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El fenómeno Ollanta: Crisis institucional y mesianismo político

por 23 mayo, 2006

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La segunda vuelta electoral a la Presidencia del Perú del próximo domingo 28 de mayo ha producido importantes sorpresas. Los todavía candidatos en carrera figuraban un año atrás en posiciones de rezago respecto a sus contendores. Las razones del éxito de Alan García y Ollanta Humala pueden parecer distintas: el político emergido del único partido con presencia nacional y alto sentido de la disciplina, el Partido Aprista Peruano, fundado por el mítico Víctor Raúl Haya de la Torre, se enfrenta al candidato anti-sistema portador de un mensaje de cambio en la esfera de poder.



Sin embargo, ambos convergen en el cultivo de una imagen que resalta sus características individuales y de personalidad, tendencia reforzada por los medios de comunicación. Ante la fragilidad del sistema partido, campo fragmentado en el actual Congreso unicameral, las virtudes carismáticas parecen ser la clave común de ambos. Después de todo no se puede olvidar que Ollanta Humala representa lo que Haya de la Torre era para la política peruana de los años treinta: el líder carismático de un movimiento nacionalista, antioligárquico y antiimperialista.



Se podría afirmar entonces que Perú sigue buscando a un Inca, parafraseando el texto de Alberto Flores Galindo, que se imponga sobre los grupos de poder para que a la cabeza de un movimiento social amplio incluya a toda la población de una comunidad de beneficios más allá de una ciudadanía como dato legal. Precisamente el candidato Ollanta Humala Tasso intenta apelar a dichas demandas de la cultura política peruana por medio de su discurso nacionalista, un reciclado suavizado de la versión más extrema denominada etnocacerismo, que combina la impugnación del sistema político y económico con una alta dosis de mesianismo político. Para llegar a ello fue necesario un contexto de descrédito institucional.



La crisis de los partidos



Hacia fines de los '80 los partidos políticos parecían desgastados en su imagen. La incapacidad institucional para enfrentar el conflicto armado y procesar las demandas sociales, sumado a una deficitaria situación económica, contribuyeron a socavar su legitimidad. Otros actores fácticos, particularmente las FFAA y el empresariado, abogaron por la liberalización de la economía y la restitución del orden por medio de un reforzamiento de la autoridad, siguiendo el recetario del régimen militar chileno.



Los niveles de confianza de la población peruana en los partidos políticos menguaron gradualmente, hasta llegar a rechazar parte del sistema, apostando por nuevas figuras no originadas en la rancia clase política peruana. Fue el momento estelar de los independientes o outsiders, si se prefiere, como el novelista Mario Vargas Llosa y particularmente del rector de la Universidad Agraria, Alberto Fujimori, que prometía encarnar el cambio de los noventa.



La llegada de Fujimori al poder significó la acción de un presidencialismo desatado de toda limitación constitucional La función de intermediación de los partidos políticos fue superada por la relación directa del Presidente con sus electores clientes, síntoma inequívoco de una debilidad progresiva de los partidos. A lo anterior se sumaron las prerrogativas reforzadas del Ejecutivo a partir de 1992, relegando al Congreso a un papel secundario. El régimen de Fujimori se fortaleció en sus rasgos autoritarios, resucitando la tradición personalista caudillesca que le llevó a imponer su sucesiva reelección en 1995 y 2000 por una razón categórica: la sobrevivencia del fujimorismo pasaba por su perpetuación en el poder.



Los cargos públicos fueron reservados al arbitrio presidencial y eran escogidos entre quienes le apoyaban incondicionalmente, utilizando los referentes partidistas exclusivamente en época electoral, y prescindiendo de su participación en la gestación de políticas públicas. En su lugar, Fujimori ofreció una relación directa sin intermediaciones con el electorado, alimentada a través de programas de asistencia social, y cultivando una alianza con las Fuerzas Armadas y las burguesías transnacionales.



Lo paradójico es que el fin del gobierno de Fujimori fue encabezado por otro político no tradicional: Alejandro Toledo, quien lideró los ciclos de protestas de los cuales el más recordado sería la marcha de los cuatro suyos. El economista accedió al poder en 2001 mediante la plataforma Perú Posible, aunque sin consolidar un referente con capacidad de proyección vigorosa hacia un futuro de mediano plazo, como lo revelan sus recientes resultados electorales.



