Los perros de La Moneda: ¿folclore o indolencia? - El Mostrador

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Los perros de La Moneda: ¿folclore o indolencia?

por 5 marzo, 2006

Como bien establece el señor Enrique Sepúlveda en su artículo "Los perros de la Moneda", uno de los rasgos que más atraen la atención de los turistas a su llegada a la Plaza de la Constitución es la cantidad de perros que la habitan. Este no es un rasgo exclusivo del centro de Santiago, es una realidad tangible a lo largo de todo el país. Desde el desierto de Atacama, pasando por Valparaíso hasta las plazas de Punta Arenas. Una de las imágenes más vividas en mi memoria, durante mi primera visita a este hermoso país, es la de un grupo de canes sin dueño que salía al encuentro de los pasajeros que bajábamos de un avión en el aeropuerto de Calama.



Si bien el hecho puede parece ser simpático, el imaginar a estos perros vagabundos como un comité de recepción para todos los visitantes, desde altos dignatarios hasta los más simples turistas, lo cierto es que refleja la actitud indolente de los chilenos ante la vida animal.



Los cientos de miles de perros de la calle o "quiltros" que habitan Chile son víctimas de crueldad humana desde que comienzan su existencia hasta el momento que por fin la abandonan. Sufren hambre, golpizas, frío, son atropellados, pateados, envenenados, encaminados a las orillas del Mapocho, viven con sarna, patas cojas, pulgas, procreándose constantemente, peleando por mendrugos de pan o por basura.



Si llegan a ser sujetos de atención humana es para acabar enjaulados en perreras, para después ser eliminados de forma "humana" con gas, lanzados a incineradores aún estando vivos, muertos a palazos y, si reciben alguna gesto de bondad, es cuando se les toma la pata en la que será insertada la aguja con el líquido que terminará con su triste vida en el planeta que, por desgracia, les tocó compartir con aquellos animales que se obstinan a reconocer que son parte del mundo animal: nosotros los humanos.



Es muy difícil en nuestro esquema mental antropocéntrico aceptar nuestra pertenencia al reino animal y, consecuentemente, aceptar las obligaciones éticas y morales que esto traería con nuestros congéneres animales. Por esto es imperante que al menos se acepte que los animales son sujetos de los derechos más básicos: a no ser explotados, abandonados, golpeados, abusados o víctimas de cualquier acto que atente contra su dignidad.



Seguimos operando bajo las posturas filosóficas de Descartes, de considerar a los animales como máquinas insensibles, que si aullaban al ser víctimas de vivisección no era por dolor sino un ruido emitido por la máquina que se descomponía. Sí, el padre de nuestro racionalismo, de nuestra concepción de civilización y progreso mantenía filosófica y científicamente que los animales eran máquinas perfectas similares a relojes. Lo más deplorable es que continuamos con estos parámetros, percibiendo a los animales como seres de cuarta categoría, por no escribir de centésima categoría, a pesar de que grandes filósofos han reconocido que los animales son sujetos de derechos.



Así, Jeremías Bentham, en un pasaje escrito cuando los franceses habían liberado a los esclavos negros pero estos continuaban siendo tratados en Gran Bretaña y sus colonias en la misma forma que nosotros actualmente tratamos a los animales, planteó lo siguiente:



"Llegará el día cuando el resto de los animales de la creación adquieran esos derechos que nunca les hubiesen sido negados de no haber sido por la tiranía humana. Los franceses han descubierto que la negrura de la piel no es razón alguna para que un ser humano sea abandonado a los caprichos de su torturador. Vendrá el día en que será reconocido que el número de patas, la villosidad de la piel, o la terminación del os sacrum son razones igualmente insuficientes para abandonar a un ser sensible al mismo destino. ¿Qué otra cosa debe ser trazada en esta línea insuperable? ¿Es la facultad de razonar o tal vez la facultad de discurso? Empero, un caballo adulto o un perro adulto sin lugar a dudas es más racional, y un animal con mayor capacidad de comunicación, que un infante de un día de nacido. Pero supongamos que fueran de otra manera, es decir, menos racionales ¿que sucedería? La cuestión no es ¿pueden razonar? ¿pueden hablar?, sino ¿pueden sufrir?"



Es tiempo ya de aceptar que los perros de la calle sufren porque nosotros, después de haberlos domesticado para hacerlos animales de trabajo o mascotas, los hemos abandonado a la intemperie y, peor aún, los hemos hecho víctimas de nuestra peor crueldad: la indolencia maquillada de superioridad.



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Adriana De la Garza es defensora de los derechos de animales. Experta en derechos de quinta generación y movimientos sociales. Candidata al doctorado en estudios internacionales por la Universidad de Miami.

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