Dos dragones unidos y enfrentados por la historia - El Mostrador

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Dos dragones unidos y enfrentados por la historia

por 22 abril, 2005

Desde hace tres semanas que diversas manifestaciones antijaponesas vienen ocurriendo en China. Las primeras fueron organizadas por estudiantes universitarios pekineses y por algunos grupos de puntillosos observadores chinos de la forma en que Japón trata la historia de su propio colonialismo y de los conflictos bilaterales. El uso del Internet y la mensajería móvil han contribuido a diversificar los grupos de manifestantes y potenciado su capacidad de convocatoria. Según la televisión japonesa, a los núcleos de manifestantes originariamente formados por grupos de estudiantes universitarios, se han añadido personas sin empleo, agricultores sin tierra que han emigrado a la urbe, que liberan sus frustraciones de manera violenta contra un blanco fácil, lejano y abstracto: Japón.



La manifestación ocurrida en Pekín el 9 de abril, por su carácter violento, ha sido la que ha marcado la pauta de las demás, como un patrón social. Se trató de la primera demostración pública autorizada oficialmente desde aquella de desagravio que se realizó en 1999 a propósito del bombardeo estadounidense de la embajada china en Belgrado, en el marco de la intervención militar de la OTAN en Servia. El fantasma de la masacre de Tiananmen, claro ejemplo de la manifestación china desbordada, siempre pena por los cenáculos del poder chino y las autoridades son renuentes a dar vistos buenos, aun cuando se trate de ensalzar las cualidades nacionales y no de criticar a las autoridades o la marcha de los asuntos públicos. Por ello es difícil entender qué motivos ha tenido Pekín para autorizarlas aparte de hacerse con una justificación para torpedear la aspiración japonesa de formar parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.



La del 9 de abril, que congregó a decenas de miles de personas, fue, en la práctica, patrocinada por el Gobierno pekinés. La policía apostada frente a la sede diplomática japonesa no sólo no impidió que los manifestantes tiraran huevos, tomates y piedras contra la fachada y ventanas de la embajada, sino que en ocasiones organizaron a los concursantes de este curioso torneo olímpico para que por turnos probaran puntería. ¿Un precalentamiento de lo que serán las olimpiadas de Beijing en 2008? De más está señalar que ninguno de los vándalos que trizó o rompió los cristales de la embajada o causó otros daños materiales a restaurantes y tiendas japonesas fue detenido por la policía, aunque los violentos estuvieran delante de sus narices. Nada de esto ha ocurrido tampoco en subsiguientes manifestaciones. Los vándalos, además, gritan la consigna "que todo sea permitido a los patriotas" para exorcizar cualquier intento, ya de por sí muy débil o inexistente, de utilizar gases lacrimógenos para disolver las demostraciones o detener a los violentos.



Ha habido dos mitologías, mutuamente interconectadas, que se han explotado para revolver la enjundia de la cazuela nacionalista china en contra de Japón y sus intereses políticos y económicos. La primera es que es inaceptable que un país incapaz de aceptar su pasado colonialista o pedir perdón a sus víctimas pueda si quiera permitirse el lujo de querer tener una plaza permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, máximo anhelo de la diplomacia japonesa. Y la segunda es que Japón malinterpreta alevosamente la historia. No sólo en boca de manifestantes chinos sino en las páginas de la prensa internacional se señalan las falsificaciones históricas o las bajadas de perfil de ciertos conceptos tales como "colonialismo", "guerras de agresión" o "esclavas sexuales" de "los libros de texto" del Ministerio de Educación japonés.



Procedamos a la desmitificación, sin que con ello se intente justificar o minimizar las atrocidades cometidas por Japón durante las décadas más oscuras de sus excursiones militares por todo el continente asiático. Cualquiera que haya leído las notas periodísticas o los reportajes que he publicado en la prensa española sabrá perfectamente que nunca he blanquedo la infamia cometida por el ejército imperial japonés y que me he ocupado de manera especial de las secuelas de sus excursiones, que siguen dañando el tejido social de Asia y, en particular, la propia piel japonesa.



Recordemos el caso de las esclavas sexuales del ejército imperial, algunas de las cuales aún viven en Japón y se han querellado con poca fortuna contra el Gobierno, pero que han conseguido el respaldo de un segmento importante de la población japonesa. Y qué decir del legado de la infame Unidad científica 731, que experimentó armas biológicas con prisioneros de guerra, cuyos herederos, convertidos en remozada farmacéutica, vendieron, muchos años más tarde, plasma contaminado de sida a hospitales japoneses, infectando a cientos de ciudadanos de este país.



