónimos de la producción, pero ahora también (Ä„quien lo hubiera imaginado!) un estorbo para la meta del proceso productivo: la ganancia del capitalista.



A la fecha, la vigencia de esa postura para nada científica, queda manifiesta en que "técnicamente" se sostiene el axioma de que subir los salarios baja la inversión. En la actualidad el neoliberalismo incluso ha potenciado la actividad económica como simple especulación financiera, por lo cual ya no siempre o, principalmente, se producen bienes o servicios. Entonces, ni la creación de puestos de trabajo ni la pretendida redistribución del ingreso por ese medio responden a las metas de la teoría. Lo que en Chile explica el por qué las elevadas ganancias de la banca, el crecimiento de las grandes empresas y las compras y fusiones que crean empresas gigantes. Los grupos económicos están preocupados de ganar dinero comprando empresas barato y vendiéndolas caro. No de producir y crear empleo (de hecho, cada fusión implica despidos). Esta especulación "improductiva" es la que hace subir los índices de inversión y crecimiento.



En cambio, las pequeñas y medianas empresas, que sí dan empleo, no forman parte de aquellas "positivas" estadísticas. Por eso en nuestro país hay más concentración económica y dinero, al tiempo que menos trabajo. De ahí la nula redistribución del ingreso. Todo lo cual deja en evidencia que la Economía Moderna busca crear riqueza —cosa que logra con creces— y no está entre sus metas el repartirla. Mal estamos en Chile si esperamos eficiencia a ese respecto (conformémonos con que la subsidariedad del Estado disminuya la miseria para crear un stock suficiente de pobres ávidos de trabajar por el salario que sea).



Ningún humanista podría aceptar una teoría que sostiene que el ser humano es un medio de lucro. Ningún cristiano podría aceptar una teoría que sostiene al lucro como fin de la vida. Ningún demócrata podría aceptar una teoría que sostiene la desigualdad y la injusticia. Ningún científico podría aceptar una teoría que sostiene que supuestos son leyes. Entonces, ¿quién además podría aplicar tozudamente una teoría para conseguir lo que ella jamás ha pretendido lograr?





Andrés Monares es antropólogo y profesor en la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.

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