Democracia Cristiana: ¿Un partido en crisis? - El Mostrador

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Democracia Cristiana: ¿Un partido en crisis?

por 28 julio, 2005

Una columna crítica hacia la Democracia Cristiana, firmada por el Sr. Auth, pretende explicar algunas causas de la baja electoral que mi partido ha tenido en los últimos años, comparada con su porcentaje histórico, y nos da algunas recomendaciones interesantes, pero la mayoría de su contenido es, a mi entender, equivocado. El artículo referido (cuyo título, dicho sea de paso: "Democracia Cristiana, la dignidad extraviada", es bastante abusivo y desde luego poco amable proviniendo de un socio de coalición) me motiva para hacer algunos comentarios sobre los problemas de la DC y el desafío que viene, que no tienen que ver -a diferencia del autor- con candidaturas presidenciales, plantillas parlamentarias o presuntas desconexiones de fondo con la gente.



Sobre la baja en la adhesión, lo primero es situarla en su debido contexto. La adhesión, así, en frío, a un partido, manifestada en una encuesta, sin mayor compromiso, da para mucho, tanto para castigarlo como para premiarlo coyunturalmente. Lo que importa es la votación, que es el resultado de una debida ecuación entre trayectoria, propuesta y candidatos, y así quedó demostrado en la última municipal, en que los pronósticos para la DC eran inferiores al 10% y el resultado electoral fue superior al 20%. También hay que precisar que no sólo la DC, sino en general todos los partidos, en Chile y el mundo, experimentan una reducción, ampliándose en igual proporción el segmento de quienes no se matriculan con ninguno. Pero todo esto no es una explicación suficiente ni menos un consuelo.



Creo que el tema no pasa -como sugiere Auth- con no haberse subido desde los inicios a las candidaturas presidenciales del PS-PPD, o por haber levantado candidaturas propias o tenido una legítima y democrática disputa interna. A este respecto, sólo cabe señalar que primero la DC debe estar donde se toman las decisiones, y poner su impronta en el programa de gobierno y la gestión misma, conciliando y armonizando, como siempre, con nuestros socios. Subirse a una candidatura ganadora de manera simple y sin precisiones puede ser redituable en lo inmediato, pero a la larga no es bueno para la DC ni para la propia candidatura.



Nuestro electorado antes de votar tiene que verse representado a plenitud, en las ideas, en las propuestas, en las personas y en la gestión pública. Por supuesto la prensa y los actores de la derecha siempre tratarán de presentar esto distorsionado y sólo desde el ángulo de disputas por cargos y prebendas, porque ese es su negocio. Pero nosotros -los socios- no caigamos en el juego.



Para ir al fondo, señalaría por mi parte tres causas del descenso histórico de la DC, que obviamente está en la mente y disposición de todos revertir por la vía de lo que dice Auth, "una sintonía con las demandas y aspiraciones de la gente" -por lo demás siempre la hemos tenido- pero que -decimos nosotros- no debe ser entendida como una sintonía con la política mediática o forzando el concepto de modernidad para dar cabida a cualquier relativismo.



La primera razón, a mi juicio, es consecuencia de lo que el maestro Jaime Castillo pronosticaba ya a inicios de los setenta como "la convergencia de los humanismos", es decir, la amplia aceptación de un corpus de valores, principios y lineamientos políticos para la vida en sociedad, al que progresivamente hemos ido arribando desde todas las manifestaciones del humanismo, sea éste laico o cristiano, sea liberal, socialista o comunitario. Lo que hace tan sólo medio siglo era fuente de diferencias y enfrentamientos -por ejemplo la democracia, el mercado, los derechos humanos, la sociedad civil, la apertura comercial- hoy son parte de una misma base de convivencia, en que son sólo los matices y grados de profundidad los que generan diferenciaciones.



Para la DC, en Chile y en el mundo, esta convergencia ha tenido un doble impacto. Por una parte, muchas de sus tesis han terminado imponiéndose y fueron asimiladas por los demás partidos, y eso es de por sí un triunfo que la justifica históricamente. Pero al mismo tiempo esas banderas ya no son exclusivas, no la diferencian y por lo mismo la adhesión básica de las personas a un conjunto de ideas que todos comparten no las lleva necesariamente a votar por el partido o corriente de pensamiento que las generó, porque además la gente emite cada vez más su voto en función de expectativas y menos para agradecer lo realizado.



La segunda razón, al hilo de lo anterior, es lo que ya es un lugar común en el análisis político: el corrimiento hacia el centro. La derecha quiere ser "centroderecha" y la izquierda quiere ser "centroizquierda", y en ese proceso, los partidos que históricamente han ocupado el centro van perdiendo espacio, porque ese desplazamiento significa que los demás adoptan e internalizan posturas y un discurso ad-hoc basado en lo que es característico de este espacio: la gobernabilidad, los consensos, la moderación, el cambio progresivo, la preocupación por la clase media, etc., todas ellas posiciones muy características en Chile de la DC, que tan sólo treinta años atrás no eran compartidas por los demás, e incluso, como se recordará, eran estigmatizadas como retrógradas, desde un lado, o como comunizantes, desde otro.

