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Aplastando un país: la destrucción del Líbano

por 18 julio, 2006

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A unos pocos kilómetros al norte de Beirut, la capital del Líbano, en las faldas de un cerro cercano al lecho del río Nahr el Kalb ("El Río del Perro"), se ubica una inusual colección de graffitis. Tallados en la piedra, se encuentran testimonios de varios de los conquistadores que han pasado por el país desde los tiempos antiguos. Faraones egipcios, reyes asirios, los romanos, griegos y más tarde los ejércitos británicos y franceses a partir de la primera guerra mundial, dejaron sus huellas allí. A los turistas de visita, los guías les decían: "Todos han venido, y todos se han ido. Nosotros todavía estamos acá".



Muchos de los que pasaron dejaron más que tallados en la piedra. Los griegos y romanos dejaron templos y otros edificios, cuyas majestuosas ruinas todavía se pueden apreciar. La Escuela de Derecho que los romanos establecieron en la antigua Beryte era famosa en todo el imperio. Más adelante, inmigrantes italianos desde la Toscana, fueron seguidas por administradores franceses que establecieron las estructuras de un Estado moderno y una cultura cosmopolita. La diáspora libanesa tiene una presencia dinámica en todos los continentes, incluyendo América Latina, donde una media docena de países han tenido presidentes de origen libanés.



Beirut fue también la cuna de mi infancia y adolescencia. Nací y viví en ella hasta los 19 años. Tuve una educación cuya calidad nunca volví a ver en los tres países donde he vivido posteriormente (y desde luego no en el Chile donde estudiaron mis hijos). Hablábamos en forma natural tres idiomas durante el recreo. Las radios tocaban canciones de moda de Francia, Italia, Inglaterra y EE.UU. Había dos semanarios en francés dedicados al cine (en Chile no hay ni uno, medio siglo más tarde). En mi caso, podría haberme sentido extranjero. Soy armenio, ninguno de mis padres había nacido en el Líbano, y ni siquiera tenía la nacionalidad libanesa. Aún así, siempre me sentí en mi casa, y si mi familia se desplazó después a Europa, fue por razones ajenas al país.



En este país maravilloso, que fue la cuna del alfabeto moderno y del comercio internacional, llegaban turistas y capitales internacionales. Era y sigue siendo una estructura frágil. Su población, siendo una mezcla de culturas y religiones, vivía en una delicada armonía. Las grandes fiestas, sean cristianas o musulmanes, eran feriados para todos. Las fiestas menos importantes o de minorías, eran feriados para sus seguidores. A pesar de tener la prensa más libre del mundo árabe, había restricciones en cuanto a críticas religiosas o étnicas, así como en contra de políticos de países vecinos. Se daba posada a refugiados del mundo árabe, siempre y cuando sus actuaciones en el exilio no fueran demasiado públicas.



La guerra arabo-israelí de 1967 empezó a afectar el equilibrio del país. A los refugiados palestinos ya establecidos en el país tras la creación del estado de Israel en 1948, se sumaron nuevas olas, incluyendo grupos más militantes. Fue cada día más difícil mantener el balance, y finalmente las tensiones desembocaron en los años 70 en uno de los conflictos internos más largos y cruentos de la historia moderna. Finalmente, por cansancio y negociación, se llegó a una paz frágil, y en los años que siguieron, el país empezó a recuperarse. Se reconstruyeron la infraestructura y las viviendas, se reanudó el turismo y la inversión. Muchos libaneses que se habían exiliado por causa del conflicto regresaron a casa. Por presiones diplomáticas y populares, se consiguió la evacuación del sur por parte del ejército israelí y la salida de las tropas sirias del resto del país.



Lo que uno no logra entender, dentro del panorama antes descrito, es lo que piensa conseguir Israel destruyendo el país. La palabra no es demasiado fuerte. Israel no esta atacando solamente las bases de Hezbollah en el sur. Está destruyendo el país. Lo único que faltaría es lo que los romanos hicieron después de finalmente vencer a Cartago, estado fenicio establecido en África del norte. No solamente destruyeron los edificios sino que echaron sal en la tierra para que nada pudiera crecer de nuevo en ella.



El único aeropuerto internacional, todos los puertos y la mayoría de la los puentes del sur al norte han sido atacados, destruidos o por lo menosseriamente dañados. Si no fuera suficiente, las centrales eléctricas también, lo que a su vez afecta el suministro de agua. El Estado libanés, ya con una cuenta fiscal con abultado déficit, nunca podrá costear otra
reconstrucción. Castigar de esa forma a más de 3 millones de civiles, que con mucho esfuerzo y sacrificio lograron levantar otra vez el país, no es solamente de una crueldad malvada. Es además estúpido. Seguro que los militantes de Hezbollah no pasan por el aeropuerto internacional, camino a lanzar ataques contra Israel. Pensar que el gobierno libanés, con sus modestas fuerzas armadas, que a su vez reflejan la diversidad de la población, dentro del delicado equilibrio político del país, iba a fomentar una guerra civil para complacer a Israel, es ridículo.



¿Cómo una nación que tiene no solamente los servicios secretos supuestamente más eficientes del mundo, y creado por un pueblo famoso por sus pensadores e intelectuales, puede imaginarse que dejando en pleno verano a la población ya sufrida del Líbano sin servicios básicos o infraestructura va a eliminar las acciones contra su territorio? Uno puede entender que la administración Bush, en un país donde escasean tanto los intelectuales como los especialistas del Medio Oriente, haya podido pensar que invadiendo a Irak se iba terminar la violencia en ese país. La destrucción sistemática del Líbano solamente fomentará, aparte del sufrimiento de su inocente población, más odio y más violencia en contra de Israel. La explicación de la política israelí en el Líbano podría ser la de un proyecto de expansión territorial En Israel, hay muchos partidarios de anexar el sur del Líbano, y no sería coincidencia que se llamara a la población civil a evacuar la zona. Una cosa es la legítima defensa en contra de ataques, lo otro es aplastar a todo el barrio porqué alguno de sus habitantes está molestando.



La calculada hipocresía de la comunidad internacional en relación con las políticas de Israel se refleja en relación con el caso del programa nuclear de Irán. Israel tiene decenas de bombas nucleares no declaradas, pero nadie lo critica. y si el argumento es que Irán es un país agresivo y no Israel, entonces basta preguntarse quién está atacando a gente inocente en el Líbano hoy día, y destruyendo paralelamente la tenue estructura del Estado palestino? También se ha hecho un gran escándalo en relación con las pocas acertadas declaraciones del presidente iraní acerca del Holocausto, pero a nosotros, los armenios, nos hubiera gustado que el mismo criterio se aplicara a las declaraciones turcas (apoyadas lamentablemente por muchos medios internacionales) acerca del Genocidio armenio.



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Armen Kouyumdjian. Analista internacional y de defensa.


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