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Y volver, volver, volverÂ…

por 23 julio, 2006

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Después de un largo viaje, llegué particularmente cansada a la cama, a la cama de mis 15 años. Aterricé al fin después de demasiadas horas de vuelo en la casa familiar, en Mundaka, por primera vez en la vida sin que ninguno de los dos, padre y madre estuvieran. Y me llené de lágrimas atropelladas, y me asomé una vez más a la ventana de las deshoras y los secretos, tratando de adivinar entre nubarrones casi negros dónde terminaba el cielo y empezaba el mar, agotada anímicamente porque una no se prepara aunque crea que si, para emociones fuertes, algunas incluso devastadoras.



Quisiéramos que el tiempo transcurrido, el cúmulo de vivencias, las canas más o menos incipientes, sujeten sabiamente, las riendas de emociones y sentimientos.



Creemos haber forjado el alma a fuego lento de manera que ni la más certera estocada pueda llegar a causarnos siquiera un estremecimiento.



Pensamos estar curtidos por haber recorrido muchos y diferentes caminos del ancho mundo, por estar de vuelta de algunos espantos, por haber comprobado que efectivamente la palabra patria o volver, puede resultar un ejercicio intelectual, sin evocaciones profundas, sin eco, sin sentido. Y no.



El verbo volver, por ejemplo, es como el vino en ciertas ocasiones; traicionero. Embriagante. Lo digo porque la borrachera más feroz de mi vida, y que parecía no tener fin, fue a propósito de media copa de vino, exquisito por cierto, en Montreal, una tarde de otoño en compañía de mi padre y de una amiga, periodista chilena por cierto.



Media copa, sólo eso. Placeres del Rey Don Sancho se llamaba aquél néctar fulminante. Tendría que añadir que en ese entonces mi capacidad de aguante era respetable; palabra de vasca. Lo peor fue el no perder conciencia del inconsciente imparable, desvergonzado.



Muy extraño el efecto. Así, de sopetón, emboscado. Tremendo. Peor aún delante del padre. Todavía me sonroja recordarlo.
Pues eso; volver a Euskadi una vez más, resulta un viaje especialmente agridulce. Es un círculo que nunca quiere cerrarse para esta caminante, aunque nada pase que no haya pasado ya. Aparentemente.



Volver anoche, al lecho de mis quince años, y sólo dormir, profundamente dormir; qué gozada, me dije. Pero he dormido un sueño muy ligero, insustancial, poco reparador.



Por la ventana de par en par abierta, el murmullo de la mar casi al alcance de la mano inunda el espacio de nombres y recuerdos. He vuelto a mi casa de Mundaka, con la coraza puesta, como siempre cuando se han acumulado demasiados adioses a destiempo. Puro mecanismo de autodefensa. Por aquello del sentimiento. Y esa agobiante sensación o quizá necesidad de confundir lo pasado y lo soñado cuando se vuelve. Esas ganas de parar la impresora del tiempo. Un poco.



Las horas que no se pueden reeditar. Las que nos faltaron en el pasado remoto y las otras, las que sobraron siempre.



La ausencia notable de los que se han ido.



El silencio cómplice de las piedras de la casa, austero. Inquebrantable. Piedras que sin sus dueños quisieran partirse por la mitad, pulverizarse, volver al corazón de la tierra y no seguir cobijando sueños o tal vez lo absurdo de la existencia.



Ahora que estoy aquí otra vez, parece un sueño el largo, largo caminar.



Sé que esta niebla y estas olas han sido mi sustento. O más bien mi sustancia.



Estoy escribiendo casi chapoteando en el agua, mirando al mar, nada pacífico, turbulento y cambiante. Todo está fuera de foco en mis recuerdos. La mesa, los sofás, la chimenea, los libros en las estanterías. El piano. Mi piano. El taburete. Faltan los dedos, la música. La última vez que vibró fue velando las cenizas de mi padre, algunos compases de Para Elisa, para él.



Eso era entonces. Ahora el teclado está en silencio. En lugar de mis partituras hay unos adornos insustanciales, unas minúsculas tacitas de colores, porcelana de Limoges, dicen, pero están encima del piano y eso me perturba.



El tresillo que antes miraba la isla de Izaro y al inmenso peñasco de Ogoño que emerge de las profundidades, ahora está frente al aparato de TV cuya antena parabólica cuelga y asoma por la chimenea de piedra. Las demás butacas y butacones del salón se miran entre ellos, hacia dentro, un poco a la deriva.



Los cortinones han perdido la cuenta de vientos y tempestades. También los visillos. Siempre creí que las cortinas en este barco-caserío, sobraban. Sobran ahora más que nunca.



La casa entera, tan preciosa, conserva de su antigua magnífica belleza las anchas maderas de Guinea que adornan suelos y terrazas. Los muebles, cuadros, colchones de lana, alfombras, están empapados del salitre de las olas, enmohecidos, como enfermos de una enfermedad incurable. Y los cientos de cristales de la lámpara del comedor ya no reflejan la luz. Hasta pareciera que las piedras del viejo caserón se estremecen de soledad como si un temblor las sacudiera. Y allí donde la mirada se posa, parpadea para enfocar.

Esta tarde también he vuelto a Gernika, así se escribe en euskera, a solo 12 Km. de mi casa de Mundaka y me he sentado en un banco de la Plaza del Mercado, como muchas veces antes, y mientras esperaba precisamente a un chillanejo adorable, se escuchaba un vals salido de un viejo acordeón, un vals marsellés, creo que se llama Dominó. En medio de esa calma surrealista cuando se está donde se está, sin querer, lo juro, con muchas más ganas de bailar que de recordar, han reaparecido brutalmente en vuelo rasante, los bombarderos alemanes, las olas gigantescas de fuego, arrasando la patria mía. Y desde el vals vuelvo hasta la memoria de mi padre, testigo presencial del bombardeo, superviviente de innumerables muertes, entre otras la de un lunes 26 de Abril de 1936, en Gernika.





El silencio de la Plaza del Mercado al final del día, se mezcla con el relente del anochecer y mi certeza latente de pertenecer a las raíces insurrectas de un roble incombustible.



Vargas Llosa se preguntó en una crónica publicada en Chile a principios de año: ¿Se puede ser vasco en el siglo XXI?



Pues eso, que venga a Euskadi. Que venga a Gernika.



Canta Bob DylanÂ… la respuesta, amigo, está en el vientoÂ…



Me alegro de haber vuelto a la cuna una vez más. Ayuda a no perder la conciencia subyacente. Y como el vinillo, sorprende a veces.



Emborracha.



De camino a Mundaka, a casa, hay sirimiri y todo está envuelto en niebla.



Gabon! Es decir: Buenas noches, en vasco.



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*Begoña Zabala es actriz y reside en Montreal, Québec.








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