El umbral: ¿espejismo o desafío con final abierto? - El Mostrador

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El umbral: ¿espejismo o desafío con final abierto?

por 12 septiembre, 2006

Hay ciertos momentos en la vida de las naciones donde se percibe una sensación generalizada de que se está en el borde que separa una orilla de la otra. A tal situación se le llama "umbral" y puede no ser más que un elemento subjetivo, fruto de la propaganda, por ejemplo, o sustentada en una realidad objetiva que genera desafíos que deben ser asumidos si no se quiere pasar del entusiasmo a la frustración. En esa etapa pareciera estar Chile, aunque existen muchas más preguntas que respuestas.



Cumplidos dieciséis años de gobierno de la Concertación, con estabilidad política, tranquilidad social, y una economía pujante y abierta al mundo, aun no superamos dudas ni construimos las certezas imprescindibles para dar un salto adelante: para algunos al desarrollo, para otros a un nivel superior poco definido aun.



Los cambios necesarios son muchos y muy variados. Entre ellos podemos citar la modernización del Estado, la descentralización, el desarrollo de la ciencia y la tecnología, la diversificación productiva, el fomento de las Pymes, el incremento en cantidad y valor de las exportaciones, el fortalecimiento de la sociedad civil, y la mejora en los servicios de educación y salud.



Todo lo anterior, sin embargo, queda incompleto si no poseemos una adecuada estrategia de proyección hacia el mundo, que vaya más allá de la apertura económica. Requerimos con urgencia diseñar un perfil propio de inserción internacional, una matriz política que indique los pasos a seguir a corto, mediano y largo plazo. A partir de ciertas premisas básicas que recogen el más amplio consenso, se supone, como son la inclusión activa en la globalización y una integración con nuestros vecinos realista pero sostenida, debemos ser capaces de presentarnos al resto del planeta como un país dispuesto a jugar determinados roles y no a pasar simplemente desapercibidos, recogiendo beneficios con el menor costo posible.



Y si no, hay que sincerar el debate. Que la derecha diga públicamente que no está por América Latina, sino por las alianzas con otros países y espacios geográficos. Que la globalización conviene cuando vendemos y ganamos, pero no cuando perdemos en la competencia con nuestro entorno. Que importa más el comercio que la política, sobre todo cuando ésta es democrática. En fin, que Chile es un lugar lejano y aislado, rodeado de amenazas y adversarios al acecho, y que debe defender los cultivos tradicionales y dejarse de leseras.



En todo proceso de integración existen grupos que se oponen por diversos motivos, entre ellos el miedo a perder su identidad y el pago de costos demasiado altos que no están dispuestos a asumir. Uno de los sectores que históricamente han sido contrarios son los campesinos, razón por la cual los gobiernos involucrados aplican políticas activas de ayuda que, en nuestro caso, no logran convertirse en diseños masivos y coherentes de reconversión a gran escala.



El impulso de una nueva agricultura que se base en la calidad, el patrimonio fitozoosanitario y los nichos de exportación disponibles en la economía mundial, pareciera distanciarse de la realidad chilena cuando deja fuera el hecho que es imposible mantener el mercado interno, sobre todo de cereales, oleaginosas, lácteos y carne bovina, ante vecinos tan poderosos como Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay. Además, alimentos como éstos son básicos para la dieta de los chilenos, por lo que es fundamental contar con una oferta abundante y barata.



Pero tienen razón los productores cuando reclaman por los Tratados suscritos que sólo dan tiempos más largos para adaptarse, ya que se requiere una mirada estratégica que empuje y ordene el proceso, y de un conjunto de herramientas que compensen a los afectados que van quedando en el camino. No se trata de subsidios, como dicen los neoliberales a ultranza, sino de medidas de fomento no permanentes que vayan guiando el paso y corrigiendo desequilibrios para que el reparto equitativo de los beneficios legitime la inserción plena del país en una globalización que también contiene a la integración regional.



Definirse y avanzar hacia lo nuevo trae consigo siempre la decisión de enfrentar la resistencia de aquello que quiere ser reemplazado, la tradición en su acepción más negativa, el temor al cambio, a perder privilegios, el antiguo arte de mantenerse en lo mismo pase lo que pase, aunque sea dando la apariencia de que se impulsan transformaciones muy profundas. Es un problema de mentalidad y de cultura, por cierto, incluso de psicología social, mas cuando el mundo gira de determinada manera el que no sigue la corriente se va quedando atrás, como nos pasó entre los siglos XIX y XX, fenómeno que Aníbal Pinto Santa Cruz caracterizó en su obra señera como "Chile, un caso de desarrollo frustrado".



Esta situación se parece a la etapa entre la niñez y la adolescencia. No sabemos muy bien quiénes somos, hacia adónde vamos, ni qué queremos hacer en la vida que tenemos por delante. Traspasemos estas inquietudes al país y sacaremos como conclusión que la madurez requerida parte de reconocer el escenario en que nos movemos, identificar prioridades y metas a alcanzar, construyendo los instrumentos que permitan cumplir esos objetivos. Después veremos la forma, los plazos y las soluciones necesarias para superar los obstáculos.



En todo caso, hace falta valor y voluntad, liderazgo y coraje para cruzar el río que nos separa de ese otro Chile que la mayoría quiere, pero no puede o no se atreve a construir. Esto se traduce en la renovación de los programas políticos, en el posicionamiento de una nueva generación de dirigentes dispuestos a materializar esas ideas, con el empuje de una sociedad que quiere pasar rápidamente a otra etapa de su historia.



Y es hoy y no mañana cuando tenemos el desafío de cruzar el umbral o quedarnos contemplando el espejismo de lo que pudo ser y no fue.



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Cristián Fuentes V. Cientista Político

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