La tercera razón, tiene que ver con el cambio cultural ocurrido en Chile y el mundo producto de la globalización liberal, con gran impacto negativo en los valores políticos, y de la globalización capitalista con fuerte impacto negativo en los paradigmas económicos. En efecto, como es de fácil comprobación, la lógica del individualismo y la competencia han permeado nuestras sociedades a tal punto que han conducido a lo que Maritain llamaba "la racionalización técnica de la política", que la transforma en un instrumento de poder por el poder, las propuestas son un producto que se ofrece al elector-consumidor de la manera más atractiva y digerible que sea posible, en competencia con otros "productos" políticos a los que hay que vencer en las preferencias del público.



Se sustituye de este modo la "racionalización ética" de la política (Maritain), en que partidos doctrinarios, ideológicos (palabra injustamente estigmatizada hoy en día) representan pero también lideran al electorado hacia metas superiores y más complejas de desarrollo integral, más allá de la coyuntura y en el marco de una ética de la acción política que le pone límites a los instrumentos -o sea, una relación ética de fines y medios- y por lo tanto no todo vale ni todo está permitido en la lucha por las preferencias de los electores.



Pero como estamos siendo invadidos por el facilismo, por la lógica individualista y la competencia a todo evento, tienden a surgir partidos instrumentales o liderazgos populistas no tradicionales que se inscriben en la lógica de la racionalización técnica, siempre más fácil, siempre más rentable en lo inmediato. Y en esa confrontación pierden en el corto plazo los partidos doctrinarios, porque deben sujetarse a unos principios y decirle al electorado las cosas como son, mostrarle caminos que son más difíciles, mantener las lealtades con las promesas y con la gobernabilidad, plantear y defender ideas y normas que van contra el pragmatismo, el relativismo y el acomodo.



La DC aporta en nuestras sociedades -pese a imperfecciones, fallos y desviaciones ocasionales que sería absurdo no admitir- una visión humanista cristiana que tiene valores permanentes intransables, aunque haya gente que pida otra cosa y aunque otros partidos se acomoden. La matriz de su propuesta política sigue las fuentes originarias: la doctrina social de la Iglesia, las ideas de los filósofos cristianos y de sus líderes políticos que en el siglo XX propusieron un tipo de sociedad distinta al capitalismo, conciliando la libertad con la justicia social, comunitaria, integradora, basada en el respeto a la persona, y por eso mismo, solidaria. O sea, la construcción de una sociedad verdaderamente moderna. Estas posiciones las hemos traducido en obras que desmienten, hasta el día de hoy, la afirmación de Auth sobre una supuesta "impermeabilidad consuetudinaria a los cambios culturales y sociales".



La DC estuvo siempre contra cualquier discriminación y persecución política y dio testimonio de ello. La Revolución en Libertad (combatida sin piedad de lado y lado) significó precisamente uno de los mayores cambios sociales y culturales de Chile, la inclusión de amplias capas de población rural y urbana a la economía, a la vida política, a la educación, a la participación y a la dignidad como personas. Sin ella, Chile no sería lo que es ahora. Más tarde, la DC y destacados demócrata-cristianos fueron defensores activos de los perseguidos y el partido como tal realizó una apuesta humanitaria, ética y política central para la recuperación democrática de Chile.



Muchos, además, han encabezado en estos años trasformaciones claves para los derechos de las mujeres chilenas, para el acceso a la justicia, para la filiación de los hijos, la defensa del consumidor, la inserción internacional, la recuperación de la deuda de los bancos. La DC ha respaldado el divorcio, la planificación familiar, la no discriminación en las escuelas, el término de la censura. ¿Qué es todo esto sino una real conexión con la gente en base a los problemas concretos y de acuerdo a los cambios culturales? ¿No es esto acaso una muestra mucho más contundente de modernidad?



El socialcristianismo tiene en el Siglo XXI, en Chile y en el mundo, muchos desafíos, pero probablemente el más grande de todos y el más difícil sea mantenerse fiel a los principios, o sea, no acomodarse con el modelo sino corregirlo y trascenderlo, crear sociedades integradas, humanizar la globalización, globalizar la tolerancia sin aplastar la identidad, la sensibilidad y el pensamiento de quienes creen en la libertad con responsabilidad, y sobre todo ser permanentemente fieles a la ética de los fines y los medios, para que la política, como decía Maritain, no sea "sólo avaricias, celos, egoísmos, orgullos y supercherías infantiles". Y para que, a pesar de lo atractiva y útil que resulte en el corto plazo la racionalidad técnica de la política, se construyan sociedades fuertes, pacíficas y solidarias. Maritain lo señala muy bien: esta "es tarea ardua, paradójica y heroica: porque no hay humanismo de la tibieza".



Es claro que la Democracia Cristiana chilena -que siempre ha sido progresista- tiene que adaptarse mejor a los nuevos tiempos, hacer una debida introspección y reformular sus propuestas de acuerdo a realidades del Siglo XXI, pero desde lo que son sus principios de siempre. En el fondo y a la larga, esa consistencia será mejor para el país, para la Concertación y para sí misma, aunque en el corto plazo parezca que no conecta con esta rara modernidad superficial que estamos viviendo y pierda votos coyunturales.



Así como no debe rendirse a la sola búsqueda del poder por el poder, lo que tampoco debe hacer es traicionarse a sí misma, olvidar su misión, vender su alma, mimetizarse y atender a los llamados a seguir la corriente del cosismo disfrazado de populismo, de progresismo o de modernidad para subir en las encuestas o ganar votos.





Héctor Casanueva. Ex embajador de Chile ante la Aladi y el Mercosur.








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