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El silencio de los ¿inocentes?

por 18 noviembre, 2004

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Una y otra vez durante los últimos treinta años los chilenos debemos confrontarnos con nuestro pasado, a pesar de que algunos han procurado obstinadamente dejarlo atrás. Hay quienes han dotado a esa tarea de un sentido religioso, supuestamente superior, y han convocado a la "reconciliación". Otros han sido más directos, más francos, más brutales también, y han propuesto lisa y llanamente el "olvido".



En el grupo se advierte heterogeneidad. Hay miembros de la alta jerarquía de la Iglesia Católica, que en su vocería han otorgado a su llamado un hálito misional; hay miembros de partidos de gobierno, e incluso personas que sufrieron directamente la violación de sus derechos humanos, que creen es su responsabilidad superar o suprimir este conflicto; están, además, los inculpados, los autores de delitos, los victimarios, que -les da igual como se llame- esperan con ansia la "reconciliación", el "olvido", la "amnistía" (de lo inamnistiable), la "prescripción" (de lo imprescriptible), el "punto final", final, totalmente final.



Por fortuna ni las invocaciones de sello místico ni los proyectos de ley que, abierta o disimuladamente, buscaban o permitían formas definitivas de impunidad han tenido éxito. Los fracasos de todas esas tentativas son los que han hecho posible que, con el transcurrir del tiempo, se hayan conocido nuevos antecedentes y testimonios sobre las violaciones a los derechos humanos y que se hayan impulsado nuevos procesos. Hay verdades tan ásperas que para emerger requieren tiempo.



Es evidente que si los intentos por dar curso legal a la impunidad hubiesen tenido éxito parte de la verdad nunca hubiera sido conocida y varios de los culpables jamás habrían sido procesados y condenados. Ese es el hecho crucial: todo "cierre" al capítulo de los derechos humanos habría significado menos verdad y justicia; el hecho de que no hubiera "cierre" ha permitido más verdad y justicia y debiera, en el futuro, abrir camino a más avances.



Así como algunos han impulsado la impunidad, otro grupo ha hecho, con ejemplar persistencia, lo contrario: víctimas, familiares de víctimas, abogados especializados en derechos humanos, algunos sacerdotes, algunos parlamentarios, algunos jueces, han sido el pilar fundamental de los progresos registrados en Chile en materia de verdad y justicia.



Han hablado, marchado, gritado, protestado, dialogado, investigado, insistido, persistido, continuado. Nunca guardaron silencio. Es el ruido de los inocentes lo que ha permitido seguir adelante.



En cambio, aquello que impresiona en días como los que corren es el silencio de los ¿inocentes? ¿Inocentes? porque eran civiles. ¿Inocentes? porque no asesinaron, desaparecieron o torturaron directamente. ¿Inocentes? porque no supieron, aunque Naciones Unidas durante diecisiete años se los dijo, aunque lo dijeron la mayoría de los gobiernos del mundo, aunque las Iglesias lo denunciaron, aunque hasta hubo jueces que lo comprobaron y lo hicieron público. ¿Inocentes? porque lo ocurrido fueron "excesos", momentos individuales de descontrol.



El General Cheyre ha hecho un mea culpa institucional que derrumba las defensas de los ¿inocentes? Al General le ha de haber resultado muy difícil decir lo que ha dicho. Emprender esa tarea, por más que haya sido casi una necesidad institucional ante la inminencia de un Informe sobre la Tortura que se anuncia demoledor, era un gran desafío y es un logro de Cheyre haber conducido a su institución a asumir las gravísimas responsabilidades que hoy día reconoce.



El gobierno del Presidente Lagos, por su parte, adoptó la iniciativa de indagar a fondo en el área de la prisión política y la tortura, que habían sido relegadas al oscuro sótano de las verdades que todos saben pero que no llegan nunca a ver la luz. Al hacerlo el Presidente ha acrecentado su prestigio. Este episodio será parte importante de su legado político.



Y los ¿inocentes?... Los ciudadanos esperamos. Los dos partidos de la oposición, los dos pilares de la "Alianza por Chile" que aspira a la llamada "alternancia" y a conducir los destinos del país, están presididos por personalidades que fueron altos funcionarios públicos del gobierno de Pinochet. Uno ocupó un cargo clave: la Subsecretaría del Interior, con específicas funciones en materia de seguridad interna, pero nada supo, según dice. El otro fue Embajador ante Naciones Unidas. Nadie olvida sus discursos en Ginebra donde negó la existencia de desaparecidos y, en general, de violaciones a los derechos humanos.



Los ¿inocentes? tienen el derecho a la palabra, la obligación moral de la palabra.





Jorge Arrate es ex Presidente del Partido Socialista y actual Presidente del Directorio de la Corporación Universidad de Arte y Ciencias Sociales (ARCIS).

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