Intoxicado con Semana Santa - El Mostrador

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Intoxicado con Semana Santa

por 28 marzo, 2005

Semana Santa huele a congrio frito en la caleta de Quintay, a vino blanco cayendo luminoso desde una caramayola verde Gendarmería; a mi difunta madre partiendo a solas hacia la iglesia del sector, mientras mi padre, mi hermano y yo debatíamos, con maldad, qué carne tirar a la parrilla, para inundar el barrio de un aroma luciferino.



Debo reconocer que tenía un plus eso de llegar el lunes a clase con los maristas y jactarme como Los Picapiedras de un buen entrecot o de una gran escalopa, desplegada en un plato lengua como una maternal manta raya dispuesta a ser sacrificada por el niño Lupín.



No era difícil ufanarme del menú negro, como tampoco sacar dividendos sobre que, literalmente, yo con Jesús no iba ni a misa. Mi padre nunca nos inculcó el hábito de visitar iglesias, ni siquiera como un circuito que podía tener un atractivo turístico. Por ende, era un sacrificio nada menor tener que acompañar a mi madre a la gruta de Lourdes a pedir una manda, porque eso significaba tener que convivir con el silencio por más de una hora, mientras ella iba prendiendo una a una las velas que compraba en el almacén de la esquina, todo porque a uno las matemáticas nunca le entraron a la primera. Acompañarla era en mi caso aburrirme como una ostra, y no tomar para nada en cuenta eso de dejad que los niños vengan a mí.



Pero quizás lo que más me generaba placer era llegar al colegio y poner sobre el escritorio compartido con el gordo Núñez las cuatro o cinco películas hollywoodenses que había visto el fin de semana largo, mientras el dogor llegaba intoxicado con tanta cosa romana y griega, latigazos por aquí y por allá. Después de esos días pentecostales era difícil no imaginar a Núñez como un precoz Nerón que incendiaría la sala del Octavo B, o si se me acercaba mucho, como un Calígula degenerado dispuesto a que yo fuera su efebo de los mandados.



Eran los tiempos del boom del video club. De la guita constante y sonante para Video Chile, del lujo de algunos compañeros que tenían un padre con dos video caseteras y del traspaso alevoso de material xxx que circulaba clandestino en Chile, sin importar si era Semana Santa. Yo quería lejos a Ben-Hur, Quo Vadis, Nerón, Los Siete Mandamientos, también a Moisés. Es que para que una película guste, uno debe creer un poco en lo que le están mostrando en la pantalla. Yo ya había dejado de creer en todo ese mundo poco antes de la Primera Comunión y, para colmo de males, la única película de ese tono en la que algo seguía creyendo, Espartaco, terminó por desmoronarse poco después en mi propia realidad.



Era cuarto medio, había echado a andar entre los compañeros un sui generis dibujo del profesor jefe abusando de las profesoras de artes plásticas y religión y, como pueden imaginar, la hoja fue a dar a las garras del inspector jefe, quien llegó a la sala a pedir la cabeza del culpable. Nadie se paraba, todos esperaban que lo hiciera yo, mientras el inspector quería saber quién era el Espartaco. Dejé pasar unos segundos, quizás treinta o veinte angustiosos segundos, porque pensaba que las películas tenían la particularidad de cumplir algunos sueños, pero lo cierto es que ninguno de mis camaradas se paró para hacer causa común, ninguno pensó que había gozado con ese dibujo, ninguno quiso ser también Espartaco.



Hoy, que ya han pasado bastantes años desde esas semanas santas, y que muchos evitan la televisión abierta a través del teve cable o del DVD, yo sigo obligado a la opción de apagar el JVC o intoxicarme con Ben-Hur, Quo Vadis, José en monitos, o una versión trolo hot de un drama en la Roma antigua, como difundió el domingo Chilevisión. Tal como el gordo Núñez, llego al trabajo con corona de espinas, los pies embarrados, y por más que insisto en que hice ayuno el fin de semana, todos me comparan con Nerón, aunque yo me considere que soy todo un santo.







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La caída de Villouta y la salvada de Pamela Jiles(22 de marzo de 2005)



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