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Razones para oponerse al proyecto Aysén de Endesa

por 27 abril, 2006

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Poco a poco comienza a crecer la conciencia nacional respecto de los efectos que podría tener la construcción de grandes centrales hidroeléctricas con enormes embalses en la región de Aysén. La complejidad del caso se manifiesta tanto en la cantidad de ámbitos en que éste genera discusión y polémica, como en la poco común alianza entre muy diversos referentes ciudadanos, quienes desde Cochrane y Coyhaique a Santiago nos oponemos enérgicamente a la materialización del mega proyecto planteado confusamente por Endesa.



Las tres grandes problemáticas que rondan este proyecto son el impacto local, la política energética y el modelo de desarrollo. Respecto al primer punto, el plan de Endesa es una amenaza letal para un número aún indeterminable de miles de hectáreas de las extraordinarias cuencas de los ríos Baker y Pascua, ambas de un altísimo valor ecológico, cultural, económico y con un gran potencial agropecuario y turístico. A los impactos de los embalses (más de 9.000 hectáreas) se deben sumar los de todas las obras anexas, tales como plantas conversoras y líneas de transmisión (más de 12.000 has), caminos, campamentos masivos, plantas de áridos y cemento, además de la fuertísima intervención por maquinaria pesada durante 10 o más años, todo con un también masivo aporte de ruido, humo, polvo, derrames y basura. Con todo esto, el efecto de tal emprendimiento en una zona con las características ecológicas y culturales de Aysén sólo puede ser calificado como potencialmente devastador. En términos ecológicos, lo que está en riesgo aquí es lisa y llanamente la subsistencia del corazón de la Patagonia chilena, que es un mosaico complejísimo de ecosistemas, microclimas y especies endémicas que constituyen sin duda un tesoro ambiental a nivel planetario.



Para formarse una idea de los impactos locales de tales proyectos, basta con una breve visita al Alto Biobío: éste ya no es un bellísimo ecosistema fluvial, sino un antiecológico y antiestético artefacto hidráulico. Su forzada instalación significó el desmantelamiento de las comunidades Pehuenche aledañas, cuya actual supervivencia se sustenta exclusivamente en un artificial dispositivo subsidiario de alto costo provisto por Endesa. Tremendo parche para tremenda herida: familias indígenas bajo la tutela de Endesa por dudosos motivos relacionados con el marketing de futuros proyectos. Esta situación sin precedentes no puede volver a repetirse en nuestro país.



En segundo lugar, este proyecto profundiza la poco acertada política energética impuesta al país por Endesa durante las últimas décadas, basada exclusivamente en megacentrales hidroeléctricas y térmicas. Chile está en el subdesarrollo respecto del uso eficiente de la energía y de las fuentes 'genuinamente' renovables; hoy gran parte de la comunidad internacional que trabaja en el tema ya no considera las megacentrales hidroeléctricas como fuentes renovables de energía por sus excesivas externalidades ecológicas, sociales, culturales y económicas en el corto, mediano y largo plazo. Necesitamos una política energética pública, nacional, democrática, y altamente eficiente, que evalúe la hidroelectricidad a menor escala con extremo cuidado y permita su construcción quirúrgica en cuencas que hayan sido estudiadas exhaustivamente. Algo así como 'cuenca contra proyecto' en vez de 'proyecto contra cuenca', como se estila hasta ahora en Chile.



Hoy, Endesa y otras empresa del rubro diseñan sus proyectos con una estrecha óptica ingenieril y financiera, y luego los ingresan al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental en Conama, institucionalidad intervenida políticamente desde un poder ejecutivo a su vez cooptado por el sector privado, tal como lo evidencian los casos de Ralco y Celco, entre otros. El resultado, finalmente, es que estas empresas terminan 'encajando' la obra en la cuenca, absolutamente a la fuerza, y prometiendo en el papel innumerables medidas de mitigación y compensación que en nada salvan a la cuenca o a las comunidades más directamente afectadas de los implacables impactos negativos de la obra. El Alto Biobío es el mejor aunque mudo testigo de esto.



El tercer fundamento de nuestra posición tiene que ver con la proyección del crecimiento de la demanda que esgrime Endesa para justificar su intervención en Aysén y otros ríos de Chile. En este país cuando 'los grandes' debaten respecto del tema energético sólo se refieren a la generación, a la oferta de electricidad, y nunca al por qué de la demanda, que es la segunda parte completa de la ecuación. El problema de fondo es que muchas autoridades se han empapado de la visión de Endesa de pensar en la producción de electricidad como un fin en sí mismo, como un negocio redondo con horizonte infinito, lo cual es funcional a un país estancado en una fase productiva primaria y neocolonial, en un modelo de desarrollo basado en la explotación y procesamiento primario de materias primas y recursos naturales; algo evidentemente insustentable, por no decir autodestructivo.



Las industrias primarias, como las dedicadas a la producción de concentrado de cobre, astillas y/o celulosa, y harina de pescado son, precisamente, las más intensivas en el uso de electricidad y del agua, así como las más contaminantes. Urge que Chile cambie la orientación de lo que llama desarrollo. Nuestro país está óptimamente posicionado en Latinoamérica, abierto al Pacífico y al mundo, para ofrecer servicios de alta calidad en educación, cultura, salud, bancarios y telecomunicaciones, además de un ecoturismo horizontal, diseminado, rural, que podría generar a perpetuidad importantes utilidades y múltiples servicios secundarios, siempre y cuando se proteja, conserve, e incluso restaure el medio ambiente de nuestro país. En este modelo también cabe, por supuesto, la producción de alta tecnología y software, algo que ha permitido el acelerado despegue de países como Escocia, Irlanda y otros. En este esquema productivo, el único genuinamente sustentable, la demanda de electricidad cae precipitosamente.



Más encima, el actual modelo chileno incluye, de manera prominente, nefastos efectos socioeconómicos, concentrando agudamente la riqueza y desparramando ampliamente la pobreza: el 20% más rico del país percibe el 62.2% del ingreso, mientras el 20% más pobre sobrevive con el 3% del ingreso, lo cual se explica en gran medida porque las empresas que explotan recursos naturales acaparan la mayor parte del ingreso del país. En otras palabras destruimos ríos y cuencas para generar la energía y para explotar aún más el medio ambiente, todo lo cual enriquece a una minoría. Esto no es ni equitativo, ni sustentable, ni inteligente.



Como se puede ver, el tema de las centrales en Aysén nos lleva hasta el corazón de los grandes problemas económicos, sociales y ambientales que afectan a nuestro país. Endesa querría que percibiéramos su proyecto como algo aislado de todos estos grandes temas, algo estrictamente 'energético' y, además, que sucedería allá lejos, en el extremo austral de nuestro país, afectando solamente a los habitantes de esos territorios, pero somos muchos los que vemos claramente que este emprendimiento ocupa un lugar central en la 'caja de Pandora' de Chile, que es su modelo de desarrollo en el que estamos atascados desde que llegaron los españoles a este aislado territorio. Tenemos que ser capaces de abrirla.



El proyecto Aysén de Endesa nos ofrece la oportunidad de hacerlo, empezando por comprobar que el impacto local de la construcción de megacentrales hidroeléctricas, la política energética y el modelo económico conforman una compleja e indisoluble trenza que debe ser analizada, evaluada, y, desde nuestro punto de vista, reorientada en su conjunto.



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Juan Pablo Orrego, Ecosistemas

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