Aversión al riesgo político - El Mostrador

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Aversión al riesgo político

por 13 enero, 2005

Tenemos muchos dirigentes políticos y parlamentarios que hablan de las bondades del mercado (y el mercado, como espacio de competencia, es obviamente un riesgo), pero que huyen de los riesgos políticos, que se las arreglan para minimizar, si no eliminar, la competencia al interior de su partido en la obtención de un cupo y su nominación como candidatos.




Mientras el ejercicio de la política no logre credibilidad ante la ciudadanía, ésta mantendrá el grado de desconfianza y distancia creciente que ha manifestado hacia los partidos y el parlamento durante estos años.



Quienes viven en nuestra sociedad se enfrentan diariamente a riesgos. Sin mencionar el peligro de los accidentes en el transporte y carreteras, o la inseguridad por la violencia en las calles e intrafamiliar, el empleo, la salud y la jubilación son fuentes de riesgo con los que han tenido que aprender a convivir trabajadores, enfermos y viejos. No porque lo hayan buscado o querido así. Porque así están las cosas.



Pero lo que es bueno para unos, no lo es para otros. Tenemos muchos dirigentes políticos y parlamentarios que hablan de las bondades del mercado (y el mercado, como espacio de competencia, es obviamente un riesgo), pero que huyen de los riesgos políticos, que se las arreglan para minimizar, si no eliminar, la competencia al interior de su partido en la obtención de un cupo y su nominación como candidatos, a sabiendas de que el sistema binominal asegura después su elección parlamentaria.

Los riesgos sociales están bien, pero ni hablar de los riesgos políticos.



Educarse bien, estudiar mucho, capacitarse de manera continua, esforzarse y cumplir responsablemente en el trabajo, mantener buenos hábitos de salud y ahorrar previsoramente, son parte de las prácticas que se recomiendan a los ciudadanos para reducir las incertidumbres ante el riesgo de quedar cesante, de ganar bajas remuneraciones, de enfermar o de pensionarse con una jubilación miserable.



Pertenecer a la camarilla o al grupo de poder que decide los cargos en el partido, instaurar el principio que el ejercicio de un cargo genera derechos adquiridos, mantener un padrón electoral envejecido y, por lo mismo, previsible, así como un sistema electoral binominal que anule los riesgos de la competencia, son los ingredientes que regulan la actividad política, por contraste con las implacables reglas del mercado que regulan las relaciones económicas y sociales de grandes y chicos, de fuertes y débiles, de ricos y pobres.



Los mismos parlamentarios que se resisten a legislar mínimas condiciones de seguridad frente a los riesgos sociales y que eluden cualquier regulación que proteja socialmente ante tanta incertidumbre, son los que evitan, a toda costa, introducirle algún elemento de competencia efectiva al sistema político.



Durante años, la derecha política ha venido hablando de las rigideces del mercado laboral e insiste en mayores desregulaciones, no obstante que recientes informes internacionales hablan de que el mercado laboral chileno es uno de los más flexibles de la región.



Ni qué hablar de elegir directores de colegios por competencia y concurso, pero fortaleciendo el sistema público que acoge a más del 90% de los estudiantes del país. Para qué intentar siquiera un fondo solidario para la salud que haga posible que los más viejos, las mujeres en edades fértiles, los niños y los sectores de menores ingresos estén cubiertos a todo evento con la misma calidad que quienes pueden pagarlo de sus bolsillos.



Ni siquiera sugerir cómo introducir competencia en el sistema de AFP para reducir costos que disminuyen los ahorros de los trabajadores, o revisar directorios en que las voces de éstos no existen. Para no mencionar la pecaminosa audacia de sugerir, al igual que en la salud reformada, un sistema mixto complementario que reconozca dos segmentos muy diferenciados de trabajadores en nuestro mercado laboral, uno de los cuales no sólo está en riesgo, sino que en abierto desmedro, principalmente compuesto de mujeres.



Pero, eso sí, el sistema binominal se mantiene contra viento y marea, así esté erosionando la credibilidad del sistema político y tornando irrelevante la democracia. Que nadie cuestione a los grupos de poder interno de un partido la designación del candidato a parlamentario y que nadie intervenga modificando el papel pasivo asignado al elector para que éste sólo ratifique en las urnas tal designación. El sistema binominal, que reduce el riesgo de la competencia y canibaliza la política al interior de un partido y de un mismo bloque, no ha querido ser tocado por los mismos dirigentes políticos y parlamentarios que obligan a la más fuerte de las competencias en el acceso a bienes sociales que debieran ser considerados derechos universales.



Y ahora, con igual lógica, estas mismas bancadas de la derecha política se niegan a votar el proyecto de inscripción automática -que asume los derechos políticos como universales- si es que no queda expresamente señalado en el proyecto de ley que el voto debe ser voluntario (a pesar de que dicho proyecto elimina toda sanción a quien no asiste a las urnas, con lo que en la práctica convierte el acto de ir a votar en un hecho absolutamente voluntario).



Y no lo hacen, más allá de una retórica demagógica, por el solo hecho de que la incorporación automática de dos millones y medio de nuevos electores que nunca antes han votado y de los que no se puede predecir el comportamiento, introduce un factor de riesgo en los resultados electorales, por contraste con el padrón actual cuyo envejecimiento permite predecir las conductas electorales y controlar en buena medida los resultados.



Pero, la aversión al riesgo en la política entraña el mayor de los riesgos, el de hacer de ésta una actividad de mala calidad y convertir la democracia en una cuestión insustancial.



Clarisa Hardy. Directora Ejecutiva Fundación Chile 21.

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