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¿Él le conoce a usted?

por 17 noviembre, 2004

Piense ahora en las manifestaciones políticas actuales y advertirá una verdadera obsesión de los "productores" por poner la mayor distancia posible entre los dirigentes y la chusma.
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En una columna anterior nos referimos al ansia que parece atenazar a nuestros compatriotas, por elegir, para que nos manden, a personas que fuesen percibidas como "cálidas y cercanas a la gente". Muy probablemente, la ciencia política, la sociología y aun la sicología social podrían aportar valiosas pistas para explicar este fenómeno. Pero al menos a mí, la cuestión me trae a la mente algunos ejemplos y conjeturas, las que aunque quizá modestas y pedestres, podrían aportar a clarificar el origen de la cuestión.



Para ilustrar mi argumento, le sugiero en primer lugar, amable lector, realizar el siguiente ejercicio. Tome una guía de teléfonos y busque el numero de cualquier alta autoridad del Estado. Para nuestros fines puede servir cualquiera, tal vez un ministro, un subsecretario o un jefe de servicio, el que guste o más le tinque. También se puede garantizar el resultado del test con un senador o diputado, e incluso con un alcalde o concejal de su elección. A continuación marque el número y pregunte por el personaje. Cuando respondan, una cálida voz atenderá a su petición con "un momento por favor". Pero no se ilusione, no sea ingenuo ni cante victoria. Eso no quiere decir que le pondrán al habla con la persona requerida de inmediato, ni mucho menos. Usted solo habrá hablado con la recepcionista de la central y la frase solo significa que a continuación le transferirán con otra telefonista, esta vez del piso, despacho o gabinete. Ella a su vez volverá escuchar su petición y ahora si, después de otro "momento por favor", le volverán a transferir. A partir de ese instante usted estará de verdad en la antesala. Si a estas alturas la llamada no se ha cortado, ni le han transferido a una extensión equivocada, la próxima voz femenina que escuche será la de la secretaria propiamente tal. Deberá usted entonces preguntar por tercera vez por la persona de su interés, y le responderán ¿quién lo llama?. Diga usted su nombre y se le informará cortésmente que la persona que usted busca no se encuentra, o que está reunida ("él no se encuentra, ¿gusta dejar algún recado? ").



Eso será señal inequívoca de que su modesto nombre no le suena para nada a su anónima interlocutora. Pero como usted está llamando solo para probar, insista en que quiere hablar con el personaje, en un tono que no deje dudas sobre su empeño. Entonces la amable voz le preguntará ¿de dónde llama usted?. Si usted comete la imprudencia de responder "desde mi casa, desde un teléfono público o desde mi celular", pues le anuncio que esta liquidado y puede olvidarse de hablar con nadie.



Puede ensayar decir que está llamando, digamos de otro ministerio o repartición pública importante (le sugiero la Contraloría, el CDE o el Ministerio del Interior. Le advierto que decir que está llamando de la Presidencia de la República podría ser un poco excesivo). Esa táctica introducirá una cierta duda en su amable interlocutora. Si no hizo eso, y persiste en hablar con el personaje solo como la persona natural que es, la amable secretaria blandirá entonces en su contra el ultimo cedazo. Digamos, la madre de todas las preguntas. ¿Él le conoce a usted?, le interrogará en tono punzante.



Si usted responde que no, pues prepárese a que le digan que tomará nota de su mensaje y que le devolverá la llamada, cosa que muy probablemente no ocurrirá jamás, o al menos no mientras usted viva. A pesar de lo cual usted podrá ufanarse con cierta base y por largo tiempo ante sus conocidos, de que espera que el ministro o parlamentario tal le devuelva una llamada. Si en cambio usted responde que si le conoce, e incluso agrega que son buenos y viejos amigos, entonces es hasta probable que el personaje de su interés deje súbitamente de estar reunido o haya regresado intempestivamente a su oficina, y en una de esas, hasta salga al teléfono, aunque solo sea por curiosidad. Hay otras variables posibles, como que le transfieran con el jefe de gabinete, o algún asesor. Pero lo que queda subsistente es que si usted, modesto ciudadano y contribuyente no tiene santos precisamente en esa corte, o no llama de parte de alguien que si los tenga, pues puede olvidarse de que le tomen en cuenta.



