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El Mundial en mi aldea

por 2 julio, 2006

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Ucrania llora, derrotada por Italia. Como hace unas horas llora Argentina, derrotada por un pelo por Alemania. En unos días se define el campeón mundial.



Estoy sentada frente a una gigantesca pantalla en el café América Latina de Münster, mi aldea alemana. Se escucha a todo volumen We are the champions. Una euforia colectiva embriaga esta estrellada noche de verano, sin oscurecer del todo. De a poco fue desapareciendo Latinoamérica del Mundial: Costa Rica, Paraguay, Ecuador, México, Argentina ... Y luego Brasil que también se unió al regreso a casa. Los demás, todos europeos. Australia, Ghana, EEUU, Angola, Irán, Japón y el resto, también hicieron sus maletas.



Afuera, bocinas, banderas. En toda Alemania crece la euforia. Y el patriotismo, cosa totalmente inusitada en este territorio desde la Segunda Guerra.



Olvidé decirles que vivo 23 años acá, involuntariamente, por la consabida historia de tantos chilenos desperdigados. También olvidé decir que me carga el fútbol. Al menos hasta hace algunas semanas, cuando Alemania estaba fría y sobria, sin asomos de cambio.



Mis vecinos empezaron a apostar y mi familia también. Los adultos, cerveza. Los niños y jóvenes, chocolate. Odio la cerveza, la cambiaría por chocolate, pero dije bueno ya, y apuesto juego a juego con los demás.



Lentamente comenzó a llenarse el paisaje -no sólo en las 12 ciudades de los partidos- de brasileros, polacos, ecuatorianos, españoles, holandeses, etc, cada cual con camisetas, banderas, el rostro pintado, distintivos de su país y equipo.



La autocensura de cualquier forma de patriotismo que se impuso este pueblo a causa de Hitler -ya fuera con banderas, música folclórica, etc.-, sumado a la culpa que ya atraviesa cuatro generaciones, sufrieron paulatinamente una transformación profunda. Los jóvenes comenzaron a romper con alegre irreverencia aquel gran tabú, disfrazándose, poniéndose collares y pintándose con los tres colores, enarbolando banderas en autos y bicicletas... Y este pueblo grave, autoreprimido y con el lastre de la culpa, comenzó a reír, a contagiarse con la euforia de tantas naciones en las calles, los estadios, la pantalla chica. Y quizás a lavarse un tanto de la culpa generada por los bisabuelos.



En ese momento tocó el Mundial directamente a mi puerta. Allí estaban los cuatro, agotados, hambrientos, las mochilas repletas de ropa sucia. Los cuatro mosqueteros de Durango. Me los había mandado la poesía desde México.



El 2005 conocí a una poeta mexicana en Bruselas, presentando juntas una antología de poesía donde participamos. Madre de un mosquetero. Los cuatro jóvenes, amigos desde su infancia, habían recorrido con Eurailpass en tren 7 países en dos semanas, regresando a Alemania cada vez que México jugaba. Viajaban y dormían de noche y casi no comían, para pagar horrores en el mercado negro por UNA sola entrada para alentar a México. Un tío los acompañaba hasta que se enteró que un hijo había muerto en la guerra del Irak...



Mientras lavábamos montañas de ropa, los chicos nos contaron de México, la dolorosa y violenta frontera con los EEUU, sus proyectos, la añoranza de tortillas de maíz y frijoles, mientras en Münster conocían los espárragos y nos regalaban tequila. Se compraron una réplica de la pelota del Mundial y jugaron, jugaron hasta en los paraderos. Partieron limpios y descansados a Leipzig, donde México perdió dignamente contra Argentina. Y partieron los últimos días de su pasaje a todos los lugares que alcancen del Viejo Continente. Mientras recuerdan la Feria de juegos de Münster con nuestra hija y sus amigos, donde comieron típico alemán: una salchicha de medio metro, fritos de papa con manzana. Regresarán a México agotados, sucios, hambrientos, los ojos brillantes de mundo.



Cuando todos hayan partido de este hasta ahora extraordinariamente pacífico Mundial (Ä„un auto pasa tocando la bocina, con bandera verdi-blanquiroja, gritando Ä„I-TA-LIA! y ahora se canta el Ä„aaapio veeerdeeee tuuuu yuuuu!, es la medianoche)... Cuando todos hayan partido, repito -sea quien sea que gane- ojalá aprovechemos esta chance y sigamos conjugando este alegre NOSOTROS después del Mundial, con tolerancia, sin prejuicios ni racismos, tanto en mi pequeña aldea multicultural como en la aldea global, la tuya, la mía.



Y conste que el fútbol me importa un pito.



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Isabel Lipthay, escritora y cantante. Vive en Alemania.
www.contraviento.de




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