La política y el heroísmo - El Mostrador

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La política y el heroísmo

por 21 diciembre, 2004

Es bastante duro ser dirigente político. Yo lo soy, modestamente eso sí. Soy presidente provincial de un partido político. Es decir estoy en aquella categoría política de chilenos en los que menos se confía. Según el Informe del PNUD del 2000 si me presentase como político en cualquier evento social, menos de un diez por ciento me miraría con simpatía. A estas alturas resulta aún más desalentador cuando las expresiones de rechazo a la política se empiezan a filtrar entre mis amigos personales o familiares directos. Así me veo en la obligación de navegar entre acusaciones de pedofilia, corrupción, exabruptos parlamentarios y desaires presidenciales.



Debo aclarar desde ya que este no es un escrito de disculpas, sino por el contrario es libelo acusatorio. Todos emiten juicios desde la perspectiva de los olímpicos espectadores. Todos hablan, muy pocos actúan. Todos reconocen que la política es necesaria y noble, pero hablan pestes de los políticos. Y lo hacen como si no tuviesen responsabilidad en ello. Ä„Pero si los principales dirigentes políticos en nuestra democracia los elige el pueblo! Es decir, usted y yo. Si somos todos tan nobles, ¿por qué terminamos en lo que decía Germán Arciniegas a propósito de la política latinoamericana: "Los buenos se van a la cárcel y los malos al poder"?.



Sé que me podrá refutar en torno a la responsabilidad política que asume el ciudadano común y corriente al elegir a sus representantes. Por lo pronto, ya un cuarenta por ciento o más de los chilenos no concurre a votar. Por otra parte, los que sí lo hacen se limitan a ratificar o rechazar lo que le proponen los partidos políticos. Y todos sabemos que al interior de los partidos no reinan exactamente las libertades públicas ni las virtudes ciudadanas.



Los partidos políticos tienen el monopolio casi indiscutido en la presentación de candidatos. Luego, si no hacemos algo por reformarlos, la democracia cruje. Sin embargo, cada vez más los chilenos sienten que sus partidos han sido privatizados a manos de oscuros personajes entre los que me encuentro. ¿Por qué?

Max Weber nos puede ayudar en esta tarea. El gran sociólogo alemán reflexionaba con los jóvenes estudiantes de Munich en el invierno de 1919. Alemania recién había sido derrotada en la Gran Guerra. Tres lustros más tarde llegaría Hitler involucrando a su país en otra desastrosa guerra. Weber se anticipa y les anuncia a los jóvenes revolucionarios no la "alborada del estío, sino una noche polar de una dureza y una oscuridad heladas". En consecuencia les habla de la política como vocación.



Según Weber practican este difícil arte verdaderos profesionales que viven "para" la política o viven "de" la política. "Quien vive para la política hace de ello su vida, en un sentido íntimo; (...) (...) quien vive de la política como profesión trata de hacer de ella una fuente duradera de ingresos". ¿Pero quien puede vivir para la política sin ser financiado para ello? Sólo los rentistas o los apoyados por poderosos mecenas, dice Weber. Y como la democracia no es la aristocracia ni menos la oligarquía, debemos remunerar los cargos de representación popular.



Quienes viven así "de" la política pueden destinar desde ahora enormes cantidades de tiempo, cosa que los ciudadanos comunes no pueden hacer. Esos profesionales de la política comienzan además a adquirir información, conocimientos y recursos que los alejan aún más del ciudadano de a pie. Estos son los poderosos que empiezan a autoreproducirse y cuyo lema será: "entre menos entren a tan selecto club, mejor". Si vivimos obsesionados con nuestros problemas personales, familiares y laborales, ¿dónde extraeremos tiempo para la política y para romper este estrecho círculo?

Weber les exigía a los jóvenes de 1919 heroísmo. La vida pública les exigiría pasión, es decir entrega positiva a una causa; responsabilidad para con las consecuencias de su obrar que debe orientarse al éxito de la causa; y mesura, que es "la capacidad para dejar que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad".



Quien quiere poner la mano en la rueda de la historia debe estar a la altura de sus propios actos, del mundo como es y de la causa que abraza. Por ello Weber, que es un realista a veces despiadado, sostiene que hay que ser un héroe en el sentido más sencillo de la palabra. Pues quien quiere dedicarse a la política deberá enfrentar mil obstáculos que provendrán de las propias filas o de los adversarios externos; soportar la destrucción de todas las esperanzas y no quebrarse sobre todo cuando el mundo parece especialmente estúpido o abyecto. "Sólo quien frente a todo esto es capaz de responder con un "sin embargo"; sólo un hombre de esta forma construido tiene vocación para la política".



Quien no hace nada por cambiar la política dentro de sus partidos o en su comunidad más directa, cuando se limita a hablar mal de ella agrega un segundo pecado capital a la pasividad. Esto es, desalienta a los que sí tienen una vocación sincera por el servicio público. Y sus quejas llorosas tendrán el sólo consuelo de la profecía auto-cumplida. Efectivamente, al retirarse él y los demás, han sido los otros los que se han quedado y actuado con total impunidad. Por ello antes que condenar, escuchar, informarse y actuar. Y si no se está dispuesto a pagar el duro precio de la política, mejor es guardar humilde y vergonzoso silencio.



Sergio Micco Aguayo, Director Ejecutivo del Centro de Estudios para el Desarrollo (CED).



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