Editorial: ¿Fumando espero? - El Mostrador

Domingo, 17 de diciembre de 2017 Actualizado a las 04:10

Editorial: ¿Fumando espero?

por 4 agosto, 2005

Casi catorce mil muertos por tabaquismo al año en Chile constituyen un argumento contundente a favor de legislar, profunda y concienzudamente, sobre el tabaco y su comercialización. Máxime si parte sustancial de los costos de enfermedades vinculadas al tabaco la pagan todos los chilenos a través del sistema público de salud.



El Gobierno envió al Congreso un proyecto de ley para intentar controlar esta pandemia, por la vía de establecer mayores restricciones a la publicidad y al consumo de tabaco en lugares públicos.



Éste no es el primer intento sobre la materia, pero en las ocasiones anteriores un debate cruzado por fuertes intereses económicos, posturas valóricas inconciliables y una actitud ambigua del gobierno, dieron como resultado normas poco efectivas.



Estamos frente a un evidente conflicto entre derechos. Como todos ellos son legítimos, es la ley la llamada a garantizar y armonizar su ejercicio. Por un lado, el derecho a la vida, y su reflejo en la obligación que le cabe al Estado de proteger la salud de las personas. Por el otro, el derecho que las personas adultas tienen para elegir libremente su vicio, aunque ello dañe su salud (sin perjudicar a terceros, por supuesto), o, lo que es lo mismo, la libertad de cada consumidor de gastarse el cuerpo como mejor le parezca.



De esta manera, la norma jurídica que aborde al tabaco y su comercialización debe compatibilizar estos derechos en pugna, de una manera activa y eficaz, alejándose de los ejemplos abolicionistas de otros países, donde prácticamente se les ha prohibido fumar por decreto a sus ciudadanos, y alejándose también de la conducta desidiosa de inacción estatal, que permite que las personas no fumadoras sean avasalladas en sus derechos (fumadores pasivos, se les ha denominado), que tolera publicidad engañosa, y que pone al tabaco al alcance de menores de edad.



En este sentido, el tabaco y su mercado no difieren del alcohol y su mercado, debiendo quedar ambos minuciosamente regulados por la ley, para garantizarle a los consumidores calidades mínimas de los productos, para sancionar la publicidad engañosa o inoportuna, para velar por quienes no quieren consumir, y para impedir su ingesta por menores de edad, quienes no están en condiciones de elegir libre y responsablemente su consumo.



Es una buena señal, sin duda, que el Gobierno esté ahora en una postura más activa y haya enviado el proyecto de ley comentado. También lo es la reciente conformación de un bloque de parlamentarios, de todos los colores políticos, que está decidido a tomar el toro por las astas, y legislar sobre la materia. Por lo demás, no puede ser de otra manera, ya que el Congreso chileno ratificó el año 2003 el Convenio Marco para el Control del Tabaco, de la Organización Mundial de la Salud, que constituye el primer tratado de salud pública de la historia.



No será fácil su tramitación, por la capacidad de presión y cabildeo que ejercen las multinacionales del tabaco para tratar de que no se les toque el negocio. De hecho, desde hace tiempo están moviendo todos sus resortes políticos, económicos y culturales para defenderlo.



Las empresas tabacaleras basan sus argumentos en normas constitucionales que garantizan el derecho a realizar actividades económicas lícitas, el derecho de propiedad y la libertad individual de elegir que tiene cada persona. Pero, en verdad, el consumo del tabaco industrial nunca ha sido una actividad libre, como tampoco el fumador ha podido renunciar tan simplemente a su adicción.



Dicha industria creció y se sostiene hasta hoy con dos atentados a la libre elección individual: la publicidad engañosa y las sustancias adictivas -por años desconocidas- agregadas a la de por sí enviciante nicotina.



La propia industria tabacalera ha reconocido, a nivel mundial, que durante décadas utilizó elementos suplementarios para acrecentar la dependencia al cigarrillo, pero hoy asegura que esas prácticas ya han sido abandonadas y ha dicho estar dispuesta a enfrentar cualquier tipo de escrutinio en estas materias.



Como sea, lo cierto es que el cine, la música y la industria cultural en su conjunto ayudaron a construir estereotipos que vincularon el hábito de fumar con la virilidad, el éxito amoroso y el glamour social, construyendo el contexto social de una publicidad claramente engañosa. Ésta asocia la nicotina a la conquista sexual, la aventura o la madurez anticipada, justamente frente a jóvenes que recién empiezan a construir su destino sin mayores sistemas de referencia o apoyo.

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