El Partido Socialista y el porvenir de Chile - El Mostrador

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El Partido Socialista y el porvenir de Chile

por 28 marzo, 2006

No es poco lo que ha logrado el Partido Socialista en los últimos dieciséis años. Mantenerse unido, sostener y gestionar con eficacia el difícil período de transición que le ha tocado vivir al país, ser protagonista de los tres gobiernos de la coalición más exitosa que ha existido en Chile y ayudar a elegir una cuarta administración, con una militante de sus filas como la primera Presidenta de la República, son importantes realizaciones por las cuales es legítimo sentir orgullo. Sin embargo, es imprescindible saber representar con fidelidad los anhelos de la ciudadanía, cambiando drásticamente métodos, estilos y formas para acortar la creciente distancia que separa a los partidos políticos de la sociedad.



Luego de la derrota del autoritarismo, los socialistas resolvieron concluir con la división y ocupar el lugar que les correspondía en el nuevo régimen. Para asumir de mejor manera los retos de la transición y no repetir los errores cometidos durante el gobierno del Presidente Salvador Allende, así como la dispersión de los años precedentes, las facciones internas del PS alcanzaron un sólido acuerdo para tomar decisiones privilegiando el compromiso, en un contexto de desmovilización popular, prioridad por el trabajo en el Estado y gestión pactada del proceso político.



Tal esquema resultó plenamente coincidente con la necesidad de cuidar los delicados equilibrios que sostenían a la aun débil democracia recuperada. Por la experiencia comparada, sobre todo en el cono sur de América, se sabía de la imposibilidad de responder rápidamente al cúmulo de demandas postergadas en los años de dictadura, por lo que se requería "institucionalizar" a los actores sociales y convencerlos de situar la solución a sus problemas en plazos "posibles" y proporciones "razonables", trasladando el eje desde la lucha reivindicativa a la negociación intra-sistema.



No estamos hablando acá de otra cosa que no sea conseguir gobernabilidad, condición básica para la sustentabilidad de cualquier Estado. Y el caso de Chile ha sido un verdadero ejemplo para el resto de la región y del mundo. No obstante, mantener artificialmente esta situación cuando ya los peligros de involución política no existen y el crecimiento económico es más que sólido, contribuye a mantener una sociedad civil débil y despolitizada, donde los verdaderos centros de decisión están conformados por elites pequeñas y restringidas que ejercen un manejo oligárquico del poder.



A esto debemos agregar la persistencia de la cultura del miedo y el sometimiento casi sin discusión al ultra presidencialismo de la Constitución de 1980. La historia de Chile está marcada por la tragedia del 11 de septiembre de 1973, trauma aun no superado por completo y que ha generado un persistente pánico al conflicto y una especie de deuda infinita de los socialistas, por su comportamiento "díscolo" en el gobierno de la Unidad Popular. Así, el relato oficial pone el acento en la imposibilidad de llegar a acuerdo entre las fuerzas políticas, incluyendo de manera velada y a veces explícita la crítica tradicional de la derecha contra la "partidocracia", olvidando las circunstancias y el contenido de aquella disputa entre distintos modelos de país, en el marco de las dinámicas e ingerencias externas propias de la guerra fría.



Por otro lado, los frenos, contrapesos y amarres característicos del período transicional, representados por una serie de poderes burocráticos y fácticos rodeando al Ejecutivo, único representante de la voluntad popular con peso verdadero en el aparato estatal, obligaron a concentrar en él aun más poder en detrimento de los partidos y de un Congreso de por sí restringido en sus atribuciones constitucionales.



Si a esto unimos el "pago de lealtad pendiente" a la figura presidencial, nos encontramos con un PS siempre constreñido a un seguimiento acrítico de las iniciativas gubernamentales y sin una presencia activa en el movimiento social, puesto que el desarrollo independiente de tales sujetos terminaría chocando irremisiblemente con la lógica del aparato público.