Emergencia del etnocacerismo



Los hermanos Humala saltaron a la escena por medio del motín que protagonizaron en Locumba en octubre de 2000 cuando la Tercera Unidad Militar, con sede en Arequipa, dirigida por teniente coronel Ollanta Humala Tasso se declaró en rebeldía al gobierno de Fujimori y se interno durante días en la Sierra Sur. Con ello intentaba aludir tácitamente a la Campaña de la Sierra (llamada de la Breña en Perú) que llevó a cabo una guerra de tipo no convencional practicada por el Ejército Peruano y las montoneras peruanas entre 1881 y 1884.



Originalmente el etnonacionalismo se definió como proyecto por inversión de mundo constituido por una versión actualizada de la denominada utopía andina. Esta apunta a la emergencia de un movimiento popular, encabezado por un liderazgo carismático, para restablecer un orden primigenio, deshaciéndose de todo elemento ajeno a la tradición. La Utopía Andina refería a una ideología de resistencia pre-moderna, cuya máxima expresión fue el levantamiento de Tupac Amaru quien hacia 1780-1781 logró concitar el fervor de las comunidades indígenas para enfrentarse al orden español en el Perú, colocando en jaque a la administración peninsular de dicho país. De acuerdo a dicha teoría, los liderazgos indígenas más radicalizados han presagiado el retorno al Tahuantisuyo y la ascendencia de sus deidades vernaculares, Huacas y Apus, lo que permitiría -hacia el año 2032- que todo vuelva nuevamente al orden de los ayllus.



Al igual que las ideologías revolucionarias de inspiración marxista el etnocacerismo preconizaba la ejecución de cambios radicales en el orden social a partir de la acción de los sectores subordinados o populares, que depurarían al poder de las elites criollas blancas -motejadas de corruptas- y que habían detentado y usufructuado del poder de la nación, para posteriormente reemplazarlos por dirigentes mestizos e indios. Sin embargo, en dicho punto el nacionalismo de los Humala divergía de las ideologías modernas de redención social del proletariado, al proponer la refundación nacional del Perú por medio de una versión actualizada del imperio del Tahuantinsuyo y particularmente del proyecto bolivariano del Mariscal Andrés de Santa Cruz en orden a decretar un sincretismo andino-occidental, despercudido de alienación étnica, bajo hegemonía cobriza. Un experimento de retorno al pasado



De esta manera el etnocacerismo se constituyó como un proyecto identitario definido a partir de la resistencia del elemento quechua y mestizo sobre cualquier otro sector o influencia externa. Frente a la lógica prevaleciente y omnipresentes de los mercados globales, incapaces de proporcionar identidad, estos grupos disidentes se obligaron a si mismo a reconstruir un sistema de valores distinto al de la modernidad. El etnocacerismo propuso una contestación frente a las nuevas y viejas formas de dominación y hegemonía para acometer la re-edificación del Perú sobre los que entienden como sus fronteras históricas.



En consecuencia se reivindicó el tipo de nacionalismo desarrollista -o nacional populismo si se prefiere- que cultivó el general Juan Velasco Alvarado durante su gobierno, y el de otros líderes latinoamericanos pretéritos, entre los que sobresale Juan Domingo Perón en Argentina, aunque desde una perspectiva radical y distorsionada. De allí su estrecha relación con los institutos castrenses por medio de la propaganda desembozada entre conscriptos, personal de tropa, licenciados y reservistas de las FFAA peruanas, considerados los potenciales militantes naturales de un movimiento empapado en el culto a los héroes militares. Dichos paradigmas apuntaban al tipo de identidad nacionalista típica de veteranos camaradas con experiencia en las escaramuzas contra Ecuador 1981 y 1995 y la lucha interna contra el terrorismo (1980-1994). La quinta esencia del Movimiento Nacionalista Peruano se centró en el papel protagónico que desempeñaron las Fuerzas Armadas del Perú en el escenario político de los últimos treinta años. Primero a través del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas, particularmente la administración de Velasco Alvarado (1968-1975) y más recientemente el rol jugado por el Ejército al lado del ex Presidente Fujimori.



De esta manera, el discurso etnocacerista contenía elementos discursivos dispersos e inconexos como la referencia al Plan Inca de Velasco Alvarado, la exigencia de eliminación de la moneda y su reemplazo por el trueque, la reivindicación del quechua sobre el español, el uniforme escolar único de color gris o pardo -al que se le agregaría un poncho-, la liquidación definitiva de cualquier gran propiedad, y por cierto la promesa de nacionalizar la explotación de los recursos naturales.



