¿Por qué América Latina? - El Mostrador

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¿Por qué América Latina?

por 21 marzo, 2005

Reconocer nuestra pertenencia a América Latina no es un hecho que no provoca controversias, ni suscita la unanimidad de lo evidente. Por distintas razones, las relaciones de Chile con el entorno más cercano son complejas, pero insoslayables si se piensa en nuestro desarrollo y proyección internacional.



Una vez Roberto Matta respondió a las insistentes preguntas de la prensa sobre su próximo viaje a Chile, diciendo que estaba muy lejos y que era mejor venderlo y comprarse algo más chico y cercano a su residencia italiana. La anécdota sirve para ilustrar con humor y algo de ironía una aspiración del todo imposible, pues a pesar de los avances tecnológicos y del crecimiento económico, los países pertenecen, para bien o para mal, a la región en que se sitúan.



A muchos les gustaría cambiarse de barrio, a otros les atemorizan los vecinos e, incluso, hay algunos que niegan la existencia de una entidad llamada "América Latina". Ya hemos planteado en un artículo anterior las dificultades de la derecha chilena para entender la integración, aunque debemos agregar que estos puntos de vista rebasan el ámbito de la cultura conservadora, constituyendo opiniones transversales en nuestra sociedad.



Tal como una persona que la ha ido bien en la vida quiere reemplazar su antigua casa y emigrar a un sector más pudiente de la ciudad, algunos creen que insertándose plenamente en el mundo se puede, sino físicamente a lo menos de manera virtual, apartarse de un vecindario lleno de amenazas y rodeado de subdesarrollo, para adquirir un nuevo domicilio más acorde con el status que se merece un país que pretende "jugar en las ligas mayores".



Mucha tinta ha corrido en la literatura costumbrista para describir con maestría la conducta social y el personaje humano que representa tal actitud, por lo que nos limitaremos a afirmar que los porfiados hechos se encargan de demostrar cada día que las oportunidades y peligros que ofrece la globalización, sólo son factibles de enfrentar y aprovechar en nuestro beneficio, incrementando la interdependencia, la coordinación y la concertación en todos los planos con nuestros iguales, o sea, con los latinoamericanos.



Es cierto que una región no es sólo un determinismo geográfico. Se requiere una identidad común que exprese coincidencias profundas y una red de intereses compartidos, proceso que en América Latina parece estar en sus inicios, sin que se sepa aún hasta donde queremos llegar. Entonces, no se trata de discursos más o demagogias menos, sino de dilucidar la conveniencia de la integración y su consolidación como proyecto político.



A nuestro juicio, la respuesta es necesariamente positiva pues nos encontramos inmersos en una economía global donde la única forma de competir con éxito es mediante la constitución de espacios regionales. Además, el peso relativo de Chile indica que para hacerse escuchar en la comunidad internacional y negociar en mejores condiciones se requiere establecer alianzas, situación donde América Latina aparece como el socio natural. Asimismo, la seguridad y la paz tienen un primer peldaño básico en el ámbito vecinal, puesto que no hay mejor defensa que la amistad y la cooperación con las naciones limítrofes.



La posibilidad de desarrollarnos pasa por agregar valor a las exportaciones y desplegar nuestras potencialidades en el área de servicios, alternativas que sólo son viables vinculadas al contexto subregional. Por otro lado, el progreso de las regiones chilenas está íntimamente relacionado con una adecuada complementación con las zonas fronterizas adyacentes y cualquier dificultad que aparezca en el entorno repercute rápidamente en Chile, por lo que la gobernabilidad y la cohesión social del barrio son condiciones para nuestro propio beneficio. En fin, podríamos mencionar muchos otros factores, con la condición de asumir que acercarse no significa negar la diversidad existente y que el aislamiento está condenado al fracaso.



Por eso la prioridad latinoamericana implica definiciones positivas y proactivas para proyectar a Chile desde el lugar en que se encuentra, transformando nuestras ventajas comparativas en ventajas competitivas, de cara a las realidades vigentes en este siglo que comienza. No se trata de importar inestabilidades, o de volver al pasado, o de cerrarse a las tendencias transnacionales que cruzan al planeta, sino de cooperar y trabajar en conjunto por la solución de los problemas comunes que nos afectan, ya que es esa y no otra la fórmula del éxito en la globalización.



De esta manera, como la política exterior es mucho más que comercio exterior, se pueden mezclar estrategias que privilegien a la región en materia política, social y cultural, con una amplitud mucho mayor a nivel económico. Tomando en cuenta, además, que Chile cree en una forma de regionalismo abierto a los mercados internacionales y, al mismo tiempo, necesita de sus vecinos para convertirse en país puente y plataforma hacia el resto del mundo.

Queda pendiente decidir cómo seguimos avanzando en un programa de integración realista y cuáles serán sus alcances. Para este fin, es necesario apreciar en toda su pluralidad las características del actual escenario regional y mundial, impulsando la participación y el protagonismo ciudadano para que la voluntad y la forma de integrarse resulten de la expresión de los intereses de la mayoría.





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Cristián Fuentes es cientista político

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