El equilibrio histórico pasa por apuntar que Japón ha pedido perdón en inumerables ocasiones por sus crímenes de guerra. Quizás los gestos más significativos los constituyan las palabras que el emperador Akihito pronunciara en 1990 en ocasión de la visita del presidente surcoreano Roh Tae-Woe a Tokio: "Pienso en el sufrimiento que su pueblo padeció durante ese período desafortunado, que mi país causó, y no puedo sino sentir un profundo remordimiento".



En 1992, en una visita histórica a la capital de China, Akihito dijo al entonces presidente Yang Shangkun, en un discurso con motivo del banquete de recepción: "En la larga historia de las relaciones entre nuestros dos países, hubo un periodo desafortunado en el cual mi país infligió grandes sufrimientos al pueblo chino. Lo lamento profundamente". Esas fueron las palabras del hombre que heredó el trono del Crisantemo de su padre, el emperador Hirohito, considerado una divinidad en tiempos de guerra y responsable, según aseguran muchos historiadores, de gran parte de las aberraciones cometidas por el imperialismo japonés.



Palabras directas de perdón han sido expresadas por varios primeros ministros japoneses. Unas destinadas a coreanos y otras a chinos sin rodeos. Han sido manifestaciones públicas, realizadas de forma abierta y dirigidas directamente a las más altas autoridades de esas naciones. Tan claras fueron para el ex presidente coreano Kim Dae-Jung, premio Nobel de la Paz, que éste comentó en una ocasión histórica que consideraba por superados los escollos del pasado reciente de Japón y Corea. En el caso chino, por el contrario, aun cuando Japón ha ofrecido compensación económica por sus crímenes de guerra, China se ha negado a recibirla.



En cuanto a "los libros de texto" de historia o al mal uso del plural, se trata de uno en particular entre cientos de libros que se aprueban cada cuatro años. En este caso, se trata de un solo libro redactado por un grupo de historiadores revisionistas japoneses que no tienen peso alguno en el conjunto de quienes ejercen la historiografía en el país. De hecho, el texto es empleado en 18 escuelas secundarias menores de un total de 11.102, es decir el 0,1% de los establecimientos. La mayoría de las escuelas emplean manuales de historia que, dado el caso que no fueran escrutados con lentes de aumento, como lo han sido, pasarían por moderados y serían equiparables a cualquier texto europeo o americano sobre su propia historia nacional.



No estoy tan seguro que los manuales chinos de historia se refieran a espinosos temas tales como la invasión del Tibet o a la discriminación ejercida en contra de sus propias minorías étnicas y religiosas ni que se libren, por lo mismo, del juicio crítico al que se somete periodicamente a los manuales japoneses.



Cabe destacar que la labor del Ministerio de Educación japonés no es la de redactar textos de historia ni pontificar sobre cuál es la versión oficial de ésta. El Ministerio se limita a aprobar o no los textos que se le submiten de acuerdo a una serie de directrices generales que no imponen una visión única de la historia y que permiten la inclusión de diversos puntos de vista en el marco de una sociedad cuyo derecho a la información y libertad de prensa es bastante amplio. Son las escuelas las encargadas de escoger dentro de una gran variedad de manuales los que emplearán sus alumnos. El texto de la polémica tuvo que ser corregido en muchísimos puntos antes de que fuera aprobado y su traducción al inglés, chino y al coreano pronto estará disponible en el Internet para que cada cual pueda juzgar su calidad.



El gran problema de fondo es que Japón, a diferencia de China, es una sociedad abierta en que las autoridades de gobierno no tienen prerrogativas suficientes para dictar versiones oficiales de prácticamente nada. Incluso, cuando éstas se han tratado en la Dieta y han sido aprobadas por una amplia mayoría parlamentaria, ha habido dificultades. En el seno de esta sociedad hay un debate constante sobre el pasado, aunque no se exprese con ladridos.



Recordemos que Japón sintió en carne propia su derrota en la Segunda Guerra Mundial, siendo la primera y única víctima mundial de bombardeos atómicos. El pacifismo ha calado hondo en este país. La reciente aprobación de la bandera "hinomaru" ("círculo solar") y del himno "Kimigayo", en que se loa al emperador y se le desean mil años de reinado, como símbolos nacionales por la Dieta japonesa, ha causado innumerables dolores de cabeza a las autoridades del Ministerio de Educación. Son numerosas las escuelas y profesores, en particular, que han rechazado rendir honores a estos símbolos patrios durante ceremonias y actos cívicos, puesto que recuerdan el pasado imperialista japonés.



El reciente proyecto de reforma de la Constitución, por otra parte, no parece cambiar la naturaleza pacifista del artículo noveno, que exige que las fuerzas armadas, denominadas de autodefensa, se empleen exclusivamente para defender al país. Ahora se añade la posibilidad de aprobar legalmente, sin interpretaciones elásticas como ha venido ocurriendo, misiones de paz bajo el paraguas de Naciones Unidas.



