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Del género a la vocación

por 13 abril, 2006

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Hace unos días me invitaron a presenciar un diálogo de decenas de jóvenes universitarios de distintas entidades de Educación Superior de la región Metropolitana y de la región de Valparaíso. Inspirados en el Humanismo Cristiano, los asistentes eran parte activa de comunidades de estudio y reflexión a partir de las cuales afinan su base teórica para solidificar su participación en la esfera de lo público.



El orador principal de esta jornada fue el destacado ex embajador Otto Boye, quien expuso con notable y sugerente agudeza aquellos elementos que le parecían sustantivos en el incipiente debate acerca de la participación de las mujeres en lo público, en la política de manera particular, habida consideración de la asunción de Michelle Bachelet a la Presidencia de la República.



Como aspecto medular, el ponencista insinúo algunas ideas en torno al género como punto de partida para una discusión acerca del problema de la justicia en la sociedad. Afincado en algunos textos de Riane Eisler, trajo a colación el riesgo de la sustitución de dominio que significa pasar de una sociedad dominada bajo códigos y criterios masculinos, hacia otra sociedad dominada por códigos y criterios femeninos, pasar del machismo al hembrismo, afirmó. Señaló, seguidamente que, "una forma creativa de proclamar un mañana mejor para Chile, podría llevarnos a exclamar que no queremos 'patria' ni 'matria', sino madre patria. Ni dominio del hombre ni de la mujer, sino asociación entre ambos".



El contenido de sus reflexiones indudablemente motivó el interés juvenil y nos despertó a los tres o cuatro asistentes mayores de treinta, diversas interpretaciones e ideas. Entre ellas, pareció interesante la idea de madre patria, pues se configura conceptualmente con una encantadora densidad al punto que fortalece la idea de la tolerancia, del respeto al otro. Su sola concepción busca salvar la proposición del otro -como alguien señaló- en su sentido más profundo abordando el problema de la justicia como una genuina búsqueda de la sociedad integrada bajo cánones de solidaridad en sus estructuras y en la vida práctica.



En el fondo de la discusión estuvo la distribución de las oportunidades y la distribución del poder. La cultura como estructura y manifestación de nuestra evolución (o involución), fue ampliamente debatida en torno a cuestiones de la agenda política como la ley de cuotas, la discriminación positiva o el gobierno paritario.



Veinteañeros que entregaban un frío sábado al debate y a la reflexión en un rito de preparación comunitaria para servir a Chile. Hombres y mujeres, no era paritario, pero se acercaba, cuyo diálogo denotaba el entusiasmo de una conversación de raigambre plural, de aproximación multicultural y donde se repetían palabras y conceptos asociados a la ética, a la solidaridad, a la comunidad, a agregar valor por medio del testimonio.



Dos ideas me quedaron dando vueltas. La primera, vinculada a jóvenes que estaban fortaleciendo su sentido de pertenencia, la sintonía espiritual que significa preguntarse en el fondo quienes son, que hacen, hacia donde van, desde donde se inspiran. Notable que el fondo de la reunión tenga contenido y no sea una lata, por el contrario, se percibía alegría, vocación y ganas. Disponibles al testimonio, conscientes de su condición y naturaleza política, comunitarios como antípoda a la idea solitaria del individualismo, aspirantes a grados mayores con el humanismo integral como telón.



La abundante literatura del desánimo, del sin sentido, de la crisis y el desconcierto -en medio de la incertidumbre del cambio de época- se rompe con los microrrelatos que solventan la idea de la esperanza. Sergio Micco en su libro "Todos quisimos ser héroes", recuerda a Agustín de Hipona en uno de sus capítulos y cita una frase que se percibía como fondo en medio de la conversación "Me decís que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores. Los tiempos serán mejores. Vosotros sois el tiempo". ¿Virtuosos?, ¿Iluminados?, ¿infalibles?, no, simplemente animosos jóvenes que transmitían cierto deseo de cultivar virtudes republicanas gobernados por la amistad cívica.



La segunda idea, tuvo que ver con un relato de larga data. Otto Boye contaba hacia el fin de su exposición, acerca de la experiencia de Rotterdam, donde habían confluido socialcristianos y marxistas a debatir sobre Chile, su futuro y también acerca del rol de la mujer. Era en la década de los 70 y mientras mi generación jugaba a los autitos, unos empezaban a reconstruir su historia y a renovar sus fuentes con fuerte autocrítica y otros comenzaban a abandonar su camino propio. En la lejanía de Europa se iniciaba una conversación que empezaba a desprejuiciar a quienes dieron origen a una manera renovada de aliarse para gobernar el país, fortalecer su futuro y la dignidad de sus habitantes.



En este cruce está la idea de la madre patria y la construcción de la nueva democracia. Mecanismos asociativos, integradores, colaborativos y solidarios son la aspiración de la doble mirada y los criterios a partir de los cuales la visión matria y la visión patria hoy se instalan en la misma mesa a trabajar por el contínuo que significa hacer Chile cada día, sin la idea de la canonización, sino del trabajo profundo que arranca de muy lejos.



La combinación de ambas ideas me sugiere un nuevo diálogo, no sobre género sino sobre vocaciones y los usos y costumbres para ejercer esas vocaciones. La distribución del poder y de las oportunidades, la valorización de la genuina donación de tiempo, espacio y dedicación, la correspondiente comprensión que salva la proposición del otro y la incorpora como parte de su construcción.



Tolerancia, integración, solidaridad o comunidad son elementos presentes, sustantivos de esta conversación en el 2006, como también de los debates y conversaciones por el nuevo Chile, por allá en el ´76. Dos puntas de un mismo lazo que aleja, por fortuna, cierta frivolidad que a veces procura, sin éxito, inundarnos.





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Gonzalo Cowley P., es director adjunto del Instituto Chileno de Estudios Humanísticos, ICHEH.

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