Bachelet: Cambio y transición pendiente con los pueblos indígenas (Parte I) - El Mostrador

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Bachelet: Cambio y transición pendiente con los pueblos indígenas (Parte I)

por 21 enero, 2006

"Porque ese cielo azul que todos vemos, no es cielo, ni es azul. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza." Lupercio Leonardo de Argenzola, 1559-1613



Un acontecimiento trascendente ha ocurrido en Chile: una mujer encabezará el gobierno del Bicentenario de la República. En un estado presidencialista y autoritario, este hecho altera los marcos de lo imaginable y lo posible.



"¿Quién lo hubiese pensado hace 20 años, hace diez, hace cinco años?", como dijo Michelle en sus primeras palabras. Y agregó: "soy su primera mandataria", de un gobierno de ciudadanos. No de súbditos, entendimos de inmediato. Tal es el cambio cultural que su elección promete. Un cambio del orden de las cosas, de los símbolos y de los discursos. A 16 años, tal vez una democracia. El 15 de enero de 2006, el cielo era azul.



Su elección podría significar una alteración en el imaginario republicano, que podría abrir paso a un posible reordenamiento del universo simbólico chileno, de proyecciones de larga duración. Nos dicen. Tal vez, decimos. Un cambio cultural que podría abrir espacios a una democracia de las diferencias y ciudadanías plurales: de género, edad, de pueblos y todas las identidades. Quizás. Una sociedad que podría empezar a dejar atrás el peso de la noche colonial y patriarcal, y el peso de la noche fascista. Ojalá. Y rompa la ecuación mítica inscripta en el inconciente colectivo hacendal de una sola nación, única, blanca e indivisible, de varones, propietarios y racistas. ¿Será verdad tanta belleza? Cambio cultural que es precondición para una república democrática formada por una pluralidad de pueblos, de humanos y humanas, sujetos de los mismos derechos y dignidad. Ese cielo azul que queremos.



El gobierno de Michelle Bachelet -esa promesa, ese cielo, esos anhelos- no puede fracasar. Me dicen. De acuerdo, digo, y abrazo a los míos y pienso en el principio esperanza. Tal desafío es un asunto que comprende responsabilidades compartidas, que van más allá de su coalición, más allá de partidos y liderazgos; que dicho sea de paso, pocos se merecen esta oportunidad que le brindan los que inclinaron el fiel de la balanza por fundada aversión a la derecha. Ojala no se la farree esa elite, con la indolencia y soberbia 'expansiva', que les ha caracterizado. Lo que está en juego les trasciende y les queda grande. La promesa del éxito del periodo Bachelet, el que marque un antes y un después, atañe al campo de lo cultural, a un cambio en esa trama de valores, instituciones y símbolos que forman una cultura, y que, hoy por hoy, en Chile, está hegemonizada por grupos, sectas y gramáticas retrogradas, donde no hay espacio a la diversidad. Su elección fue una fisura en esa trama -quien lo hubiera imaginado-, una excepción. Tal vez.



Hubo otra excepción, algo insólita. La última escaramuza de estas elecciones, el tema del que todos los políticos hablaban dos días antes de votar, era sobre los pueblos indígenas. Pueblos que vieron estupefactos, perplejos, como se disparaban en su nombre y sin consultarlos los últimos voladores de luces de la contienda electoral del bicentenario, en un equivoco y faradulesco episodio constitucional.



Para esos pueblos, por los que todos desgarraban vestiduras y prometían reconocimiento eterno hace apenas días antes de la elección, sin embargo, no hubo ni una sola palabra, ningún gesto, ningún guiño, en las primeras palabras de Michelle Bachelet como Presidenta electa del gobierno del Bicentenario. Una notoria discontinuidad discursiva, y un sutil error de protocolo en un país pluriétnico.



En Nueva Zelanda-Aeteroa, una omisión semejante con los Maori, habría ocasionado una crisis de Estado. En Chile nadie se dio cuenta de ese descuido y desprolijidad del redactor del primer discurso de Michelle, en un día azul.



