El desposte del animal - El Mostrador

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El desposte del animal

por 23 enero, 2006

Cuando apenas despuntaba el alba de ese día aciago, el animal yacía tumbado y ausente sobre el suave y refrescante rocío que humedecía la pastura. En su pacífica e ignorante condición de bestia irracional, y dado que por lo mismo no leía la prensa, no miraba los noticieros de televisión ni se interesaba en lo más mínimo por los escabrosos asuntos humanos en general y mucho menos por las cuestiones políticas, el animal disfrutaba de un estado de placidez y serenidad total y completa. Como en unas vacaciones relajadas y permanentes, de ésas sin celular alerta, recostado a sus enteras anchas sobre ese pasto rudo que lo había alimentado y visto crecer. Desde que fuera una mínima, esmirriada y frágil vaquilla hasta llegar a alcanzar los sólidos 500 kilos de huesos, piel y carnes que ahora componían su robusta y codiciada complexión.



Con los ojos entrecerrados, como transportado de antemano a las verdes y perennes praderas del nunca jamás, el animal se entretenía haciendo absolutamente nada. Rumiando lentamente su postrera bocanada de briznas mientras movía acompasada y eléctricamente las orejas hacia atrás y adelante. Como queriendo atrapar para su propio deleite mañanero los sonidos que, como en sordina, le llegaban desde lejos anunciando el nuevo día.



Si hubiese podido enterarse de cualquier cosa por sí mismo, o algún otro animal caritativo y mejor informado de los alrededores le hubiese ido con el cuento, la pacífica e inocente bestia hubiese conocido con todo detalle y para su desdichado y sombrío panorama, la muy mala noticia según la cual, hacía al menos dos semanas a la fecha que los humanos de todo el país no estaban ocupados de otra cosa que no fuese parlotear y especular sobre su propio destino vacuno. Refocilándose en hacer circular rumores interesados, las más de las veces con la complicidad de amigotes periodistas, sobre los individuos, hombres y mujeres que, "según dicen fuentes bien informadas", serían con toda probabilidad los favorecidos con las partes más codiciadas de su cuerpo. Pero como aquello no había ocurrido, el animal reposaba completamente, ajeno e ignorante a cualquier zozobra.



Debe haber sido porque estaba tan profundamente concentrado en su rumiante y rutinario menester, el mismo que le había ocupado su vida entera de cinco años netos, que el animal no llegó a percibir las sombras humanas que le acechaban desde hacía rato. Y tan solo llegó a percatarse del enorme peligro que se cernía sobre sus carnes cuando de súbito sintió apretarse sobre su rotundo cuello el lazo de cuero curtido que lo atenazaba con una fuerza poderosa e inmisericorde.



El animal trató de incorporarse del suelo, agitando su cornamenta en un inútil gesto de defensa propia, y mientras lo intentaba, se vio a sí mismo rodeado por los cuatro costados por un grupo de figuras humanas amenazantes. Entonces, desde los más profundo de su espeso torrente sanguíneo, el instinto, que nunca se equivoca, le mugió que su hora final había llegado. Con los ojos desorbitados y la baba corriendo a torrentes por entre sus muelas y dientes, en medio de los gritos destemplados de las sombras que lo acosaban y picaneaban, sin emitir sonido audible alguno, el animal se dejó conducir mansamente en un suave trote, a cuyo ritmo y a tropezones arribó al poco rato y por entre senderos enrevesados al lugar del emplazamiento de las casas.



