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¿Quién responde por todo esto?

por 30 noviembre, 2004

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Los chilenos estamos comenzando a vivir un nuevo duelo nacional, en dos sentidos enteramente opuestos pero, espero, convergentes.



Duelo como combate entre dos bandos portadores de verdades enfrentadas. Lucha entre los que sufrieron la tortura o lucharon en contra de ella y los que la ordenaron, practicaron o callaron con silencio cómplice. Duelo también por el dolor que los escalofriantes relatos producirán. Puesto que si bien millones de chilenos no quisieron saber lo que estaba ocurriendo en las mazmorras de incontables recintos de detención política, hoy quizás se les aplicará esos bellos versos de Sor Juana Inés de la Cruz: "Que muchos ojos no pudieron verlo mas ninguno pudieron no llorarlo". Ahora sí sabemos. El duelo es inevitable y debemos preguntarnos, ante de apuntar con el dedo índice, ¿qué vela llevo yo en este entierro de una maldita inocencia, hoy violentada, que nunca debió existir?



El filósofo alemán Karl Jaspers, ante los horrores cometidos por sus compatriotas nacionalsocialistas y de los cuales él también había sido víctima, se preguntó quién era responsable. Así nació su libro "El problema de la culpa" de plena actualidad hoy. Para él lo decisivo era que todo hombre y mujer es libre y que por límite que sean las circunstancias que viva podrá siempre decir lo que se atribuye a Martín Lutero en Worms: "Aquí me planto. No puedo hacer otra cosa". Todo depende de cada persona, de su conciencia y de su propia dignidad.

Ciertamente que en los jerarcas nazi había una culpa criminal por acciones demostrables que objetiva y gravemente habían infringido leyes inequívocas. De esta culpa se responde ante los tribunales, nacionales o internacionales. Jaspers apoyó, no sin dolor y vergüenza de alemán entre alemanes, el Juicio de Nuremberg (aunque en 1962 le hizo duras críticas). Pero Jaspers advertía que estos crímenes habían necesitado de la complicidad activa o pasiva de buena parte de la ciudadanía. Surgía entonces la culpa política "que nace de las acciones de los estadistas y de la ciudadanía de un Estado, por medio de las cuales tengo yo que sufrir las consecuencias de ese Estado, a cuya autoridad estoy sujeto y a través de cuyo orden determino mi existencia (...) (...). Cada persona es corresponsable de cómo sea gobernada".

La culpa moral surge de toda acción y omisión que viola normas morales elementales. Ante nuestra conciencia y ante los que nos quieren y están interesados en nuestra alma debemos siempre someternos al examen moral. Por último, Jaspers nos invita a asumir una culpa metafísica. Partiendo de la idea de solidaridad humana considera que cada cual es responsable "por todos los crímenes e injusticias que se cometen en nuestra presencia o conocimiento. Cuando no hago lo que puedo hacer para evitarlo, soy cómplice". (...) (...) Cuando nuestros amigos fueron deportados, no salimos a la calle, no hemos gritado hasta que nos mataran. Preferimos seguir viviendo con el débil aunque correcto argumento de que nuestra muerte no hubiera servido de nada. Que vivimos es nuestra culpa". Por esta culpa respondemos (totalmente desnudos) ante Dios.

La culpa criminal apunta a quienes fueron autores, cómplices e encubridores de las torturas practicadas a miles de personas. La culpa política es más amplia, casi ilimitada. Por el crimen responde el criminal. Por los hechos que se cometieron a través de una política sistemática de violación a los derechos humanos respondemos casi todos los ciudadanos vivos en 1973, en 1983 y 1989. Para violar los derechos humanos se dictaron leyes, se crearon organismos estatales y se destinaron recursos de todos los chilenos. La prensa calló. Los tribunales de justicia se taparon los ojos. De ello responden las autoridades políticas de la época. Y es tiempo ya que hablen. La culpa moral surge del autoxamen personal.

Es obvio que la tortura violenta los más elementales cánones del respeto al otro. Supone una especial crueldad extremadamente grave. Pues, ¿se puede confiar de la información que de ella resulta? Una persona puede confesar cualquier cosa con tal de salvar su vida o su integridad. El catolicismos, desde tiempos de las persecuciones romanas, acepta que en estos casos se puede mentir. Un torturado puede denunciar a cualquiera con tal acabar con la agonía. ¿Quién podría criticarlo por ello? Así pues surge la perturbadora pregunta acerca de si es verdaderamente la verdadera motivación del torturador el sacar información. ¿No se tratará de una violenta necesidad de humillar, atormentar, herir o matar a otras personas? Cuentan que el general argentina Galtiere, le espetó a una mujer con los ojos vendados: "Si digo que vives, vives; y si digo que mueras, mueres. Pero da la casualidad de que tienes el mismo nombre de bautismo de mi hija, así que vivirás".



Finalmente, de la culpa metafísica respondemos todos. Según la tradición judeo-cristiana somos guardianes de nuestros hermanos, próximos y lejanos. Por ellos respondemos. Incluso deben responder esos cientos de miles de jóvenes que proclaman hoy que no les interesa la política: ni la actual ni la pasada. Que afirman que la culpa es de sus padres y que ellos son radicalmente inocentes. No, terminantemente no. Del horror respondemos todos, sobre todo cuando nuestros silencios e ignorancias son la base potencial de atrocidades futuras. Los próximos días es imperativo que los chilenos nos informemos, reflexionemos y discutamos acerca de nuestra responsabilidad en la historia patria reciente. No nos hará mal y, quizás, la sabiduría de Sor Juana Inés de la Cruz nos haga llorar.





Sergio Micco es director ejecutivo del Centro de Estudios para el Desarrollo.

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