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Ä„Oh! cómo nieva, la nieve

por 8 abril, 2006

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Esta mañana de primavera ha amanecido nevando en Montreal. Cuando menos se esperaba, cuando los pajarillos aclaraban su gargantas para madrugadores trinos, cuando los vecinos de enfrente se disponían, ambos en shorts y con playeras, a preparar su jardín quitando hierbitas por aquí, hierbitas por allá, mirando sonrientes y felices el cielo azul. La gente del país en el instante que asoma el primer rayo de sol medianamente templado, sale como los caracoles, y en traje de faena se tumba en jardines propios o en los parques que abundan en la ciudad; se saca corbatas, blusas, medias y lo que haga falta; los zapatos por supuesto, hasta que, rojos fosforescentes después de los primeros soles, vuelven a la rutina del quehacer cotidiano. Pero se deprimen a morir si el invierno regresa insospechadamente.
Para cerciorarme de que no es alucinación lo de este abril, abro la ventana de mi escritorio y toco la nieve. Sí. hay un velo blanco que empieza a cubrir los árboles. Hace fresco. Bajo cero. Oh, comme il neige, la neige! Que decía Emile Nelligan.



Los quebecuás, entendiendo por ello a todos los habitantes del país no solamente a los de la ciudad de Québec, han sido proverbialmente solidarios, cálidos y generosos con los que por unas razones o por otras, no siempre emigrados, llegamos a este norte.



En aquella época, mi condición de vasca me abrió las puertas aquí y sobre todo encontré amigos y lealtades sin condición; tenía a mi favor además, la oportunidad del momento artístico, cultural y político que se estaba viviendo, una energía inagotable y el convencimiento absoluto de poder cambiar el mundo. A esa edad; la de la inmortalidad, la de la risa floja, la de las utopías alborozadas. Esa edad que solo cuando pasa y miras atrás te das cuenta que era espléndida. A esa edad, Montreal me pareció el paraíso.



Es por méritos propios una ciudad muy especial. Nada pretenciosa. Auténticamente multiétnica. Enamora. Tiene un encanto indefinido pero muy presente que infunde paz, sosiego. Ganas de respirar profundo.



Sus gentes son sencillas, sin parafernalia, te quieren o no te quieren pero sin aspavientos, y sobre todo, te dejan vivir sin mayores complicaciones ni prejuicios.



Al mismo tiempo flota un algo retro pero anárquico en el aire, en el modo.



Montreal es como el Arco Iris, de todos los colores.



No hay más que pasear un rato por la calle St. Laurent para dejar de sentirse extranjero en el mundo. Porque el mundo entero se pasea por estos lares.



Aquí nadie te mira dos veces aunque salgas con un repollo en la cabeza, o de buzo y con escafandra.



Los Petronios de la moda, de las modas, debiera puntualizar, tienen un futuro incierto en esta metrópoli donde cada cual viste, se peina, se calza o se pinta como exactamente le canta el gusto.





Al sentir los copos de nieve en la cara como besitos, la elegancia con la que cae y se deposita en el suelo, recuerdo no sé porqué, especialmente, un día como hoy, de primavera invernal, en el pasado imperfecto. Estaba invitada en casa de unos amigos a una gran celebración.



El salón casi octogonal lleno de rincones y rinconcitos de techo muy alto, zócalos, puertas y ventanales de madera de nogal y cristaleras con la flor de Lys o con motivos religiosos, era inmenso, sin embargo acogedor. La biblioteca de estilo inglés antiquísima repleta de libros suculentos robaba la vista y engalanaba ella sola la casa entera. Al fondo había una chimenea perfectamente encendida de cuyas brasas salía aroma de madera noble.



Era la única extranjera pero me sentía cómoda entre mis amigos, cigarrillo en mano, una copa de champagne en la otra, balbuceando todavía la lengua quebecuá, tan distinta del francés de la France. Y jugaba con el humo. Fue probablemente mi mayor placer cuando fumaba; porque fumaba mucho, y bien. Quiero decir que siempre tuve estilo con el cigarro. Empecé a fumar porque quería a toda costa parecerme a Lauren Bacall, tener sus manos de dedos largos enguantados de negro sosteniendo la boquilla mientras Bogart le daba fuego y en aquellas miradas veladas, ardía una hoguera.



Por supuesto que de Miss Bacall, tres metros mas alta que una servidora, sólo heredé el gusto por el humo y esa imagen de mujer misteriosa y sensual detrás del cigarrillo. Imagen que una se hace de sí misma sin que corresponda a la verdad necesariamente, y que a la hora de abandonar el tabaco para siempre, lo más difícil fue abandonar el gesto, y no jugar con el humo.

En esas divagaciones despistadas estaba aquella tarde, entre el champagne y el humo, cuando me encontré de repente con la mirada obstinada de un hombre muy elegante, vestido de traje gris marengo impecable con chaleco cruzado, reloj de cadena, pañuelo de seda largo con motivos de cachemira, pelo canoso, no muy corto, perfectamente desordenado, ojos color uva desde la distancia. Sentado en una butaca cerca del fuego me sonreía como si me conociera y le devolví la sonrisa por cortesía, naturalmente. A veces el despiste juega malas pasadas. ¿Y si de verdad me conocía? ¿O le conocía?



Durante largo tiempo ni se movió de su sitio ni me perdió de vista; había desafío en su insistencia.



Al final me encontré en la ridícula situación de no saber qué hacer, ni donde mirar cuando te están mirando.



Me faltó mundología, que diría mi padre.



Eso jamás le hubiese pasado a Lauren Bacall. Creo.



Mi anfitriona comentó que mi pertinaz y silencioso admirador querría saludarme porque no habíamos sido presentados y blá, blá, blá. Según él me habría conocido a través del teatro. El de espectador, yo de actriz. También supe que era un político notable y respetado y que su conversación merecía la pena. Efectivamente Jacques, nombre inventado por supuesto, se acercó a nuestro círculo e hizo honor a su reputación. Me pareció agradable, interesante, con un sentido del humor fenomenal. Inteligente.



Así fue transcurriendo una velada de todo menos insustancial, hasta que llegó la hora de la despedida. Después de los abrazos y besos de rigor con mis amigos, cuando llegué a Jacques en lugar de un beso le ofrecía mi mano; él me dio la suya y dijo que había sido un placer conocerme. Y en aquel salón todavía en plena efervescencia y celebración, me pidió encantadoramente, al más puro estilo Cyrano, como quien pide algo que no se puede negar: Madame, voulez vous coucher avec moi ce soir?



No, merci, Monsieur. Le contesté; como quien niega algo que no se puede conceder.

Domage. Dijo él mientras me besaba la mano mirándome a los ojos.



Y me fui sola, sonriendo, chapoteando la nieve camino a casa.












Begoña Zabala es actriz y vive en Montreal, P. Q.

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