Con el pasar de los años esta conducta se ha convertido también en una forma cómoda de administrar el poder al interior del partido, ya que el reparto de cargos en el Estado permite disciplinar a los militantes-funcionarios y mantener ordenadas las filas en los distintos grupos, los cuales han perdido las antiguas motivaciones ideológicas, siendo reemplazadas por lazos de vasallaje personal y múltiples intereses clientelares.



La pregunta que surge es porqué y para qué cambiar. La respuesta tiene que ver con el compromiso ético-político por mejorar la sociedad, consustancial a la izquierda y al socialismo, y a la naturaleza de los partidos políticos, organizaciones que agregan, interpretan y promueven las demandas de un conjunto de sectores sociales en un determinado contexto histórico, situación que con respecto al PS se traduce hoy en impulsar la profundización de la democracia y la construcción de una economía solidaria que satisfaga principalmente las necesidades de los pobres, de los marginados, de los que más sufren.



Si no se cumple con estos principios básicos se abandona la razón de ser de una fuerza política como el partido socialista y su correlato con los procesos que cruzan a nuestra nación, por lo que por más responsable que sea su comportamiento ante el Estado, tarde o temprano caerá en la obsolescencia y será sustituido por otra estructura que refleje mejor las aspiraciones presentes en la sociedad chilena.



En la actualidad vivimos un momento de inflexión que promete cambios en el sistema político y en nuestra cultura. La asunción al mando de la Presidenta Michelle Bachelet y la conformación de su gabinete demuestran un intento por airear un poco a la clase dirigente, permitir la participación de las mujeres y de gente más joven. Asimismo, los últimos días han sido testigos de manifestaciones inéditas en el partido continuador por excelencia de los postulados del régimen militar, donde algunos alcaldes intentaron sin mucha suerte comenzar a democratizar a la UDI. Estos son signos de una vigorosa corriente que cruza transversalmente al país y que reclama más espacios de participación, interpelación que debe ser acogida por los partidos políticos.

Por ello, asumir el cambio es urgente, necesario y posible. Para hacerlo requerimos sumar voluntades y energías para refundar al partido socialista, rescatando y proyectando su legado en una entidad de clara raigambre e identidad popular, parte de una izquierda inserta sin complejos en el mundo del siglo XXI, abierto al debate de ideas, intransigente en sus principios y valores pero flexible en su doctrina y, más que nada, anclada firmemente en el Chile de hoy.



Para cumplir con este objetivo se necesita una revolución orgánica que establezca una profunda democracia interna y repolitice el accionar partidario, ordenando a partir de distintos puntos de vista las tendencias que naturalmente se forman en toda organización democrática, así como alineando de manera distinta los liderazgos, destruyendo cualquier expresión de caciquismo prebendario e impulsando la elección directa de todas las autoridades y candidatos, condición para que el partido sea realmente representativo.



Asimismo, es necesario terminar con lógicas tributarias del leninismo y de un estilo más propio de la clandestinidad, por completo absurdas en los tiempos actuales, ya que no sirven a otro propósito que concentrar el poder en minorías iluminadas a las cuales les queda muy poca luz, mediante el ocultamiento de información y alentar al aparatismo, sustituyéndolas por formas amplias de participación que coincidan con las personas quieren militar.



El PS es expresión de la sociedad o no es. Por cierto, esto no significa abandonar el Estado, sino que situar la perspectiva desde la ciudadanía y jugarse por fortalecer sus dinámicas, convirtiéndose en protagonista activo y crítico positivo, a la vez que incansable constructor de estructuras y redes que difundan las inquietudes de la gente.



El proyecto de país que quieren hacer realidad los socialistas es amplio e inclusivo, tanto social como políticamente. Esto implica convocar a todos los chilenos que converjan con los mismos fines, dialogar con movimientos de distinta índole, trabajar con amplitud y desprejuiciadamente, proponer antes que imponer, sumar y no restar.



Aunque la meta sea lejana, el camino se hará más corto si existen personas dispuestas a recorrerlo.





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Cristián Fuentes es cientista político.

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