Mientras trataba a duras penas de esquivar los mordiscos que le propinaban los quiltros que, envalentonados por la presencia humana, se tomaban impune venganza por las injurias y patadas recibidas en el pasado, ninguna sensación especifica alimentaba los instintos del animal anclado en su presente perpetuo. Así es que de pronto se vio entrando a patadas y empujones a un cobertizo con piso de cemento, el mismo que desde ahora le ocultaría el cielo a sus ojos vacunos por siempre jamás. En ese instante el animal pudo ver, entre sus párpados aterrados de malos augurios, y ahora a plena luz de su última mañana, que otros hombres se unían al tropel que lo había arreado desde el campo y avanzaban todos hacia su cuerpo estremecido para rodearle curiosos y anhelantes. Su adrenalina fluyó a raudales y su terror se acrecentó todavía más, cuando observó que los hombres estaban premunidos de sendos y filosos cuchillos carniceros. Fue entonces cuando su infalible y siempre despierto instinto animal le dictó categórico que ya no había nada que pudiera salvarlo de los hambrientos aceros.



El animal había tenido muy escaso contacto con los humanos en su corta vida, pero le pareció advertir que todos los pares de ojos le contemplaban con una lujuriosa avaricia apenas contenida. Como tasando minuciosamente sus partes blandas, tal y como lo hace quien se solaza aprestándose a dar cuenta de un pantagruélico festín. Alcanzó a percibir que de eso mismo se trataba, ni más ni menos, cuando vio por el rabillo del ojo que uno de los hombres, precisamente el de aspecto más feroz y resuelto se le aproximaba hacia la cabeza por su costado derecho. El hombre, colocándole firmemente una mano sobre el lomo, procedió a asestarle con la otra un golpe violento, seco y experto, con un objeto que se representó como metálico y penetrante, que dio de lleno y profundamente sobre su blanda cerviz.



Un dolor como de hielo líquido le recorrió el cuerpo desde la punta del hocico al enhiesto rabo haciéndole perder el equilibrio. El animal se tambaleó sobre sus cuartos delanteros, doblo las patas y cayó de rodillas con las ancas levantadas por un breve instante como en un inútil gesto de súplica, mientras defecaba copiosamente. Como preámbulo de la muerte, sus ojos aterrados se voltearon hacia atrás blanqueándole la mirada y su lengua se le escapó inerte por el costado del hocico. Hubiera debido agradecer de alguna forma que el matarife supiera hacer su trabajo de forma rápida y eficaz, pero la vida exigua no le alcanzó para una reverencia y se le esfumó como una exhalación desplomando su cuerpo pesadamente sobre el pavimento. Media tonelada de dolor, carne y huesos dispuestos para el aquelarre.



No bien llevado a cabo el sacrificio los hombres avanzaron en tropel hacia el animal yaciente, estirando las manos ansiosas hacia el cuerpo todavía palpitante de impulsos reflejos. Cada cual blandiendo sus respectivos aceros y evidentemente resueltos a despedazar su cadáver a placer, sin método ni miramiento alguno. Pero una voz los detuvo en seco desde atrás con un tono de autoridad que no dejaba lugar a dudas.



Abriéndose camino entre la turba sedienta, el dueño de la voz perentoria les ordenó proceder ordenadamente al descuartizamiento. Era necesario dar cuenta del animal de manera incruenta y civilizada, les dijo, única manera de garantizar que cada uno de los comensales obtuviera lo suyo, según lo previamente pactado. Por una cuestión de dignidad y amistad cívica, pero sobre todo para evitar las consabidas recriminaciones y conflictos fratricidas posteriores al reparto.



Con voz parsimoniosa y experta, el hombre les recordó además, por si hiciera falta, que tratándose de un animal de proporciones interesantes, sus despojos debieran alcanzar sobradamente para que todos obtuvieran lo suyo, según lo acordado en la última reunión de coordinación. Ese encuentro que, tal como lo dijo, remarcando cada sílaba, "jamás había ocurrido", pero en el que todos se habían juramentado a no tratar de pasarse de listos, bajo pena de ser despojado de todo derecho a participación en la repartija.



Por lo demás, siguió diciendo el hombre, cada cual hizo llegar con la debida antelación la lista conteniendo las presas que aspiraban a obtener, en una relación de reivindicaciones muy razonables y justas, las que, les aseguró, habrán de tenerse debidamente en cuenta en este momento crucial.



