La herencia de Sorbon y Jules Ferry - El Mostrador

Lunes, 20 de noviembre de 2017 Actualizado a las 10:03

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La herencia de Sorbon y Jules Ferry

por 12 junio, 2006

En 1257 Robert Sorbon fundó, atribuyéndole su propio nombre, la casa de estudio que fuera, hasta nuestros tiempos, la más prestigiosa de las universidades del mundo, la Sorbonne. Era capellán de la corte y confesor del rey San Luis de Francia. Quinientos años después, Jules Ferry, abogado y periodista, elegido alcalde de París en 1971, al término de la Comuna, y nombrado Ministro de Educación de 1879 a 1882, instauró un sistema de enseñanza pública, laica, obligatoria y gratuita que habría de constituir uno de los pilares de la República.



Jacques Chirac, Presidente de la República francesa e ilustre visita en nuestro país hace algunos días, es un ejemplar producto de ese sistema educativo donde la obligatoriedad y la gratuidad han sido por siglos su principal característica. Titulado de la Escuela Nacional de Administración, Chirac comenzó su carrera como funcionario del Ministerio de Economía, bajo la dirección del entonces ministro Valery Giscard d'Estaing, quien lo nombró su Primer Ministro cuando fuera elegido Presidente. Sus diferencias con la política económica e internacional del gobierno que dirigió lo llevaron a crear su propio partido político en el que reunificó a los herederos del General de Gaulle y a la derecha opositora al liberalismo económico. Muchos años después su partido lo llevo al Palacio del Elysée por dos períodos de siete años cada uno.



A pesar de haber emitido en uno de sus discursos en nuestro suelo, algunos consuelos para el entristecido y polémico Ministro de Educación chileno, Jacques Chirac sabe pertinentemente que dirige la tercera potencia atómica del planeta, la quinta economía, la por lo menos tercera potencia tecnológica del orbe y, sin lugar a dudas y de lejos, la primera potencia intelectual, científica y cultural de la civilización humana, cuyo principal baluarte es la estructura de Educación Nacional comenzada por el capellán Sorbon hace cerca de mil años y reproducida masiva y duraderamente por el abogado y periodista Jules Ferry.



Ya en la época del ministro Ferry los alumnos comenzaron a recibir educación obligatoria y gratuita en la que se sigue incluyendo las colaciones necesarias al buen desempeño de la mente, la gratuidad del transporte público para los estudiantes desde la primaria hasta la universidad y el seguro médico relativo a accidentes o otros riesgos escolares. Ininterrumpidamente la República ha otorgado a sus hijos el bien más precioso que toda sociedad debe y puede ofrecer. Sin intermedios, ni siquiera en los períodos más tenebrosos de la historia de Francia, como lo fuera, por ejemplo el gobierno de Vichy, se ha suspendido, ni por un minuto el derecho supremo al que todo ciudadano debe y puede acceder.



Gracias a nuestra balanza comercial, cuyo excedente ha batido todo los récordes, hemos modernizado nuestra flota, hemos incorporado flamantes F16 en nuestras cuadrillas y nuestras tropas de caballería lucen nuevos vehículos y atuendos destinados a nuestra defensa. Hemos licitado caminos, puentes y carreteras de manera que vivimos con el mejor sistema vial de la región. Hemos aportado un ingente esfuerzo al desarrollo tecnológico, que poco a poco va asomando en nuestras vidas con tímidos pero prometedores resultados. Sin embargo, nuestros jóvenes continúan dependiendo del ingreso de sus padres y familiares para prepararse a la vida y almacenar los conocimientos y hábitos que le han de permitir enfrentar de la mejor manera posible el desafío de ser adulto en nuestra copia feliz del Edén.



A Francia le compraremos próximamente que nos brindará una cuota importante de independencia. Es un importante avance para nuestro país y no cabe duda de que la orientación que nos llevara hacia esa compra no carece de fundamentos ni razones. Quiera el porvenir de las naciones que el servicio de post-venta o las garantías colaterales del satélite incluyan la herencia de Sorbon y Ferry y podamos pronto ver a los chilenos de mañana subiendo en un flamante bus del Transantiago en el que sólo tendrían que saludar cortésmente al conductor.

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André Grimblatt Hinzpeter. Analista Internacional

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