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Salmón tipo piraña

por 3 agosto, 2006

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Cuando hace algunas décadas la acuicultura comenzó a desarrollarse de forma intensiva, fue denominada como la "revolución azul" y catalogada como la gran solución para disminuir la presión sobre los recursos pesqueros, intensamente explotados. Sin embargo, conforme fue creciendo la producción de recursos hidrobiológicos, comenzó a observarse con preocupación que para producir un kilo de salmón cultivado, se requerían de varios kilos más de peces silvestres, colocando a la salmonicultura en una contradicción vital, por cuanto se estaría aumentando y no disminuyendo la presión sobre la biomasa pesquera.



Esta preocupación es tremendamente relevante para el caso de Chile, ya que el salmón es una especie carnívora que no es nativa de las costas chilenas, no obstante, las extraordinarias condiciones climáticas y ambientales de la zona austral chilena han permitido su exitosa inserción, permitiéndole a nuestro país transformarse rápidamente, en el principal productor de salmónidos a nivel mundial, aunque con elevados costos ambientales y sociales que no son internalizados por la industria, ni las autoridades a cargo.



Las investigaciones efectuadas en el tema de tasa de conversión señalan que se requerirían entre tres y cinco kilos de peces pelágicos para producir un kilo de salmón, pero estas cifras son en extremo conservadoras, al menos en el caso de Chile.



La industria salmonera chilena ha crecido a razón de un 20% promedio anual durante los últimos 15 años y en consecuencia la demanda por alimento para salmones se ha incrementado considerablemente. En el 2004 se produjeron 600 mil toneladas brutas de salmón, las cuales requirieron de 850 mil toneladas de alimento, es decir, se necesitaron 1,42 kilos de alimento para producir un kilo de salmón.



Por otra parte, dentro de la composición del alimento (a 2004) un 40% corresponde a harina de pescado, 30% de aceite de pescado y 30% de otros compuestos. Ahora bien, los niveles de rendimiento en la industria reductora chilena son aproximadamente de 27 kilos de harina y 5 kilos de aceite por cada 100 kilos de peces pelágicos. En consecuencia, para elaborar la cantidad de alimento mencionado, se requirieron de 5,1 millones de toneladas de peces pelágicos, y con ellos se lograron 600 toneladas de salmones. Podemos decir entonces, que para producir un solo kilo de salmón se necesitan a lo menos de 8,5 kilos de otros peces.



Pero, esta última cifra es aún mayor para el último año, pues los niveles de participación de harina y aceite de pescado en el alimento de salmones han variado y cada uno de ellos, representa hoy un 35% del total, lo cual significa que la tasa de conversión actual es de 9,9 kilos de peces pelágicos por salmón cultivado.



Las conclusiones de este resultado son dramáticas, pues resulta bastante irónico que se requieran de casi diez kilos de peces silvestres para producir un kilo de otro pez que presenta similares valores proteicos. Más aún, el nivel depredatorio de un salmón cultivado iguala al de un espécimen salvaje y en consecuencia no existe ventaja ecológica alguna.



Sin duda, los actuales niveles bajo los cuales se desarrolla la salmonicultura chilena atentan contra la seguridad alimentaria mundial. Cabe recordar que el 80% de la producción chilena se exporta a países sobrealimentados como Japón y Estados Unidos.



Las proyecciones del sector apuntan a más que duplicar la producción con miras al 2013, y de continuar los actuales niveles de ineficiencia de la salmonicultura nacional, se estaría generando una enorme presión sobre la biomasa pesquera del Pacifico Sur, pues prácticamente toda la industria reductora de la región sería destinada a abastecer la salmonicultura chilena.



En este negativo escenario, urge la aplicación de políticas de Estado que aseguren que el desarrollo de la salmonicultura no signifique una presión insostenible sobre la pesca extractiva; de otra manera, existen altas posibilidades de que frente a esta demanda colapsen las pesquerías de reducción del Pacífico Sur.





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Francisco Pinto, Economista de Fundación Terram










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