Los desafíos de Ollanta



Aunque la metodología efectista siguió siendo cultivada por los núcleos duros de los partidarios de los hermanos Humala, como quedó de manifiesto en su participación en la toma de la ciudad de Ilave -que culminó con el asesinato del alcalde Cirilo Robles Callomamani por la turba en mayo de 2004- y la captura de una comisaría en Andahuaylas acaecida en enero de 2005 que dejó seis muertos, Ollanta Humala comenzó a percibir que sus aspiraciones políticos eran incompatibles con la insistencia con los registros más radicales de su familia y antiguos camaradas. El militar en retiro se fue distanciando progresivamente de sus postulados originales para re-fundar un nuevo movimiento nacionalista, que sostengo conservó ciertos rasgos de su tronco primigenio.



Ollanta Humala se desprendió de los elementos más extremos del pensamiento nacionalista: Para neutralizar las críticas que lo identificaban con el fascismo comenzó a diseñar una alianza amplia que incluyera a los sectores de la vieja Izquierda Unida como el Partido Comunista Patria Roja. En el ámbito internacional desdeñó sus antiguos vínculos con el movimiento indígena Pachakuti de Felipe Quispe, de postura étnico discriminadora, para aproximarse a la órbita de Morales y Chávez. Sin embargo, su jugada maestra fue acceder a la plataforma política fundada por el ex secretario general de Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuellar, Unión por el Perú, que lo registró como su candidato a la presidencia.



En medio de cambios y adaptaciones el candidato prosiguió impugnando el modelo de desarrollo neocapitalista que en su opinión reducía al Perú a exportar materias primas. En esta ocasión eso sí, la promesa de estatización, fue fundamentalmente dirigida a los sectores estratégicos de la economía, es decir transportes y recursos energéticos. A reglón seguido, la adhesión a una modernidad con sabor occidentalizante ha sido matizada con un llamado a la convergencia de los países con amplios contingentes indígenas y mestizos.



Desde luego Ollanta ha proseguido cultivando su devoción política hacia quienes han servido al Perú con uniforme de reserva. El nuevo proyecto de Ollanta Humala incluye en el discurso a buena parte del contingente de conscriptos, personal de tropa, licenciados y reservistas que prestaron su servicio en las FFAA peruanas, y que constituye la formidable base de 350 mil a los 400 mil personas.



Junto con lo anterior, Humala insiste en el desplazamiento de las tradicionales elites de poder y particularmente el fin de las influencias extranjeras, ya sean españolas, norteamericanos o chilenas. Su discurso conserva una clara definición antipartidos, en agudo antagonismo con los actores políticos tradicionales, aproximándolo a las bases sociales de los movimientos marginales al mainstream político. En ese sentido, el alto respaldo a la candidatura presidencial de Ollanta Humala en la región de la Sierra Sur -escenario de las manifestaciones de respaldo a Antauro durante la captura de la comisaría de Andahuaylas en enero de 2005-, permite intuir cierto respaldo indígena al proyecto etnocacerista en sus dos vertientes moderada y radical, entre parte de la población de origen aymará.



Si el derrotero seguido por el etnocacerismo fue recoger la tradición milenarista de resistencia insita en la utopía andina, añadiéndole elementos del populismo pretoriano, la versión coyuntural de Humala apunta a la producción de un proyecto lo suficientemente amplio y ambiguo como para albergar a todos los desheredados sociales, marginados de los beneficios del sistema. Sin embargo, el resultado ha sido sorprendentemente equivalente al de su grupo de origen en términos de la generación de un híbrido político o más bien un pastiche que a manera de recolección de fragmentos en forma desordenada alega por un mayor nacionalismo en la sociedad peruana, la defensa de tradición indígena (sin contar con todo el apoyo de la misma), y la impugnación del esquema económico neoliberal y de cualquier tipo de influencia extranjera.



En la actual coyuntura el ollantismo se beneficia del proceso de "despolitización" de una sociedad que premia a los outsiders no relacionados con las componendas políticas de los viejos partidos. Su cultivo de un perfil mesiánico lo aproxima al tipo de liderazgos de corte carismático de los últimos años en Perú, presentándolo con la capacidad de gobernar sin compromisos con los grupos vinculados al poder. Desde este punto de vista el liderazgo de Ollanta Humala representa la continuación de la tendencia finisecular en orden a privilegiar a un caudillo provisto de un discurso de cambio y de una promesa de relación directa con sus electores.



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Gilberto Aranda Bustamante. Académico Instituto de Estudios Internacionales. Universidad de Chile

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