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Ä„Yo nunca supe!

por 23 noviembre, 2004

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Cada vez más, a medida que se dé a conocer el Informe de la Comisión Nacional sobre Detención Política y Tortura, unos chilenos leerán, verán y oirán a otros chilenos decir que ellos nunca supieron que en Chile se torturó a decenas de miles de personas entre 1973 y 1988. Invariablemente los primeros reclamarán en contra de los segundos señalándoles los múltiples medios que les hubiesen podido informar de tan macabra verdad. Sin embargo, los segundos señalarán que no tenían acceso a ellos o que pensaron que mentían. Normalmente la discusión terminará con la desagradable sensación de que alguien está mintiendo. Y quizás, más de una vez aunque no siempre, no lo estará haciendo nadie.



No es primera vez que esto ocurre. Jonathan Glover, en su libro "Humanidad e inhumanidad", describe las horribles matanzas del siglo XX y se pregunta cómo pudieron ser realidad. Nos invita a un verdadero viaje al abismo del horror. Se trata de nada menos que 86 millones de muertos entre 1900 y 1989, es decir, 2.500 personas por día, o sea, cien por hora, las veinticuatro horas del día, durante noventa años. Aborda la escalofriante tarea de explicarse cómo un soldado raso del ejército soviético en Afganistán, antes de tres semanas de combate se convierte "en otra cosa (...) Esta nueva persona no tiene que imaginar: conoce el olor de las tripas de un hombre que cuelgan fuera del cuerpo; el olor del excremento mezclado con sangre". O ese joven soldado de Vietnam que declaraba que "tras matar al niño, perdí la cabeza. Y una vez que empiezas, es muy fácil seguir".



Glover reflexiona acerca de otra inquietante realidad moral: el silencio de millones de espectadores. Bajo la ocupación nazi esta incapacidad de ver, escuchar y actuar llegó a límites increíbles de aceptar previamente. Cerca de los hornos crematorios era imposible no saber de las espeluznantes columnas de humo. Sin embargo, una mujer declaró que "la gente sufría terriblemente por el hedor. Mi padre se desmayó varias ocasiones por haber olvidado cerrar por la noche las ventanas de tal modo que no quedara resquicio alguno". Y no faltó una mujer que envío una carta donde pedía que "se ordene poner fin a esos actos inhumanos, o bien que se realicen donde nadie los vea".



Los ejemplos que destaco parecen extremos, y lo son. Ä„Pero ocurrieron! Pues, ¿de qué otro modo se pueden eliminar 86 millones de personas sin que toda la humanidad reaccione en contra? Quizás nos ayudará a comprender un ejemplo más cercano. Selma Hecimovic cuidaba mujeres bosnias violadas durante la guerra acaecida hace poco más de una década: "Cada vez que recojo una declaración de estas mujeres y que vosotros, periodistas, deseáis entrevistarlas, me imagino la gente que, desinteresada y sentada en una bonita casa ante una hamburguesa y una cerveza, cambia una y otra vez de canal de TV. No sé realmente qué más tiene que suceder aquí, por qué otros sentimientos tienen que pasar los musulmanes... para que el supuesto mundo civilizado reaccione".



Los seres humanos reaccionamos instintivamente con compasión ante el dolor ajeno. Un niño que llora solitario en la calzada nos invita a protegerlo de inmediato. Una persona desconocida que es atropellada en medio de la calle provoca una ola de solidaridad y curiosidad inmediatas. Sin embargo, y así nos lo enseña a perpetuidad la parábola del Buen Samaritano, agobiados siempre por nuestros problemas y resguardando celosamente nuestras seguridades, muchas veces volvemos las espaldas al dolor ajeno y ante el pecado propio. Lo hacemos para no verlo y no sentirnos afectados moralmente por él. Muchas veces evadimos nuestra responsabilidad simplemente diciendo: "Yo no soy responsable; la culpa es de los otros; yo no hice nada malo, seguí trabajando y siendo un buen ciudadano; yo no podía hacer nada".



Otras veces negamos la realidad que nos molesta. El paciente que ha sido informado por su médico que va a morir, continúa haciendo planes de largo plazo pues no ha querido escuchar la mala noticia. Centenares de miles de judíos alemanes no huyeron de la Alemania de los años treinta porque no fueron capaces de mirar cara a cara la realidad. Negamos la realidad mediante el lenguaje. Así hablamos hoy de "bajas", "fuego amistoso", "daños colaterales", "solución final", "burgueses capitalistas", "virus judío" o "antipatriotas humanoides" para referirnos a asesinatos, muerte a manos de las armas de propio ejército, matanza de civiles, el exterminio total del pueblo judío, o la muerte de seres humanos y compatriotas.



Negamos la realidad por que no tenemos un diagnóstico sólido de la naturaleza humana. Kant se admiraba y veneraba "el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí". Lamentablemente los seres humanos no siempre somos así de buenos. Los chilenos de 1973 nos creíamos los "ingleses de América Latina" y que entre nosotros no ocurrirían los excesos de otros países "bananeros" de América Latina.



El no saber de la crueldad siempre potencial del ser humano y/o el creernos excepcionales ayudó mucho a no ver la dolorosa realidad. El Informe sobre Verdad y Reconciliación Nacional y ahora el Informe sobre la Detención Política y la Tortura nos ayudará a combatir tamaña y mortal inocencia. Quienes alegan no haber sabido harían bien en no negar más la realidad y leerlo. Y todos los chilenos debiéramos prestar juramento que siempre seremos ciudadanos informados y críticos. Es lo mínimo que nos debemos imponer como pena ante tan dolorosa e infamante verdad.



Sergio Micco Aguayo, Director Ejecutivo del CED.

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