¿Qué se teje en la OEA? - El Mostrador

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¿Qué se teje en la OEA?

por 25 febrero, 2005

El novelesco episodio del fugaz Secretario General y ex mandatario costarricense Miguel Ángel Rodríguez obligado a renunciar a poco de asumir, para luego terminar engrillado y apresado por las autoridades de su propio país acusado de corrupción, constituyó el último y vergonzoso eslabón de una larga cadena de contingencias, que desde hace décadas, vienen arrastrando a la OEA a la bancarrota política, el desprestigio, la irrelevancia y la inacción.



En efecto, la certeza de estar frente a una entidad carente de liderazgo, peso político, prestigio e influencia, constituyen hasta hoy y desde hace demasiado tiempo una verdad irrebatible en los más amplios círculos gubernamentales, políticos e intelectuales del hemisferio. Y las razones de esta opinión generalizada son muy visibles y dramáticas. En primer lugar, la OEA, en su más de medio siglo de historia, sólo en muy escasas ocasiones ha desempeñado roles significativos en la solución de controversias intra hemisféricas o intervenido eficazmente frente a conflictos que han enfrentado a países miembros. Con tan pobre desempeño, la OEA no solamente ha sido incapaz de cumplir con los mandatos que emanan de su propia carta fundacional, sino que además y como corolario, ha sido impotente para imponer su autoridad como punto focal multilateral teóricamente privilegiado para las negociaciones entre las partes en disputa, o para el tratamiento de una amplia agenda de cuestiones de amplio interés y repercusión regional.



Hay que reconocer que en el último tiempo la OEA ha venido desarrollando una retórica reformista y autocrítica, la que, al menos en los discursos, se propone hacerse cargo de sus males endémicos y avanzar en las soluciones. A ese respecto hay que destacar la suscripción de la Carta Democrática, entre otros instrumentos, lo cual siendo importante es todavía enteramente insuficiente para solventar la enorme deuda en materia de realizaciones que la organización mantiene con el hemisferio. Por lo mismo es que sus periódicos encuentros a nivel de cancilleres o de jefes de estado siguen siendo contempladas por la opinión publica como rituales verbalistas y repetitivos, de cuyos resultados muy poco cabe esperar. Al menos no en lo que concierne a la muy concreta y urgente agenda política, económica y social de sus mayoritarios integrantes latinoamericanos y caribeños.



Hay que asumir que buen parte de las criticas que pueden hacerse a la OEA son perfectamente endosables a la enorme mayoría de los organismos multilaterales hemisféricos, regionales o subregionales hoy día existentes en todos los continentes (a excepción de las entidades que agrupan a los países desarrollados), los cuales adolecen de males e insuficiencias análogas. Incluso, es bien conocido que muchos de tales reparos son también atribuibles a la propia ONU, la que ni con mucho podría escapar ilesa a un tipo de escrutinio que reclama por una mayor apertura a la realidad, mayor transparencia en sus procedimientos, mas democracia y participación para los estados miembros. Y por sobre todo, por mayor eficiencia y eficacia en la acción.



¿Pero acaso estos juicios críticos debe hacernos pensar en la abolición de estas entidades por inútiles? De ningún modo. El multitateralismo constituye hoy mas que nunca la única garantía y defensa que poseen la enorme mayoría de los países, bajo el predominio de la globalización y la interdependencia, de que sus derechos y aspiraciones serán tenidos debidamente en cuenta, sobre la base del imperio de un tipo de orden internacional fundado en el derecho y no en la fuerza, en cuyo marco los estados más poderosos puedan ser minimamente disciplinados en sus permanentes afanes hegemónicos. Si no hay multilateralismo habrá campo libre para el unilateralismo rampante de los omnipotentes. Y ya sabemos bien a que conducen ese tipo de conductas, cuando no tienen contrapesos institucionales efectivos que les pongan limites.

Si la OEA no existiera, pues habría que inventarla urgentemente. Pero no para ser una entidad fosilizada, sino un actor relevante del acontecer hemisférico, para lo cual requiere reformularse muy profundamente.



Para que ellos sea posible la OEA necesita una nueva agenda y un nuevo tipo de liderazgo y estilo de conducción. En cuanto a la agenda, es preciso que la entidad regional se conecte de modo más estrecho y lúcido con el pulso hemisférico, para que pueda jugar un rol relevante frente a la compleja problemática regional y a la vez logre constituirse en interlocutor válido, respetado y respetable frente a sus contrapartes de otras regiones del mundo.



En cuanto al liderazgo y el estilo de conducción, la OEA precisa de un líder conductor con talento, experiencia y prestigio, capaz de dotar de contenido político estratégico a su accionar. Dicho líder debe estar en condiciones de encabezar y orientar el impostergable proceso de renovación y reactualización de la entidad hemisférica sobre la base de nuevas ideas y propuestas.



Por todo ello es que resultan tan trascendentes las alternativas del proceso de negociación y los agrupamientos que se están dejando ver en torno a la próxima elección del Secretario General, proceso en torno al cual las candidaturas del salvadoreño Flores, el mexicano Derbez y nuestro José Miguel Insulza se están disputando las adhesiones. Y no resulta para nada casual o aleatorio que el candidato chileno, junto al salvadoreño bendecido y apoyado por el campeón del unilateralismo, sean quienes se estén perfilando como favoritos en la contienda.



Se ha dicho que nunca un candidato a Secretario General que no haya contado con la adhesión comprometida de los Estados Unidos ha logrado salir victorioso. Ello puede haber sido cierto en el pasado, pero no tiene porqué seguirlo siendo en un mundo que ha cambiado y en un hemisferio compuesto por países hoy más dispuestos y capaces de formar sus propios juicios y de actuar autónoma y soberanamente frente a una decisión semejante.



Personalmente, en vista de la situación que se ha conformado y a la luz de las visiones y propuestas que se confrontan y entretejen en torno a la cuestión de la OEA, me atrevo a vaticinar que el unilateralismo será derrotado. Lo que en el caso equivale a apostar a que José Miguel Insulza logrará rebasar por un mínimo de tres o cuatro votos las 18 adhesiones del total de 34 que necesita para resultar electo.



Con ello habrá ganado la OEA y salido airoso el multilateralismo, ante sus viejos adversarios representados por el dirigismo, las presiones, el yanaconismo y las prebendas tras bambalinas.





Carlos Parker Almonacid es cientista político.


















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