Juan Pablo II: ¿el magno o el magro? - El Mostrador

Lunes, 20 de noviembre de 2017 Actualizado a las 16:33

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Juan Pablo II: ¿el magno o el magro?

por 10 abril, 2005

Aún no ha sido enterrado el Papa Juan Pablo II y ya se han levantado voces -ciertamente interesadas y no menos oportunistas, al abrigo de la mediática y desbordante mise en scčne de su exhibición corpus mortuus- otorgándole la categoría de Magno y postulándole para una ineluctable canonización, no sin antes proliferar una abundante variedad de milagros, algunos de ellos electrónicos y muy "modernos", en donde el Papa aparece en una fotografía sostenido por los brazos de la Virgen de Czestochowa.



No obstante, independientemente de la manipulación comunicacional que ha llegado en esta ocasión hasta límites insospechados y claramente poco éticos, también han reaparecido las críticas y desacuerdos ante su largo y contundente pontificado. No todos lloran la partida de Karol Wojtytla.



No quisiera yo repetir las ya abundantes críticas que se han escuchado respecto a las posturas conservadoras de Wojtytla frente al celibato sacerdotal, al rol de la mujer en el mundo y, particularmente, en la Iglesia, a los métodos anticonceptivos, al divorcio, el aborto y la eutanasia.



Al respecto y sólo para clarificar mi posición, quisiera decir únicamente que soy partidario de poner fin al celibato de los curas, de reivindicar plenamente y a todo evento el rol activo de las mujeres en el mundo y en la Iglesia, de aceptar el divorcio como solución de último resorte ante las crisis irremontables de la pareja, de la eutanasia libremente decidida, de los métodos anticonceptivos naturales y no naturales, mas no del aborto. Éste último me parece francamente incoherente con el principio de respetar la vida humana, tanto como, con el principio general de valorar toda forma de vida. En suma, comparto casi plenamente las críticas al carácter extremadamente conservador en temas valóricos que se le han hecho al extenso pontificado de Wojtytla.



Sin embargo, y casi por deformación profesional, las observaciones que aquí quiero plantear, hacen referencia a la cuestión política y a la cuestión social.



En primer lugar, me gustaría recalcar el innegable papel de Magno Restaurador que se permitió a lo largo de sus más de 26 años de gobierno eclesiástico. Wojtytla fue un Pontífice que vigorizó el rol político del papado, mas no, el de la Iglesia.



En la línea de lo que fue el rol del jefe de la Iglesia Católica en los tiempos del poder temporal de los Papas, cuando el Papa era un Rey con ejércitos y policías, Juan Pablo Segundo fue gravitante en la historia política de fines del siglo XX, actuando activamente con sentido y razón política, en la caída del comunismo y el desbaratamiento de los socialismos reales en Europa, así como, en la obsolescencia -a nivel mundial- del marxismo como ideología. Nada despreciable a la luz de lo que fue la otrora poderosa órbita soviética.



Signo de este rol inequívocamente eficaz y poderoso que restauró Wojtytla para el Papa, es la conmoción y revuelo que causa su muerte y el apresuramiento de todos los jefes de Estado del mundo entero, no sólo en instalarse activamente en la ceremonia fúnebre, sino también, en la designación del nuevo Pontífice. Bush anunció rápidamente su participación en el funeral, el Príncipe Carlos postergó su boda y Lula ya anunció su deseo de que el próximo Papa sea brasilero.



Naturalmente, la preocupación de algunos santos clérigos no es desatendible, pues el Santo Espíritu no usa celular ni dispone de hordas de lobistas tirando de las sotanas cardenalicias. La presencia de Bush en el Vaticano y toda su parafernalia de seguridad, así como su arrodillamiento ante el cadáver del Papa, son signos inconfundibles del enorme peso político que adquirió el papado con Karol Wojtytla.



¿Quién se hubiera imaginado, antes de Juan Pablo Segundo, al Presidente de la nación más poderosa del mundo, el que ni siquiera es católico, el que no escatima en conductas arrogantes ante los pueblos más débiles, arrodillado ante el Papa? No deja de ser un signo interesante de los tiempos postmodernos que vivimos.



Si al conservadurismo valórico de Juan Pablo Segundo y a la restauración del rol político que éste implementó, sumamos lo que Hans Küng llama la rerromanización de la Iglesia, la restauración doctrinaria y el dogmatismo teológico que impuso Wojtytla, así como, el desprecio por la colegialidad del Papa con los obispos -es decir, por la conducción de la Iglesia en acuerdo con los obispos y las Conferencias Episcopales, lo que fue reconocido como uno de los grandes logros del Concilio Vaticano II-, se nos hace evidente que este Papa y su pontificado pueden ser considerados extraordinariamente consistentes con el estado actual de la civilización, puesto que vienen a confirmar la tendencia observada por muchos intelectuales, en cuanto a que la civilización está viviendo un retorno hacia la Edad Media.



