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Uruguay: La democracia tiene nombre de mujer

por 10 marzo, 2005

Estar en las calles de Montevideo en Carnaval, es decir, durante el mes de febrero de cualquier año, comunica una sensación festiva; la herencia cultural europea y la negra, recibidas y reelaboradas en estas tierras, hacen una manifestación de fiesta. La murga y el candombe iluminan el pasado, denuncian el presente y anuncian el futuro con un simple ritual de tambores y voces humanas.



El ritual uruguayo de la gente en las calles festejando la realidad tuvo una especial intensidad este 1 de marzo y desde su víspera: asumía, por primera vez en la historia del país, un presidente no perteneciente a los tradicionales partidos blanco y colorado.



Mientras los análisis de los medios y de los think tanks de América y el mundo, dependiendo de sus simpatías, aplaudían el triunfo de la izquierda o con cautela se preguntaban si Tabaré Vázquez se parecía más a Lagos, a Kirchner o a Lula; si sería tan contrario a Estados Unidos como Chávez, o si haría un gobierno mesurado y responsable, la vida en Montevideo transcurría de fiesta callejera. Daba la sensación de que todos estaban en las calles, los hombres y las mujeres (qué lindas mujeres en Uruguay), los niños y los viejos, la gente bien y los menesterosos, las mayorías socialistas y del MPP, los gays y los heterosexuales, las minorías políticas y culturales, pertenecían a la misma familia que festejaba, que invadía las calles ante la mirada sorprendida de los observadores internacionales.



El imaginario de la izquierda uruguaya se inserta en el imaginario de la izquierda latinoamericana, de modo que los símbolos que se veían en las calles y los cantos colectivos mezclaban al Uruguay profundo con las ansias de cambio que desde hace décadas están presentes en el discurso progresista en América Latina. No son entonces exageraciones las preguntas que se hacen los analistas sobre qué se espera del gobierno del doctor Vázquez, Uruguay ha cambiado y lo ha hecho hacia la izquierda, de eso no hay duda. El significado preciso de eso, es algo menos claro, por supuesto.



Por otra parte, los discursos pronunciados por el presidente electo, hablan de un gobierno realista que no estará sujeto a voluntarismos irresponsables. El plan de emergencia social, por ejemplo, que ya está impulsando el nuevo gobierno, no es más que la aplicación de una herramienta que está lejos de las ideas de política pública más izquierdista: la focalización de los recursos públicos. Miles de personas que están bajo la línea de la pobreza y la indigencia serán atendidos por el estado, pero sobre todo, recibirán información sobre las redes estatales y sociales a las cuales no acceden por falta de ella; eso supondrá que, en principio, la gran clase media uruguaya con toda la relevancia política que tiene estará fuera de las prioridades inmediatas y directas del gobierno.



Símbolos tradicionales de la izquierda en las pantallas que transmiten el cambio de mando, señales de responsabilidad y mesura en los discursos políticos. Si en el análisis no hay muchas certezas de lo que el nuevo gobierno frenteamplista hará en el Uruguay, en las calles la cosa era mucho más clara, con la única claridad que podemos tener la gente de a pie, con la única claridad a que se puede aspirar en la vida privada, llena de inexactitudes, de incertidumbres sobre los demás y sobre sí mismo, la misma precaria claridad que podemos sospechar que tienen los líderes políticos cuando bajan del podio y cuando entran a sus casas a convivir con sus amores y con sus miserias. Esa misma con la que los políticos íntegros deben lidiar desde la mañana siguiente para operar de nuevo en el mundo público, donde la realidad y las posibilidades parecen invadir todo y donde lo que debemos hacer debe mezclarse necesariamente con lo que podemos hacer.



Esa es la claridad que se siente en Carnaval en Montevideo y que estaba intensificada en las vísperas del traspaso de mando, la claridad de las convicciones, la claridad sobre lo que nos parece bueno, esa misma que nos hace enamorarnos, la misma por la que emociona Igmar Bergman, Brahms, Matta, las manos o los ojos de nuestros hijos, la inmensidad del mar o del cielo, la dignidad en medio de la pobreza, los sueños colectivos y todas las otras cosas importantes de la vida. Para nada de esto hay una explicación racional sino personas que hacen públicos actos de profunda intimidad, que entregan sus almas y que reciben las almas de los demás.



La política tiene la particularidad de mostrar cómo se entrelazan los ámbitos público y privado, ¿qué si no las motivaciones más íntimas de la mayoría mujeres y hombres en Chile los llevaron a votar por el NO en 1988? ¿Hay en otros ámbitos de la vida colectiva, algo más íntimo que el momento en que marcamos nuestra preferencia en la papeleta del voto? Estas experiencias están mucho más emparentadas con los más preciados actos de nuestra vida privada, con nuestras más recónditas convicciones y preferencias que con consideraciones analíticas sobre la realidad.



Por eso, lo que ha pasado en Uruguay es que el Frente Amplio, mejor, los frenteamplistas han puesto su alma en las últimas campañas y han encontrado el alma del pueblo uruguayo en las urnas de votación.



Los grandes discursos racionales sobre el devenir de la historia, la economía y la sociedad, empezaron a desmoronarse junto con los edificios y las vidas de Hiroshima y Nagasaki. Hoy no hay nada que lo comprenda todo, que lo abarque todo ni que lo domine todo, cada espacio de realidad es una realidad y cada ser humano es una historia y cada historia es intocable, la dominación del otro dejó de ser una idea válida y sobre todo, dejó de ser una idea inteligente.



El profesor Maturana dice que la política es sobre aceptación del otro, sobre seducción y sobre humanidad. Dice que desde tiempos inmemoriales, cuando se impuso la cultura patriarcal de dominación del otro, la política siguió siendo enseñada y practicada en un reducto al cual no entró del todo la brutal embestida del patriarcado: la relación de las madres con sus hijos pequeños. Así de cercana, así de humana, así de entrañable, así de íntima.



Esto no es sobre responsabilidad política, ni sobre qué es un buen programa de gobierno. La referencia a la experiencia uruguaya es sobre la precaria claridad por la cual un ser humano se suma a un proyecto colectivo y por la que marca su voto y por la que elige un gobierno.



La experiencia uruguaya es una buena demostración de que la democracia tiene nombre de mujer.





*Alexandro Alvarez Alarcón es abogado de la Universidad de Chile.

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