Mejor educación en Chile: ¿Para qué? - El Mostrador

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Mejor educación en Chile: ¿Para qué?

por 14 julio, 2006

Mientras discutimos sobre educación, el número de profesionales cesantes crece. Día a día. Al mismo ritmo de universidades e institutos privados.



Aunque es mejor ser más educados, ser cesantes ilustrados en vez de cesantes analfabetos y que nuestros jóvenes tengan títulos, es claro que el mercado por sí solo no ha podido encontrar el punto de equilibrio entre la oferta de fuerza de trabajo calificada y la demanda por ésta.



La clase política insiste en que el Estado no debe interferir y que a la larga la oferta y la demanda se tienden a igualar, pero mientras ello no ocurra sería conveniente que los jóvenes pudieran acceder a mejor información para elegir sus carreras u oficios. El esfuerzo individual y colectivo es grande para que al final de todo, nuestra juventud termine cesante, frustrada, se suicide o emigre.



Por tanto, para discutir sobre una mejor educación, pareciera conveniente considerar como variable la clase de país que estamos construyendo y cuál aspiramos construir, ya que algunas referencias indicarían que la educación actualmente existente en Chile es coherente con la estrategia de desarrollo que han definido nuestras autoridades.



Hasta ahora las organizaciones empresariales, y los institutos de investigación ligados a la UDI como el Instituto Libertad y Desarrollo, han incluido permanentemente en sus propuestas para un mayor crecimiento económico la demanda por mayor flexibilidad laboral para estimular la competitividad y por tanto el crecimiento. Exigen al Estado eliminar las pocas exigencias legales que mantiene, como el salario mínimo de $127.000 y el pago de indemnización por despido, para dejar los costos laborales definitivamente liberados a las fuerzas del mercado para abaratarlos y de esta manera incentivar mayores inversiones.



Así, la empresa privada nacional podría competir con los talleres laborales chinos. Quizás no para que los consumidores chilenos prefieran los productos chilenos sobre los chinos, sino más bien para que muchas empresas chilenas no sigan viéndose obligadas a elaborar sus productos manufacturados en China. Actualmente, la figura dominante en la manufactura chilena consiste en comprar la franquicia a los dueños de la marca trasnacional y mandar a fabricar el producto a China.



Salarios "más competitivos" solucionarían nuestros problemas de empleo, estimularían nuestro crecimiento y nos acercaríamos más al exitoso modelo chino. Un obrero industrial en China gana entre US$60 y US$90 por mes, es decir entre $30.000 y $50.000. En total, el mercado laboral chino cuenta con cerca de 790 millones de trabajadores, casi 500 millones en la agricultura y más de 250 millones trabajan en las Zonas de Procesamiento de las Exportaciones. Estos trabajadores carecen de educación, sindicalización y derechos laborales. Trabajan con tecnologías simples, en su mayoría son mujeres y tienen una vida laboral útil bastante corta.



Este tipo de trabajador no se encuentra en Chile en la manufactura. Lo que no se envía a fabricar a China, se fabrica en el país con trabajadores a domicilio que reciben pago a destajo y liberan al empresario del pago de salud, leyes sociales, jubilaciones, accidentes laborales, energía, desperdicios y errores.



El trabajador homologable al trabajador chino de las ZPE es abundante en Chile en la extracción de recursos naturales y en la agroindustria, especialmente en toda la cadena productiva de frutas, salmones y mariscos, a través de la subcontratación temporal por obra o faena.



En ambos países hay desempleo y las industrias de punta, con altas tecnologías, crean pocos empleos de alta calificación. Ambos países, totalmente "globalizados", se han incorporado de lleno a la actual división del trabajo existente en el mundo y, por tanto, han adecuado a ello sus mercados laborales.



