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La apuesta de Chile*

por 30 agosto, 2006

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Cuando decidí ser candidato a diputado, en Agosto del 2004, pensé inicialmente en dos cosas: que como yo no era conocido masivamente, no era famoso ni de la farándula y, más bien, había cultivado un bajo perfil, tenía que desplegar un duro trabajo en terreno y con mucha anticipación; y, luego, que debía precisar mi pensamiento sobre Chile, vale decir, señalar por qué quería ser diputado. Yo sentía que asumir ese desafío y esa responsabilidad sin tener una visión sobre el país y lo que quería hacer, me acercaba al riesgo cínico que yo tanto desprecio, esto es, mirar el poder por el poder, sin colocar un propósito y una ética por delante.



Este libro es en parte una reflexión acumulada de varios años dedicados al análisis político, en una empresa que fundé el año 1996 y que abandoné recién ahora, al cumplir sus 10 años, para asumir como diputado. Pero también este libro fue escrito y terminado en medio de la campaña. Por lo tanto, tiene las sensaciones y las miradas que surgían del contacto con las personas.



El libro tiene una idea central, desde la cual se desprende todo lo demás: Chile hizo una apuesta por insertarse en el mundo que no tiene vuelta atrás y que, en ese camino, tenemos que cultivar una apreciación realista y concreta de nuestra posición de poder, de los cambios que nos van a impactar o a condicionar, de cuáles son nuestros espacios de acción y de oportunidades y, también, de cómo vamos a construir una legitimidad que nos sitúe como un país confiable, respetado y atractivo.



Es una lectura sobre cómo Chile construye un poder consistente y confiable, vale decir, cómo tenemos fortaleza en un mundo que va a tener crisis y convulsiones; cómo cuidamos nuestra solvencia económica frente a los crujidos de la arquitectura financiera mundial y a las enormes exigencias de competitividad y de innovación; y cómo Chile es respetado por sus valores democráticos y sus valores de sociedad, esto es, por nuestra justicia social, nuestra paz social, nuestra transparencia y nuestras libertades.



A partir de ahí, quisiera agregar aquí una reflexión de actualidad.



Chile hoy día enfrenta las complejidades de la bonanza. Por decirlo de alguna manera, a Michelle Bachelet le tocó bailar con un bello, no con un feo, pero que a veces es más veleidoso, más exigente y al que no le gustan las explicaciones.



Manejar la abundancia es quizás más difícil que manejar las crisis, como le tocó en lo económico a Lagos y a Frei en sus últimos años o en lo político a Aylwin, al comienzo de la transición. Llamar a la mera ética de la responsabilidad carece del mismo peso, no hace sentido. El argumento de la escasez se deslegitima y se acumulan las exigencias de respuestas inmediatas a diversos problemas: educación, vivienda, salud, remuneraciones, modernización del estado, desarrollo tecnológico, entre otros. En esta escalada de demandas participan no sólo los más desamparados, sino también sectores medios y empresariales.



A ratos aparece la discusión sobre cuál es el gran relato para estos años, cuál es nuestra épica. Vale la pena explorarlo, porque una épica es decisiva para el éxito. La épica transmite convicción, la convicción genera esperanza, mueve a la acción y, en definitiva, produce la adhesión que ayuda a derrotar barreras.



En el libro yo exploro dos fenómenos que matan la épica: el cinismo y el escepticismo. El cinismo es un cierto minimalismo militante, es decir, asume con cierto desenfado los límites que colocan los distintos poderes, se acomoda a ellos y luego pierde la capacidad de inventar y de soñar. En los '90 hubo mucho de este "cinismo de salón" que nos ha alejado de la gente. El escepticismo, en cambio, es fatalista, porque dice: "al final, no vamos a poder hacer nada", "todo esto es muy poco", "nos falta tanto para ser desarrollados". Ese escepticismo produce desesperanza y resta energías a la movilización social que, a mi modo de ver, es clave para nuestro desarrollo. No me refiero sólo a las movilizaciones callejeras, que de vez en cuando nos hacen muy bien, sino a la movilización de energías sociales para empujar al país hacia el futuro.