A lo anterior debe necesariamente agregarse, la tan cuestionada declaración vaticana conocida como la Dominus Iesus (Señor Jesús), en donde Wojtytla, junto a su principal teólogo, el alemán Joseph Ratzinger, cabeza del otrora Santo Oficio, es decir, la Inquisición, hoy llamada eufemísticamente Congregación de la Doctrina de la Fe, señalan que "la única iglesia verdadera es la católica". Una declaración similar hizo el obispo san Cipriano en el siglo III, cuando planteó, algunos años antes del Concilio Vaticano II que, "fuera de la Iglesia no hay salvación".



Ni qué decir de la persecución y castigo que se aplicó durante el pontificado de Wojtytla, a más de 140 teólogos católicos. Todos estos elementos, incluso esa excesiva exhibición del cadáver del Papa, encajan casi matemáticamente con este fenómeno que no pocos autores indican como la experiencia de una nueva era medieval. Es decir, con un retroceso de la civilización que se expresa en la disolución de los vínculos sociales, la pérdida del poder por parte del Estado-Nación, la privatización del poder y los conflictos entre grupos y corporaciones multinacionales.



Umberto Eco, por ejemplo, establece un paralelo entre la Europa medieval y la sociedad contemporánea, al encontrarse con una común sensación de inseguridad, con el surgimiento de sectas y con la revitalización del principio de autoridad, entre otras características comunes que surgen entre nuestra era y el Medioevo. El politólogo inglés Hedley Bull sostuvo, a finales de los años setenta, que el mundo se encamina hacia una nueva Edad Media. Otros como Alain Minc, Colombo y Alberoni, para nombrar solo algunos, han sostenido similares opiniones. Incluso el cantautor cubano, Silvio Rodríguez, recientemente sostuvo que "Desde hace algún tiempo tengo la impresión de que estamos viviendo una nueva Edad Media, con su maniqueísmo, verdades absolutas y quema de brujas".



Un último comentario acerca del papado de Karol Wojtytla, se refiere a nuestra América Latina. Mucho se han destacado sus discursos en contra del flagelo de la pobreza masiva y la miseria del mundo, así como sus célebres frases en comillas tipo cuña comunicacional o spot comercial, entre las cuales, la más clásica es "los pobres no pueden esperar". Incluso se ha llegado a decir que fue un Papa paradojal en esta materia. Pero, todos ya deberíamos saber desde hace mucho tiempo que las palabras son solo palabras y que muchas encíclicas se escriben para el polvo de los archivos.



Una de las más reconocidas "obras" de Karol Wojtytla que realizó con particular eficacia fue la persecución de la llamada Teología de la Liberación y el alineamiento de los obispos, sacerdotes y monjas que trabajan en América Latina, con la doctrina oficial emanada de la Santa Sede y, particularmente, de la cabeza de Joseph Ratzinger.



Esto no es menor, ni a la luz de los sufrimientos y angustias de las grandes mayorías latinoamericanas ni a la luz de sus luchas por una vida mejor. Digo no es menor, puesto que, la Iglesia Católica latinoamericana se ha esforzado, desde los primeros tiempos de la colonización española, en alojar una influyente corriente progresista y humanista. Allí están Bartolomé De Las Casas, Monseñor Romero, Elder Camara, Alberto Hurtado, Silva Henriquez, Leonardo Boff, por nombrar sólo algunos.



Desde mi punto de vista, la persecución de la Teología de la Liberación, en no poca medida fue una desautorización de esa vertiente católica que se ha comprometido con la suerte y el sufrimiento de las grandes mayorías latinoamericanas. Si a esto añadimos la opción preferencial de Juan Pablo Segundo por los nuevos movimientos neoconservadores, tales como, el Opus Dei, Comunión y Liberación, los Legionarios de Cristo, entre otros, el escenario se completa agudizando la tragedia de los pobres de nuestra América Latina.



Por una parte, se desautoriza, persigue y castiga a la Iglesia Católica que lucha -en la práctica y no en el discurso- por los desheredados y los marginados de nuestra región y, por la otra, ha concedido favores y poder a esa parte de la Iglesia Católica en la que militan aquellos cristianos que oprimen y someten a sus hermanos en Cristo, a saber, los cristianos más pobres.