Confieso que de todas las preguntas que suelen hacer las secretarias (incluida la mía) cuando uno hace una llamada de este tipo, la que más me complica es aquella que arriba llamamos la madre de todas las preguntas. ¿Él le conoce a usted? Es como decirle de antemano que no tiene esperanza alguna de contactar a quién esta llamando. O lo que es lo mismo, que buena parte de los habitantes de Chile, la inmensa mayoría de los quince millones que habitamos esta tierra, fallarán irremediablemente en un intento semejante.



Alguien podrá argumentar que una alta autoridad gubernamental, o un parlamentario, no pueden pasarse la vida recibiendo llamadas Por lo cual es lógico y adecuado que las comunicaciones deban filtradas de algún modo. Pero también es cierto que como casi todo el mundo sabe o intuye, resulta ser completamente inusual e improbable que una autoridad sea llamada por alguien a quién no conoce. O que ese alguien (que puede ser usted mismo) esté intentando comunicarse sin haber recurrido previamente al consabido pituto abre-puertas. Saque usted mismo sus conclusiones.



En segundo lugar, si usted amable lector tiene una edad cercana a los cincuenta años o más, o si acaso tiene menos, pero ha visto documentales chilenos que retraten las manifestaciones políticas en los años 60 y 70, le voy a pedir que rebusque en su memoria. Advertirá que en las manifestaciones de antaño, de todos los colores, la escenografía consistía en un escenario o tarima sobre la cual se ubicaban los dirigentes del acto junto al orador principal. Éste, mientras hablaba, tenía a sus acompañantes a sus espaldas o a su costado, de modo que nunca estaba o se le percibía como solo o distante. Abajo se ubicaba el pueblo llano, a escasa o ninguna distancia del escenario. De un modo tal, que los más adelantados podían incluso si se lo proponían, extendiendo sus brazos, estrechar la mano, por ejemplo, de Jorge Alessandri, Eduardo Frei Montalva o Salvador Allende en persona.



Piense ahora en las manifestaciones políticas actuales y advertirá una verdadera obsesión de los "productores" por poner la mayor distancia posible entre los dirigentes y la chusma. Prácticamente no hay manifestación política que se precie de tal, incluida las más modestas proclamaciones a candidatos, en que no se dispongan espacios separados, o mejor dicho segregados (barrera metálica mediante), para impedir que uno y otros se juntes y convivan, aunque no sea más que por un rato.



Por aquí las autoridades políticas o partidarias, sus parientes y amigos y los colados infaltables, para la cuales se han dispuestos cómodas sillas. Mas allá de las infranqueables barreras los verdaderos convocados, o sea los votantes, de pie y apiñados. Para ellos no habrá sombra que los cobije ni asiento que los conforte mientras dura la perorata. No sobra decir que hoy la costumbre manda que el candidato u homenajeado deba entrar y salir del recinto, férreamente rodeado de sus parciales y lo más rápido posible. No sea cosa que los electores descubran que no tiene el cutis tan terso como lo muestran los carteles, ni los dientes tan blancos y pulcros.



Recuerdo haber contemplado consternado a una anciana con un ramo de flores en las manos, la que había concurrido a rendir su homenaje al presidente Allende con motivo de los 30 años de su muerte. La anciana estaba afirmada en una de esas llamadas "vallas papales"de uso hoy tan frecuente como molesto en cualquier acto público, y que tienen como propósito precisamente el de segregar a los unos de los otros. La anciana lloraba calladamente y era conmovedor observar el cuadro. Tanto como era indignante caer en la cuenta que esa escena tenía lugar en la calle Ahumada esquina de Moneda. Es decir a casi tres cuadras del lugar en donde estaba teniendo lugar la ceremonia conmemorativa oficial. La misma en la que, por supuesto, tenían un lugar de privilegio reservado, incluso algunos personajes que hacía 30 años justos habían descorchado botellas de champaña.



Podrían citarse muchos otros ejemplos de situaciones que ilustran la tendencia de los dirigentes de toda clase a escindirse del pueblo llano. Segregación que no alcanza a disfrazar o moderar, la permanente búsqueda de figuración por parte de los mismos individuos en los medios de comunicación, especialmente en la televisión, con lo cual la presencia mediática quiere reemplazar a la presencia personal.



Es un hecho que este fenómeno debe incidir poderosamente en la apatía que la actividad política y gubernativa genera en los ciudadanos simples y sencillos, especialmente en los más jóvenes. De allí que estemos buscando un poco a tientas y de modo casi instintivo liderazgos de nuevo tipo. O al menos, que no presuman de haber caído del cielo y de encontrarse casi por casualidad, y para su fastidio, en medio de los mortales.



Carlos Parker Almonacid es cientista político.

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