Nadie. Salvo los mapuches -williche, pehuenche, lafkenche- los likanantay, los aymara, los quechua, los coyas, los yamanas, los kawashkar, los diaguitas. Para muchos de ellos ese silencio fue una estocada íntima, para otros una confirmación.



No fue el único detalle de la jornada.



"Los indios votan por la derecha" comentaron los chilenos, al escuchar los resultados de la Araucania. ¿Y qué? ¿Alguna sorpresa? A una diputada, fina ella, solo le falto decir que son unos malagradecidos. ¿Las políticas públicas son cohecho? Más respeto. Nada más, nada menos.



Chile es pluriétnico. La reforma constitucional que lo establezca como base de la institucionalidad, vinculante para gobernantes y gobernados, será el resultado, el corolario, de un consenso que se construye primero en el lenguaje, en los gestos, ritos y actos públicos e íntimos de la política.



Independientemente de por quien hayan votado, más de un millón de indígenas escuchaban las palabras de la Presidenta electa del país donde viven, y de la clase política, porque son y se saben ciudadanos y soberanos. Y se les debe respeto. Más de un millón de indígenas, ninguneados toda una vida, esperan signos de reconocimiento, y constataron lo que ya sabemos: que son invisibles a los ojos, ritos y discursos de la política chilena. Que solo se acude a ellos, a su imagen y capital simbólico cuando hay campañas. Pero no se les toma en serio como pueblos, iguales en dignidad y derechos que el pueblo chileno.



Pueblos que sólo exigen y esperan ser considerados, reconocidos como lo que son: no como poblaciones de carenciados algo folclóricos, ni como clientelas electorales receptoras de subsidios, ni mencionados desde la Alameda como habitantes de las regiones, asimilados de facto a la chilenidad. Son los pueblos originarios de esta tierra, con sus derechos, sus propias lenguas, dioses, banderas, con sus propias lógicas, usos y costumbres, con sus propias contradicciones. Como todo pueblo. Pueblos a quienes las autoridades de este país les deben protocolar respeto en sus primeras palabras, y en todo su gobierno. Porque aquí ya estaban, soberanos, antes de que se inventara la república. Porque así debe ser en el siglo XXI de las identidades plurales, de las ciudadanías, y de comunidades de destino sobrepuestas.



Finezas que no se podrían pedir ni esperar de los patriarcales y autoritarios gobernantes chilenos actuales ni pasados. Para eso se requiere un cambio político-cultural, de ethos y ética, antes que constitucional. Es una pedagogía colectiva y pública en que no se puede dejar pasar una.



Un cambio del orden de las cosas, de los símbolos y de los discursos. Ese cambio que se promete y se espera.



Ojala Lupercio Leonardo de Argenzola, y la teoría de la óptica estén equivocados. Hay un sueño azul, dice Elicura. Y contrasueños. Aclara.



Es una feliz coincidencia y buen augurio que el primer gobierno encabezado por una mujer sea el gobierno del Bicentenario, ese hito polivalente en torno al cual se condensan, se disputan, imaginan y se configuran los sentidos, los simbolismos, los horizontes, las tramas del nuevo siglo de este país.



Y allí, en esa disputa de largo aliento por el reordenamiento de la arquitectura simbólica de la república, los pueblos indígenas irrumpirán -es el momento, como diría Lautaro: Ä„Ahora, Ahora, Ahora!- a caballo y acaballados, que duda cabe, con sus reclamaciones de reconocimiento, en tanto sujetos de derechos y dignidad colectivas, portadores de su antigua presencia en la tierra. Son los originarios, los que siempre han estado aquí. Los preexistentes. Los que no deberían existir según las profecías liberales y campañas republicanas del siglo XIX. Los invitados de piedra del 2010.



Los insoslayables e inomitibles de las ciudadanías del siglo XXI.





Víctor Toledo Llancaqueo (*) es historiador. Miembro del Grupo de Trabajo sobre Movimientos Indígenas y Democracia en América Latina, del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Clacso. Director del Centro de Políticas Públicas y Derechos Indígenas, Universidad Arcis.

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