La beatificación y santificación del fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer, y el otorgamiento a esta orden del rango de la Prelatura Personal, es decir, de la vinculación directa con el Sumo Pontífice, sin someterse a las autoridades regionales o locales, al mismo tiempo que otros santos católicos de América Latina, como lo fue Monseñor Romero, no han recibido ni de cerca el mismo trato, constituyen prueba indeleble de cuáles eran las verdaderas opciones preferenciales de Karol Wojtytla.



Lo anterior no es una cuestión menor puesto que durante muchas décadas los cristianos católicos pertenecientes a las oligarquías latinoamericanas, fueron cuestionados y severamente criticados por obispos y sacerdotes, debido al trato injusto e inhumano que daban a sus trabajadores y dependientes. De alguna manera la explotación del hombre por el hombre, al menos recibía un castigo moral, que permitió avanzar en el reconocimiento a la dignidad del mundo campesino y obrero.



Alberto Hurtado en su libro "¿Es Chile un País Católico?", ya cuestionaba la moral de los cristianos ricos, hace más de cincuenta años atrás. Hoy, gracias al Papa Wojtytla, los grupos privilegiados de América Latina, encuentran consuelo y legitimidad moral en su accionar. Allí están los Legionarios de Cristo y el Opus Dei para decirles que obran ajustados a la caridad cristiana y conforme a la santa voluntad de Dios.



Así como Max Weber nos señala que la Reforma Protestante le dio un sustento ético y religioso al desarrollo del capitalismo, al imbricar la gracia y la salvación divina con la acumulación de riqueza, la contra reforma post conciliar que Wojtytla operó en la Iglesia Católica, le dio un sustento ético y religioso al comportamiento opresivo de las oligarquías latinoamericanas que se han enriquecido como nunca antes en nuestra región. Hoy acumulan con la bendición papal, lo que no deja de ser, a la hora de explicarse la pobreza y la miseria crecientes en nuestro continente.



Tampoco es menor lo descrito en los párrafos anteriores, a la luz del hecho de que en América Latina está la Iglesia Católica más dinámica, viva y mayoritaria del planeta. Esto, obviamente, pone en entredicho su condición tan alabada de Pastor. Si mal no recuerdo, en el Evangelio se hace alusión a la preocupación del Pastor por sus ovejas: cuando éste se da cuenta que una de ellas estaba ausente, deja a las otras y va en busca de la que estaba extraviada.



De esta manera, la parábola quiere ilustrar la enorme preocupación que el buen Pastor ha de tener por sus ovejas. ¿Podemos decir que Wojtytla fue ese buen Pastor? A mi juicio, claramente no. En vez de proteger a su pueblo, a su rebaño, lo abandonó a las fauces de sus lobos hambrientos de poder y riqueza. Si a esto le agregamos la llamada Santa Alianza que hizo con la Casa Blanca y el Pentágono para destruir al marxismo y al comunismo, arrasando con todo lo que se asemejara o pareciera asemejarse a esas doctrinas, no nos podemos sorprender de los estragos que ha causado la globalización, el neoliberalismo y el predominio de las corporaciones multinacionales en América Latina, precisamente allí donde están la mayoría de los católicos del mundo.



La reprimenda pública que hiciera en su viaje a Nicaragua al sacerdote Ernesto Cardenal, comprometido con los cambios políticos en favor de los más pobres, al mismo tiempo que en su viaje a Chile se mostró públicamente tolerante ante Pinochet, quien también es bautizado católico y que con justa razón merecía una reprimenda televisada por sus crímenes y por la promoción de tanta injusticia social, son evidencias mediáticas de las contradicciones de Juan Pablo Segundo y de su contribución a las miserias y tragedias de América Latina.



"Por sus obras los conoceréis", reza también el Evangelio católico. Y como las palabras se las lleva el viento y en nada cambian estas tendencias contundentes a las que Wojtytla contribuyó grandemente a instalar en nuestra región, no me parecen contundentes las críticas al neoliberalismo que Juan Pablo Segundo realizara en La Habana, en su visita a Cuba. Esas palabras no cambiaron la historia ni la cambiarán, aunque a Fidel Castro le hayan parecido tan atinadas, al punto de considerar a Wojtytla como un amigo. Pero su obra en favor de vitalizar la fe y la ética de los opresores, despejándole el camino a la globalización financiera y al capitalismo norteamericano, fueron poderosas palancas que movieron al mundo hacia la dolorosa vía en que hoy se encuentra.



A mi juicio, si algún calificativo debería recibir el pontificado de Karol Wojtytla, no es precisamente el de Magno. Muy pequeño ha sido su aporte a una sociedad mejor y, para ser honestos, el mundo no es mejor hoy que cuando inició su reinado papal, de allí que, al menos para mí, mucho más apropiado sería llamarlo Juan Pablo Magro.



Marcel Claude es economista.

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