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Historias del cine chileno

por 3 noviembre, 2005

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Ahora que, como en los westerns, el polvo ya se ha asentado después de la escena de acción, llega la hora de hacer ciertas aclaraciones acerca de los premios del reciente Festival de Cine de Valdivia, particularmente en referencia a los galardones al mejor largometraje y al mejor largometraje chileno. Como presidente del jurado de dicho festival, me veo en la obligación de corregir ciertas inexactitudes que se reiteraron a raíz del Festival de Cine de Viña del Mar y del Día del Cine, y que con cada repetición parecieran adquirir mayor veracidad. Aunque los errores son varios, me centro sólo en los dos más significativos, con la esperanza de facilitarle el trabajo a un futuro historiador de nuestro cine más reciente.



Bajo el titular "Valdivia ignora al cine chileno", El Mercurio (7 de octubre, C18) inventa una polémica debido a que el premio al mejor largometraje lo obtuvo El niño dormido, una película belga-marroquí de Yasmine Kassari. El cine chileno estuvo muy bien representado con cinco largometrajes, y el jurado lo midió con la misma vara que usó para evaluar el mejor cine internacional; esto debería ser motivo de satisfacción. Parece que fueron los periodistas quienes ignoraron parte de la muestra presentada en Valdivia. Cabe destacar la honestidad del corresponsal de La Nación, quien me confesó algo avergonzado que ninguno de los periodistas había visto la película ganadora, pues especulaban que ganaría una de las chilenas. En vista de este tipo de expectativas, no sería mala idea instituir en el Festival de Valdivia un premio del público, pues el jurado oficial no siempre coincide con el juicio de los espectadores o de algún periodista. Como se sabe, el premio del público del Festival de Viña del Mar recayó en Olga, una película brasileña, lo que demuestra que es falsa la suposición de que el público chileno se inclinaría necesariamente por una producción nacional.



Valdivia no sólo no ignoró al cine chileno, sino que este año incluso tuvo un premio adicional para el mejor largometraje chileno. Este premio no fue "inventado a última hora, a pedido del Ministro de Cultura, José Weinstein" (Las Últimas Noticias, 7 de octubre, 33), ni "instituido recién en los últimos días del festival" (La Tercera, 7 de octubre, 56), cosa que repite El Mercurio al decir que "se inventó un premio a último minuto para la producción nacional" (16 de octubre, C21). Dicho premio surgió por iniciativa de Televisión Nacional en mayo y estaba especificado en las bases de la competencia. Nuestro jurado operó desde un comienzo sabiendo de su existencia. De manera unánime y con gran entusiasmo, le otorgamos este premio a Mi mejor enemigo de Alex Bowen, con el único criterio de su calidad cinematográfica. En este sentido, es incorrecto lo que El Mercurio publicó bajo el título "La vedette del año" donde se dice que "algunos lo vieron como un pie forzado" o que el premio pudo deberse a que "la cinta será la representante chilena en los Premios Goya" (18 de octubre, C17).



Es cierto que el Festival de Viña premió la película chilena En la cama de Matías Bize, que no obtuvo distinciones en Valdivia. Si uno quisiera inventar una nueva polémica podría cuestionar por qué en Viña hubo sólo dos películas chilenas en la competencia o por qué no se preseleccionó Se arrienda de Alberto Fuguet, que está teniendo gran éxito de público en todo el país. En Valdivia hubo tres premios para películas chilenas, así como en Viña hubo tres premios para películas chilenas. En lugar de crear conflictos donde no existen, deberíamos alegrarnos por la cantidad de películas que se hacen actualmente en Chile y cuya calidad reconocen jurados internacionales de todas partes.



En estos momentos escribo un libro sobre el cine chileno de fines de los años sesenta y me sorprendo con frecuencia ante la gran cantidad de errores de este tipo que distorsionan y confunden la historia de nuestro cine. Ahora he sido testigo directo de cómo se producen estos errores, que por lo general nadie se encarga de rectificar. Creo que es mi deber recordar la enorme responsabilidad que tienen los periodistas de entregar datos confiables y la responsabilidad paralela de los editores de verificar con pulcritud la información que entregan al público actual y a la memoria histórica.





Verónica Cortínez. Ph.D. Harvard. Catedrática de la Universidad de California en Los Ángeles. Directora Residente del Centro de Estudios de la Universidad de California en Chile.


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