Fragilidad orgánica de la ciudadanía - El Mostrador

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Fragilidad orgánica de la ciudadanía

por 16 julio, 2005

La última movilización simultánea de los chilenos en varias ciudades del país, el sábado 9 de julio, fue voceada por quienes se denominan genéricamente "organizaciones ciudadanas", en busca de protestar esta vez contra los conocidos abusos de la minería y la celulosa, principalmente, atentatorios del medioambiente y calidad de vida de todos nosotros.



La capacidad de convocatoria de estas organizaciones, sin embargo, a juzgar por los resultados, dejó mucho que desear. Se optó como estrategia robustecedora el sumar en un evento único todos los reclamos ya notorios, las aguas contaminadas, cisnes muertos, olores putrefactos, glaciares en peligro, agricultura pauperizada, y, en fin, toda la actualidad obviamente sensible a la gente. Empero, pese a todo el bullicio periodístico que han estado emitiendo las causas de Pascua Lama y Celco, y no obstante la amplia y hasta trasversal simpatía que ellas han alcanzado en la opinión pública y en nuestro habitualmente cerrado sistema político, judicial y comunicacional, la expresión de protesta ciudadana ese sábado 9 logró apenas magros números en la calle.



Nadie puede tener la audacia de llamar éxito a una movilización de cinco mil personas en todo el país, habiéndose anunciado que al menos concurrirían diez veces más que esa cifra. Veinte manifestantes en Vallenar (Ä„con el amenazante Pascua Lama encima!), unos pocos curiosos en Copiapó, cuarenta caminantes en Arica, cincuenta en Valparaíso, un centenar en Antofagasta y otros tantos en Concepción, novecientos en Valdivia (Ä„pese a los cisnes que no volverán!) y, según afirman, tres mil manifestantes que desembocaron en el Parque Bustamante, en Santiago.



Dígase lo que se diga -y yo dudo que a la protesta santiaguina hayan concurrido más de mil personas, quienes además se disgregaron pronto al llegar al escenario sin magnetismo de Plaza Italia-, este primer experimento no fue más que eso, un ensayo bien inspirado pero mal logrado en procura de ir al espacio público a volcar la frustración creciente que está ahogando el pecho de los chilenos.



Queda en pie -por supuesto, y pese a todas las fallas- el gran mérito de los organizadores por tentar una orientación de la movilidad ciudadana y acrecentar conciencia de los problemas colectivos. La dirigencia ha sido allí certera. Con los ciudadanos manifestándose nos encaminamos aparentemente a la única y legítima salida a la crisis larvada, con múltiples facetas -económica, minera, social, laboral, ambiental, étnica, política y de identidad nacional- que ya se vislumbra cuajar próximamente en el autocomplaciente Chile que hoy conocemos.



Los otros méritos rescatables, nos parece, son de esos cinco mil ciudadanos que a su manera multicolor entregaron su esfuerzo para brindarnos una generosa señal de alerta. Un danzar ruidoso por lo que está ocurriendo y continuará si acaso no despertamos de la anestesia que el neoliberalismo nos inyecta cada día, calculadamente, fríamente, sin contemplaciones, como quiere Hayek, su más visible adalid intelectual.



Importa, e importa mucho, analizar bien las causas de una experiencia frustrada en las calles. Hay que partir de la base que siempre toda política es comunicación funcional a los objetivos de encantar voluntades. En ese entendido, una movilización es un despliegue comunicacional, pues reemplaza, o quiere reemplazar con sus ecos, la cobertura mediática monopolizada por el sistema que se combate. La sumatoria de los comportamientos de protesta forma el coro que hace audible el enojo popular, a la vez que fortalece la conciencia de grupo integrado en estrecha red física y sicológica, anunciando nuevas marchas y objetivos.



Por ello, si los concurrentes son escasos, quedan al desnudo las carencias del mando y puede suceder que la movilización devenga en un golpe de boomerang contra sus planificadores, desacreditándolos. El sistema podrá al día siguiente evaluar bien a sus oponentes y escoger armas con toda calma. En su respuesta podrá matizar a gusto el empleo de sus poderosos medios de difusión; silenciar los hechos por su comprobada irrelevancia, acentuar sólo la escualidez de la protesta -como ha ocurrido en el caso del sábado 9-, ridiculizar los pretextos, o, si le conviniera, podrá ensañarse cruelmente, impidiendo la empatía con la población mayoritaria y la extensión peligrosa del movimiento hacia nuevos sectores del espectro social.



La mudez e impotencia ciudadana frente al sistema, entonces, habrán aumentado, con todos los problemas tácticos y estratégicos que envuelve un retroceso así para la causa principal. Los dueños del control seguirán a cargo.



Las organizaciones ciudadanas, por ende, no pueden permitirse nuevas movilizaciones arriesgando otro hecho público deslucido. Deben hacer sincera autocrítica de su orgánica, sus objetivos, plazos, medios reales a su alcance y disponerse como canales maduros y sugestivos para el pueblo, sin apaciguar legítimos malestares ni tampoco exacerbar una polarización anticipada que ya sabemos muy peligrosa.



No olvidemos que en los cuerpos sociales intermedios residen -ante el fósil institucional corrupto y el repliegue autista de los partidos políticos vigentes- las verdaderas y justas causas que harán de Chile un país más digno y humano. Su proclama libertaria, sincera, genuina, conforma el capullo abrigador de un nuevo pacto social futuro benévolamente imaginado, exento de cualquier pesadilla orwelliana.



Entre la precariedad de estas agrupaciones en Chile, como parte de su gestación espontánea y sin atributos definitivos, observamos la curiosa tendencia a dejarse involucrar en una globalización inexorable, confundiendo la lucha ambiental planetaria con una renuncia implícita a los derechos soberanos que los chilenos tenemos sobre nuestro territorio y riquezas básicas.



Al "globalizarse" de esta forma, desgraciadamente, algunas organizaciones ciudadanas le siguen el juego a las multinacionales depredadoras. Parecen ignorar estos cándidos chilenos que en el núcleo mismo de la ideología de dominación neoliberal brilla la radical idea globalizante, que esfuma fronteras, identidades y por cierto elimina a los dueños históricos de territorios y riquezas naturales.

Un objetivo excelso del fundamentalismo neoliberal es el desparramo de vacilaciones por doquier en cuanto a la legitimidad de los títulos de propiedad nacional, en busca de capturar las riquezas -el cobre, el petróleo, el hierro, la pesca, los bosques, las aguas- sin oposición decidida de nadie. De allí su permanente ataque al Estado-nación, que ve menguar cada día sus facultades de disposición y de imperio.



Como entre los ciudadanos no trasciende siempre una conciencia clara de nuestra legítima fuerza aquí en Chile -única parte del planeta donde sí tenemos fuerza de dueños y ocupantes- suele ocurrir, como el sábado 9 en Santiago, que los manifestantes se abstraigan de toda consideración patria y lleguen a prescindir incluso del pabellón nacional. Al hacerlo así, rindiéndose a peregrinas motivaciones de humanidad global (truco predilecto de las multinacionales), cooperan tristemente a su propia y más acelerada derrota, privando a Chile de su mejor defensa: la voluntad conciente y soberana de sus hijos.

Superar las deficiencias conceptuales y materiales de nuestra acción ciudadana, su fragilidad orgánica ostensible, debe constituir el trabajo primordial y urgente de todos sus protagonistas.




*Patricio Tupper L. Historiador, dirigente nacional de la "Agrupación Defendamos la Ciudad".


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