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Diario Siete: Reflexiones en hora de cierre

por 23 mayo, 2006

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La desaparición del Diario Siete parece ser un hecho. Estamos ante la muerte anunciada de un medio que, a mi juicio, era inviable desde su partida. Aunque la razón esgrimida detrás de los conflictos que salieron a luz pública la semana pasada sea de origen financiero, una interpretación más profunda sobre lo que ocurre se relaciona con motivaciones y planteamientos donde lo político y lo ideológico tienen mucho que decir. Y también la mirada que algunos dirigentes de la Concertación tienen y han tenido respecto de los medios de comunicación.



Si queremos medios democráticos que defiendan los valores por los que tanto luchamos en tiempos de dictadura y quieran jugarse por una sociedad más equitativa y diversa tenemos que hacerlos con gente que crea en esos valores. Aunque parezca de Perogrullo, eso no suele entenderse así. Sin embargo, la gestación de ese diario a partir de la sociedad comercial entre algunas personas de la Concertación encabezadas por Genaro Arraigada, por un lado, y el economista Alvaro Saieh, hoy magnate de las comunicaciones y las finanzas, por el otro, fue un error político y comunicacional grande. Una apuesta fallida y hasta engañosa para el público.



Aunque escuché alguna vez que ése era "el único camino" si se quería obtener recursos para una iniciativa de esa índole, nunca creí que ése fuera un proyecto de largo aliento que pudiera sustentarse. La idea del diario de "centroizquierda" financiado en 50 por ciento por una persona que estuvo estrechamente ligada al régimen de Pinochet y a la UDI como Saieh, siempre me pareció una alianza absurda e insólita. Y -pensaba y pienso- eso no beneficiaría a quienes queremos profundizar y fortalecer la democracia, sino que sería una operación a través de la cual Saieh, dueño de Copesa y de su holding radial que se amplía año tras año, podría decidir sobre la existencia o el silencio de un medio más.

Creo que nuestros colegas y amigos que se embarcaron en esa aventura simplemente se equivocaron al hacer fe en que el asunto podía resultar. O quizás su vocación periodística los hizo creer en un proyecto que imaginaron factible. Pero, conociendo un poco quién es Alvaro Saieh y lo que representa, era una apuesta que no tenía sentido. Pero no es momento de criticar las decisiones de otros que, por último, se entusiasmaron y confiaron en que algo podían hacer en el ámbito profesional.



No obstante, da la impresión que en su línea editorial el Diario Siete tenía límites evidentes. Pudo abordar temas de derechos humanos y los referidos a la contingencia política con alguna amplitud mayor que los otros medios convencionales, es cierto. Pero no entró en profundidad en asuntos de índole socioeconómica que cuestionaran el sistema de poder que tratan de mantener los grupos que detentan una alta cuota de poder real en Chile y están bien representados por Saieh y su gente de Copesa. Entre los directivos del Consorcio Periodístico que junto a El Mercurio controlan la prensa escrita en el país abundan los ex funcionarios del pinochetismo como Hernán Büchi, Jorge Selume, Miguel Angel Poduje, o Alvaro Donoso, entre otros.



Lamentablemente, tras las páginas del Diario Siete hay periodistas, fotógrafos, diagramadores y empleados en general que quedarán sin trabajo y ensancharán la ya larga lista que se inició a comienzos de lo '90 con los cierres de las revistas que jugaron un rol tan significativo en la batalla contra la dictadura.



Sin duda, el panorama de los medios de comunicación en nuestro país es feroz y no se condice con los avances que como sociedad hemos experimentado en otros planos. La ausencia de pluralismo y diversidad, la falta de calidad de lo que se lee y ve no son precisamente atributos de la prensa chilena hoy por hoy. La actual situación es dañina para la democracia y asfixiante para los que consideramos la libertad de expresión como piedra fundamental de ella y como oxígeno para nuestra propia actividad.



Pero sinceramente no creía ni creo que la solución frente a la extrema concentración de medios -en especial en la prensa escrita- pueda encontrarse en una alianza como la que dio origen al Diario Siete. Hubo, tal vez, ingenuidad en el ámbito político concertacionista que miró con entusiasmo esta iniciativa y entre algunos periodistas y lectores al imaginar que ese sería un esfuerzo que cambiaría el estrecho y agobiante panorama oligopólico que nos cubre con sus pautas, sus velos y sus silencios.



Este escenario se ha agudizado con otros hechos que también debieron impactarnos: sin ir más lejos, el cierre de la revista Rocinante el año 2005, que generaba un espacio para la cultura y la discusión de ideas, y la adquisición reciente del diario El Sur de Concepción por parte de Agustín Edwards, de la que muy poco se ha hablado y tiene una importancia crucial en la región del Bío Bío.



En el caso de Siete, está claro que el financista Saieh no se jugó por entero por el buen resultado de este negocio editorial. Una sola muestra es la deficiente distribución que éste tenía -tanto a nivel metropolitano como regional- y los escasos avisos publicitarios que lucía. Si uno recuerda que cerraron la revista Siete más Siete para publicar esto otro medio, y observa el difícil recorrido que ha tenido, se da cuenta que muchas son las razones que podrían explicar la efímera vida del diario; pero no es descartable que este fin estuviera previsto así por su principal socio.



Lo que ha ocurrido en los últimos días es sensible por los periodistas que quisieron soñar con un diario de verdad y por quienes tenían allí su fuente de trabajo. Pero no se ve perspectiva en pretender continuar una alianza sin destino.
Entretanto, al observar los hechos que parecen llevar al final de esta historia, surgen preguntas que se van multiplicando.
¿Será éste un circulo vicioso inexorable que seguirá condenando el ejercicio del periodismo en Chile por muchos años más? ¿Será la concentración de la economía la que deriva a su vez en avisadores que sólo apoyan a unos y condenan al fracaso a los demás?



¿Hay algo extraño que ocurre con los periodistas chilenos que no hemos sido capaces de levantar iniciativas sustentables que conciten el apoyo de los lectores y de algunos empresarios democráticos o al menos más abiertos de criterio, como lo han logrado hacer en otras latitudes? ¿Por qué sucede eso cuando hay tanto profesional competente? ¿Por qué los periodistas fuimos tan decisivos en la lucha por dejar atrás la dictadura y hoy no existe la voluntad ni el entusiasmo para emprender aventuras colectivas que pudieran ampliar los espacios de libertad de información y expresión que tanto se necesitan? ¿Es sólo la responsabilidad de las dirigencias concertacionistas o sus operadores que no han encarado bien el asunto de los medios de comunicación y han contribuido con su acción al actual estado de cosas? ¿O es que a nadie le interesa sino a nosotros, los periodistas, tener prensa independiente y libre que se juegue por una sociedad más justa y democrática?



Las interrogantes podrían seguir; las respuestas debemos buscarlas para tratar de que nosotros y muchos más nos tomemos en serio lo que está ocurriendo con la situación de los medios de comunicación en Chile.



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María Olivia Mönckeberg. Periodista y escritora. Autora de los libros de investigación "El saqueo de los grupos económicos", "El imperio del Opus Dei en Chile" y "La privatización de las universidades".


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