Dicho esto, el hombre de la voz rotunda conminó a los presentes a deponer las hachas, machetes, chuzos, palas, serruchos y otras herramientas inapropiadas, no sin antes recriminarlos suavemente por haber osado traer, con la intención de usarlos, semejantes utensilios, más idóneos para una labor de demolición que para la que habían sido reservadamente convocados. Lo que viene a continuación es una acción sangrienta e ingrata, pero necesaria, terminó de decir el hombre. Pero hemos de empeñarnos al máximo para que se asemeje a una operación quirúrgica, totalmente aséptica.



Tanto afán para proceder con moderación y acaso con recogimiento espiritual, si es que la ocasión lo permitía, no pudo impedir, sin embargo, el crudo cuadro del desangramiento de la bestia, la terrible imagen de su metódico despellejamiento, seguido por el desgarramiento de su abultado vientre. Más de alguno debe haber pensado que esas imágenes terribles, alejadas completamente del sabroso bife de chorizo a punto o de cualquier otra delicia parrillera, deberían de bastar por sí mismas para convertir al más redomado carnívoro en consumado vegetariano. O, lo que es casi lo mismo, para transmutar al político profesional más avezado en apolítico militante. Pero nadie dijo nada, ocupados como estaban todos en no perder de vista la ubicación precisa del trozo que ambicionaban y habían venido a defender y a rescatar a todo trance.



Cuando el animal estuvo en carne viva y el matarife hubo de terminar de extraerle los interiores, se podía sentir en el ambiente como aumentaba el fervor de los presentes, mientras aguardaban impacientes y en religioso silencio el comienzo de la crucial faena del desposte. La madre de todas las batallas, como debe de haber pensado más de alguno, aunque sin atreverse a pronunciar la conocida frase en voz alta.



Los viandantes apretaron al unísono los dientes y cerraron fuertemente sus puños sobre las empuñaduras de sus cuchillos, conteniendo con forzada resignación la rabia, la indignación, la envidia y la impotencia que se esparció por el lugar, justo cuando el dueño del vozarrón que antes había puesto orden en el tropel y evitado el estropicio se aproximó en solitario al animal y con mano experta procedió a desprenderle el filete y a guardarlo en la bolsa que portaba. Tras lo cual, mirando a cada uno de los presentes con ojos desafiantes salió raudo y sin siquiera despedirse del cobertizo en dirección del auto que lo esperaba con el motor en marcha.



El ruido del vehículo que se alejaba veloz ocultó por un breve instante el torbellino de gritos, imprecaciones, empujones y violencias que se desató en el lugar a partir de entonces. Por un largo rato el cuerpo del animal desapareció de la vista de este testigo ocular, completamente cubierto por las siluetas de los hombres que se disputaban sus mejores partes. Los que, como auténticas aves de rapiña, se apretujaban en medio de un impúdico amasijo de sangre, vísceras esparcidas y huesos astillados por la acción de las feroces herramientas que blandían sin cesar sobre el cadáver animal.



Cuando por fin hubo retornado la calma y mientras los hombres se retiraban arrastrando por el suelo sus sangrientos botines, todavía disputando entre sí por causa de la propiedad de unos modestos chunchules y alguna criadilla aplastada por el zapato de un imprudente, se pudo ver por fin los despojos del animal, que a estas alturas no eran más que unos pocos y destrozados huesos carnudos.



Los mismos restos que en poco rato no tardarían en desaparecer por completo. Por obra y gracia de un nuevo grupo de hombres, todavía más hambrientos y decididos que los primeros, los cuales para entonces hacían su desordenada y vociferante entrada al lugar del sacrificio. Chapoteando y resbalando sobre cuajarones de sangre esparcidos por todas partes y con los ojos vidriosos y fijos en la desvencijada y blonda osamenta vacuna.



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Carlos Parker Almonacid es cientista político.

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