Editorial: Un campo minado en nuestro barrio - El Mostrador

Martes, 23 de enero de 2018 Actualizado a las 06:08

Editorial: Un campo minado en nuestro barrio

por 10 noviembre, 2005

En el curso de pocas semanas se han activado dos bombas de tiempo en las relaciones entre Chile y Perú: la revisión unilateral de los límites marítimos entre ambos países por parte del segundo y el imprevisto aterrizaje en Santiago del perseguido ex presidente Alberto Fujimori.



Hace muy poco las tensiones giraron en torno a las armas entregadas por Chile a Ecuador en 1995, al desaguisado de Luchetti y a los vídeos exhibidos en los vuelos por Lan. Otro tanto sucede con nuestro otro vecino por el norte, Bolivia, activándose cada tanto tiempo las alarmas.



Estas tensiones reiteradas y sucesivas, de distinta intensidad, se van diluyendo en los vaivenes del acontecer de cada país, pero dejan clavada -cada vez- una nueva espina en las relaciones bilaterales, que se suma al "campo minado" existente.

Por supuesto que, además de estas situaciones conflictivas, también acontecen permanentemente muchos eventos positivos, como intercambios culturales, comerciales, solidarios, pero -lamentablemente- nos son éstos los que marcan la pauta de nuestras relaciones de vecindad.



No es un fenómeno imputable solamente al Chile, Perú o Bolivia actuales. Se trata de una desconfianza que se remonta a un conflicto bélico decimonónico, en el cual pareciera que se congelaron las imágenes. Mientras exista esta suspicacia, cada uno seguirá leyendo de modo diferente los mapas y las realidades.



En este mismo período, Europa se ha desangrado brutalmente al menos en dos ocasiones y, no obstante, hoy es un ejemplo de integración política, económica y cultural de pueblos que pudieran tener muchos más motivos para vivir de espaldas unos a otros: la lengua, los credos, las razas y los muertos caídos en ambos lados.



Desde luego que Chile ha hecho esfuerzos para la instalación de un ambiente de confianza con sus vecinos por el norte, pero es evidente, a juzgar por los resultados, que no han sido eficientes. Muchas responsabilidades podemos imputar a Perú y a Bolivia, pero lo que tenemos al alcance de la mano es el cambio de nuestra propia manera de enfrentar estas relaciones, porque con la que hasta ahora hemos tenido no nos ha ido bien.



La buena vecindad con Perú y Bolivia es un tema muy importante y necesario para Chile. De ella depende, entre otras, el desarrollo económico de nuestro norte. El próximo gobierno y los sucesivos están llamados a innovar en todos los frentes en nuestras relaciones con dichos países, especialmente en el de las imágenes. La animadversión que se anida en los peruanos y bolivianos hacia los chilenos tiene su base en las imágenes que reciben, en muchos casos, desde la escuela. Y los chilenos no hacemos lo suficiente por mejorarla, llenos de sentimientos patrioteros de pretendida superioridad.



Si el centro del debate está en la soberanía, lo primero que debemos preguntarnos todos es qué entendemos por tal, en un mundo globalizado y en permanente transformación, donde cada día son más importantes las redes universales. Por lo demás, ¿qué tiene que ver la soberanía, en cualquier acepción que sea, por ejemplo, con la negativa a entregar al Perú los restos del Huáscar?



Entre nuestros pueblos hubo un quiebre profundo con la Guerra del Pacifico, a fines del siglo XIX, que caló profundo hasta instalarse en el eje de la identidad de cada cual. Hoy arrastramos con esa guerra como tarros ruidosos atados a la espalda. Llegó el momento de hacerse cargo de esto y esforzarse por reemplazar ese elemento desintegrador por otros que nos unan y nos garanticen una paz duradera y fructífera. En lo que a Chile respecta, podemos empezar desde ya.

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