Como lo definen el ex Ministro del Trabajo de Bill Clinton, Robert Reich (1), y el sociólogo español, Manuel Castells (2), los mercados laborales en la economía global se estructuran en base a trabajadores "autoprogramables" (también llamados "analistas simbólicos") y "genéricos".
Los autoprogramables son profesionales altamente calificados que utilizan el conocimiento como materia prima y reciben una muy buena recompensa económica por ello. Son bilingües y la mayoría cuenta con estudios de postgrado.



Los genéricos, con bajo valor agregado, se agrupan en dos categorías:



1. "Trabajadores de servicios rutinarios de producción", como los obreros de fábricas y los telefonistas, cuya labor puede realizarse desde cualquier parte de la Tierra (prueba de ello son las Zonas de Procesamiento de las Exportaciones, ZPE, hoy completamente radicadas fuera de Estados Unidos)
2. "Trabajadores de servicios en persona", como los cajeros, administrativos, taxistas, camareros, quienes, según el sociólogo Anthony Giddens, protagonizan la "macdonalización" del mundo."



Los trabajadores genéricos en China no requieren educación. Para las Zonas de Procesamiento de las Exportaciones y la agricultura de subsistencia no se exige buena educación. El "milagro chino" no se ha producido por un buen nivel educacional generalizado.



En noviembre del año 2002, una experta en educación de las Naciones Unidas, Katarina Tomasevski, viajó a China y, pese a los pocos lugares que se le permitió visitar, recolectó información que le hizo afirmar que grandes sectores de la población china no cuentan con educación o ésta es muy elemental. Para esa fecha China gastaba en educación sólo el 2% del PIB contra el 6% recomendado por las Naciones Unidas, contaba con 85 millones de analfabetos, la mayoría niñas y el Estado pagaba sólo el 53% de los costos de educación por alumno. Se exigía pagos a trabajadores que no tenían ninguna condición de cumplirlos como los trabajadores rurales migrantes y graficó su opinión recordando el caso de la muerte de 42 niños que se quemaron vivos por confeccionar fuegos artificiales para reunir fondos para la mantención de su escuela.



Chile es uno de los países más globalizados de América Latina y destina casi el 4% del PIB a la educación pública. La educación pública actualmente existente en Chile es mala y también un porcentaje de la privada, pero también ambas son funcionales a la actual estrategia de desarrollo del país.



La educación de las elites produce los trabajadores autoprogramables que completan su educación en Harvard, Chicago y otras universidades del Primer Mundo. Ellos son los llamados a asumir los puestos de trabajo de la dirección empresarial y política, o los altamente calificados de las financieras o las empresas extractoras de recursos naturales.



El resto del sistema educacional produce los trabajadores genéricos que no requieren una educación de calidad. Los trabajadores subcontratados por obra o faena, las temporeras de la agricultura, las trabajadoras que desconchan los mariscos para las conservas, las obreras de la salmonicultura, las trabajadoras a domicilio que reciben pago por pieza. Los que trabajan en condiciones laborales donde se les controla hasta el tiempo para orinar.



Estos trabajadores, que al igual que en China carecen de derechos laborales, mientras menos educación tengan, menos exigencias harán y podrán conformarse con salarios "competitivos", que, en la manufactura también podrían competir con los pagados en China.



Por lo tanto, no podemos hablar de la educación de nuestros jóvenes en abstracto. El diseño de un sistema educacional debe contemplar las necesidades del país y no la de los dueños de los negocios de educación. Y las necesidades del país estarán determinadas por su estrategia de desarrollo.



Una estrategia de desarrollo concentradora, basada, por una parte, en una industria extractiva utilizadora de tecnologías computarizadas de máximo nivel con pocos puestos de trabajo altamente calificados y, por otra, en una agroindustria que demanda gran cantidad de puestos temporales, ofrece bajos salarios y precarias condiciones de trabajo, no requiere más educación que la existente.



El Gobierno ciudadano que nos ha ofrecido la doctora Bachelet y que muchos "no entienden" consiste en que nos pongamos de acuerdo todos los ciudadanos sobre qué país queremos construir, para sobre ello diseñar la educación que necesitamos.





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Patricia Santa Lucía. Periodista.

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