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¿Qué hacemos con los maridos?

por 9 mayo, 2006

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Este asunto de la paridad de género, donde el porcentaje de mujeres que accede a cargos públicos debe ser igual al de los hombres, parece una idea positiva en una sociedad que pretende igualdad en las oportunidades. Estoy de acuerdo. Sin embargo, la paridad de género tiene una dinámica propia y complicaciones que escapan a un observador inatento.



En el tema en comento, la cultura política criolla introduce distorsiones que es necesario afrontar del modo más sutil posible para no lesionar la autoestima masculina. Y no es una cuestión baladí.



Cuando un hombre es nombrado Ministro, por ejemplo, su cónyuge guarda un discreto segundo plano y, generalmente, se ocupa de las actividades sociales del cargo, orientadas a la ayuda de la comunidad. Preside el Comité Pro Pascua, la Junta de Ayuda a las Salas Cunas, la Comisión de Protección a la Infancia. Actividades de hecho muy encomiables.



Ninguna esposa espera ser designada en un cargo de relevancia pública, asumiendo que su tarea es colaborar de manera discreta en el lucimiento de su marido.



Sin embargo, algo diferente acontece cuando ella es designada como titular en un alto puesto de gobierno. El marido parece sobrar en el nuevo esquema y, sin un motivo real, se le busca un cargo, una función estatal, para aminorar el supuesto menoscabo. De pronto, en un acto de prestidigitación burocrática, aparece de Director en algún organismo fiscal o de Presidente en una empresa pública. Y la tranquilidad retorna.



En la medida que un mayor número de mujeres accede a las altas esferas administrativas, el problema se agudiza, porque la necesidad de cargos se multiplica debido a una función exponencial. Este es un problema real. Un somero análisis de la actual actividad de los cónyuges de las mujeres destacadas en cargos de Gobierno puede deparar sorpresas. Si ellas llegan por sus méritos, los maridos llegan arrastrados por las circunstancias. Y nadie dice nada, es de mal gusto.



Los ejemplos sobran. Imaginemos que ella es designada embajadora. ¿Qué hacemos con el marido? No podemos dejarlo en Chile. Podría significar el término del matrimonio. Tampoco restringirlo a la función de acompañante, que en estricto rigor le correspondería. Hay que buscarle un cargo que venga como anillo al dedo.



Ella es nombrada Ministro de Estado. A él se le ubica en el Servicio de Correos, o en Codelco, en cualquier lugar que moleste poco.



La conclusión es que los maridos de mujeres destacadas, si carecen de méritos propios -y muchos lo tienen- son un lastre, un obstáculo a la paridad de género que impulsa la Primera Mandataria. Los maridos son focos de molestia cuando pretenden un acomodo inmerecido. Por lo tanto, debe preferirse a mujeres solteras en las designaciones o desentenderse de los cónyuges.



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Eduardo Soto. Abogado y escritor






























































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