Yo creo que necesitamos un espíritu que se acerque a lo que llamo una épica del realismo, es decir, la épica que mira de frente las dificultades, las reconoce, las hace explícitas, las explica y -dentro de ellas- fija un camino de esperanza, de orientación, de acciones y de decisiones.



El tiempo del discurso del optimismo, del tipo "piensa positivo" o "vamos por el camino correcto", creo que ya terminó, no tiene credibilidad; ni siquiera genera expectativas. Ese optimismo vacuo está desgastado. La gente intuye que vive un tiempo incierto, con oportunidades y con riesgos. Sus esperanzas no son utópicas, no se fundan en un futuro indeterminado.



A mi juicio, el discurso del optimismo tiene además otro problema: no desata las fuerzas creativas y las fortalezas necesarias para enfrentar el mundo actual. El optimismo tiene algo que lo acerca a la espera pasiva de un futuro mejor que debe sobrevenir. Encierra una suerte de determinismo, en este caso positivo, que quiere adelantar buenas noticias futuras. Una épica del realismo, en cambio, es un espacio donde se prueba y se forja el liderazgo, que hace conciencia de lo árido del camino y de la dificultad. En ese marco, el eje discursivo es la lucha, no un paraíso lejano, abstracto y poco creíble. Por ello, las promesas que se sabe superan lo realmente previsible y que buscan generar un clima artificial de optimismo, son cada vez más riesgosas, porque afectan la credibilidad y la autoridad de la política.



La historia de los partidos de la Concertación se acerca más a este espíritu.



Esta manera de ver no es, en términos estrictos, una novedad: está vinculada a las tradiciones políticas y culturales de los partidos de la Concertación y también de la izquierda que está fuera de la Concertación. Es parte de nuestra cultura política transversal, que nace de una preocupación central por la cuestión social: el paradigma liberal parte del supuesto de que existe un mecanismo natural del sistema que resuelve los equilibrios sociales y políticos. Este supuesto no era aceptado por la tradición de izquierda, ni por la socialdemócrata o la socialcristiana. Por el contrario, había que ser capaces de prepararse para los efectos nocivos que surgen en el mundo y hacerles frente con voluntad política.



Más allá de nuestras grandes utopías, las cotidianidad política de nuestros partidos se forjó en las luchas sociales y sindicales de los siglos anteriores: del espíritu republicano radical, de las organizaciones sindicales que gestó la izquierda, de las redes comunitarias que impulsó la DC, entre muchas otras expresiones, que han forjado en décadas y décadas una densa red social de nuestros liderazgos de base. El espíritu que ahí vive es esa lucha, esa voluntad, por vivir con dignidad.



Mi apreciación es que los chilenos, en general, sabemos o intuimos que no tenemos el futuro asegurado, que tenemos incertidumbres, que tenemos riesgos a perder el empleo, que cuesta una buena educación para los hijos, que estamos expuestos a una enfermedad grave o a una vejez con dificultades económicas. Ese sentimiento no es nihilista, sino que piensa -básicamente- que las cosas no son ni serán fáciles. Su confianza se basa en una mirada más aterrizada.



Lo que más se respeta, creo yo, es la honestidad, la cercanía de la transparencia; la capacidad de advertir, de dar orientación sobre el futuro; y de mostrar un compromiso duro y consistente en esa lucha por la dignidad.



Ese sentido de la dignidad humana es el que nutre a la Concertación y es el que alimenta ese espíritu de lucha y sus épicas.



Agradezco a Soledad Alvear y a Camilo Escalona por su disposición y generosidad a comentar este libro. Sé que no es una tarea fácil darse el tiempo de leer, digerir y comentar un libro en medio de sus labores como presidentes de partido y legisladores.




(*) El texto corresponde a la intervención del parlamentario PPD Jorge Insunza en la presentación de su libro, La apuesta de Chile, comentado por la senadora Soledad Alvear y el senador Camilo Escalona, el pasado 21 de Agosto.




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Jorge Insunza G., diputado.


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