Editorial: El oráculo CEP - El Mostrador

Lunes, 20 de noviembre de 2017 Actualizado a las 12:51

Editorial: El oráculo CEP

por 19 julio, 2005

El sólido respaldo que exhibe la candidata presidencial de la Concertación Michelle Bachelet en la encuesta del Centro de Estudios Públicos ha clavado una espina de incertidumbre en los comandos de Joaquín Lavín y Sebastián Piñera. De cualquier manera que ellos acomoden las cifras, éstas proyectan una ventaja que parece irremontable para la derecha. De paso, generan la impresión de que la conducta política del electorado está menos influida por acciones mediáticas de lo que se venía sosteniendo hasta ahora, y que paradójicamente la mejor campaña, en este caso, parece ser no tener campaña electoral.



Se debe estar alerta sobre el peligro de distorsiones en la comprensión del escenario político que puede generar el enorme valor preasignado por partidos y medios de comunicación a esta encuesta. No obstante, sus características efectivamente permiten una lectura cualitativa del momento político actual, empezando por el hecho de que, acierto o error, la encuesta CEP marca indefectiblemente las estrategias de los comandos presidenciales para los próximos meses.



Para la derecha, los resultados negativos son demasiado contundentes para ser asimilados sin disputa interna. Porque ellos se dieron pese a los esfuerzos de campaña desplegados por los comandos, tratando de encender la idea de la incapacidad político-técnica de Michelle Bachelet, y pese también al ambiente plagado de acusaciones de falta de probidad y transparencia contra el entorno familiar del Presidente de la República, en el cual se realizó la encuesta.



Según ésta, en los tres principales atributos que la ciudadanía exige a los candidatos: honestidad y confiabilidad, preocupación por los problemas del país y capacidad para tomar decisiones difíciles, la candidata concertacionista dobla o triplica a sus oponentes, según se los considere juntos o separados. Más aún, lo mismo ocurre en materia de rectitud y principios morales, y en sensatez y sentido común, liderazgo o capacidad de gobierno. Es decir, la crisis de credibilidad de la derecha es severa.



Lo anterior es un resultado que viene a reforzar la idea de la desconfianza estructural que caracteriza a la sociedad chilena, que se mueve como un vector muy lento en una y otra dirección, marcando todo el período democrático. En ese sentido, la derecha ha sido incapaz de comprender el valor de la confianza para construir una legitimidad ampliada para su propuesta, que se exprese en adhesiones ciudadanas. Los pocos esfuerzos que en ese sentido exhibe desde el retorno de la democracia, han terminado en pugnas internas o intentos por borrar sus culpas del pasado.



Luego de este resultado, no es raro que se exacerbe la lucha interna por el liderazgo del sector, entre un candidato, Lavín, gastado y en franco retroceso, y otro, Piñera, que no tiene base cultural ni sustento político para alcanzar un punto crítico de popularidad que lo catapulte más allá de su coalición. Por lo mismo, es probable que vuelva a rondar el fantasma de la oposición dura y sin remilgos, con los argumentos conocidos en torno a la delincuencia, la seguridad ciudadana y la probidad.



En el otro extremo, el gran respaldo que obtiene Michelle Bachelet parece desmentir, por lo menos en lo que a adhesión ciudadana se refiere, dos afirmaciones que se venían sosteniendo en su sector. La primera, que la campaña estaba atrasada y que se estaba dando un tiempo precioso de ventaja al adversario para que copara con dos candidatos el escenario social. La segunda, que mientras no se cierre la plantilla parlamentaria, no habrá, en rigor, candidatura formal de la Concertación.



Sin perjuicio que el hecho es preocupante en sí mismo, luego de las cifras hay que concluir que la estructura de comando aparece como irrelevante para el resultado final, y que el acuerdo parlamentario les urge más a los candidatos al Congreso, que no pueden gozar del amparo de imagen que otorga Bachelet.



Su liderazgo, que los comentaristas políticos califican de "nuevo", parece sustentarse en una relación tremendamente personalizada con la base social, sin estructuras políticas que la medien, en una especie de comunión de emociones, que trasciende los contextos publicitarios y se instala en percepciones valóricas y subjetivas por encima de cualquier otro factor. En ese sentido, es la candidatura con mayor libertad para hacer campaña que ha tenido la Concertación.



Pero es precisamente ese rasgo, que denota claramente la encuesta, el que la coalición gobernante debiera considerar con la mayor atención. Pues una cosa es la campaña y otra el gobierno y, si triunfa, el 11 de marzo del 2006, Michelle Bachelet debe asumir con un equipo que exprese una clara orientación, lo que normalmente se expresa de manera previa en las propuestas programáticas y en la composición de los equipos de campaña.



Después de la encuesta, es evidente que la atención política se ha desplazado desde su campaña al perfil de su gobierno, haciendo de temas como la negociación parlamentaria, un anticipo de su capacidad de gobernabilidad y manejo político.



Asunto no menor si se considera que bajo la orientación de los gobiernos concertacionistas el sistema político chileno se ha consolidado como una estructura cuyo poder se reparte en muy pocas manos y se ejerce de manera colegiada, con un uso extremo de cabildeos, consultas y consensos, teniendo al Presidente de la República en el carácter de un primus inter pares.



La encuesta CEP, ungida en oráculo por los contendientes, marcará las decisiones de los comandos para los cinco meses que restan para la elección. Considerando que es durante los procesos electorales cuando se pone a prueba la salud democrática de un país, y dados sus resultados, no pueden excluirse ni las malas artes ni los errores de lectura que, aunque éticamente diferentes, son parte normal de un ambiente de libertad cívica y democracia.


















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