Por último, las visitas del primer ministro Junichiro Koizumi al santuario sintoísta Yasukini, en Tokio, donde se reza por el alma de los soldados caídos en la guerra, incluidos notables criminales "clase A" de la Segunda Guerra Mundial, han sido condenadas por numerosas asociaciones de ciudadanos japoneses hasta el punto que ellos mismos han interpuesto querellas y se han manifestado en su contra en distintas oportunidades por considerar que el jefe de Gobierno viola la separación entre la religión y el Estado amparada en la Constitución.



Los tribunales japoneses, no obstante, han defendido el derecho de Koizumi de visitar el santuario en su calidad de ciudadano, puesto que impedírselo sería algo así como prohibir a un presidente católico que fuera a misa. Es acaso la peor movida de pieza del Gobierno japonés, que revela una gran falta de tino diplómatico, pero al mismo tiempo cabe destacar que en el seno de la sociedad japonesa se mira con recelo, si no se censura abiertamente, este tipo de conductas. Incluso al interior del oficialismo japonés hay muchas facciones muy moderadas que preferirían que Koizumi se abstuviera de visitar el polémico santuario.



Quizás lo más aberrante sea que el crispado pulso político no se corresponda con el social, que marcha por derroteros más dulces. Vivimos el boom de las teleseries coreanas en Japón. No hay familia japonesa que no siga al menos una de estas realizaciones que se retransmiten en coreano subtituladas al japonés. La sociedad japonesa ha aprendido a amar a Corea gracias a los culebrones, lo cual ha impulsado un nuevo tipo de turismo mucho más orientado hacia la comprensión de las realidades sociales y culturales de ambos pueblos.



No se trata ya de un turismo que atraiga a las masas de viajeros japoneses a sitios de valor estético o histórico. Los japoneses buscan a sus actores favoritos, se interesan por su filmografía, hablan de la realidad social de Corea e intentan aprender su lengua. Esto último también ocurre con el chino, que es uno de los idiomas extranjeros más estudiados por los japoneses, y cuyo aprendizaje está siendo ampliamente respaldado por el sistema universitario privado y nacional. Y dadas las pobres perspectivas de trabajo de los universitarios de hoy en día, la única razón que explica el auge de la lengua china en Japón es la admiración que despierta la nación vecina, cuya cultura ha inspirado tantas manifestaciones artísticas y científicas japonesas e incluso su sistema de escritura.



Aquello que los políticos no han conseguido por décadas, estrechar lazos, franquear barreras, lo han logrado diversas manifestaciones de la cultura popular en cuestión de meses.



El pueblo chino tiene todo el derecho de manifestarse en forma pacífica en contra de Japón y hacer llamamientos con el fin de boicotear sus productos y negocios. Es posible que hasta sea recomendable manifestarse en contra de las visitas de Koizumi al santuario Yasukuni y ante cualquier acto que pueda resultar insultante. Pero lo que es absolutamente inadmisible es que el Gobierno de Pekín juegue el doble juego de querer mantener relaciones diplomáticas con Japón y a la vez permitir que unos pocos manifestantes dañen las instalaciones de las delegaciones diplomáticas o los comercios capitalizados por empresas japonesas, comprometiendo incluso la integridad física de funcionarios y trabajadores, amén de los más de 35.000 japoneses afincados en toda China.



Si China no quiere mantener lazos diplomáticos o comerciales directos, debería cortarlos y mantenerlos por medio de terceros países. En caso contrario, lo procedente sería proteger las sedes diplomáticas y los comercios y castigar a los agresores. Es lo mínimo que se puede hacer en el marco del derecho internacional.



Las manifestaciones pacíficas que apuntaran a situaciones concretas y actos del Gobierno japonés poco afortunados servirían de ayuda a los movimientos japoneses, con derecho a voto en las elecciones, que defienden actitudes de respeto y una política pacifista internacional, que representan a la gran mayoría de la ciudadanía del país.



Pero el desenfreno en estas manifestaciones antijaponesas respaldadas por el Gobierno de Pekín sólo contribuirá a polarizar a la opinión pública y a que los grupos ultraderechistas de ambas naciones, minoritarios y marginalizados en la actualidad, ganen adeptos y se vuelvan mayoría, con lo cual se destruiría la plataforma de entendimiento que ha mantenido cohesionados a ambos países durante estos últimos años con resultados tan positivos para todos.



Arturo Escandón es periodista y profesor universitario. Autor de la monografía Censura y liberalismo en Chile a partir de 1990, Centro de Estudios Latinoamericanos, Universidad Nanzan. Reside en Osaka, Japón.


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