Terrorismo y guerra fría: Una noche larga e interminable - El Mostrador

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Terrorismo y guerra fría: Una noche larga e interminable

por 14 septiembre, 2006

El atentado al World Trade Center en Nueva York del 11 de septiembre de 2001, como el bombardeo a La Moneda en Santiago de Chile 33 años atrás, forman el conjunto de una paradoja histórica, más allá de las coincidencias en las fechas y la magnitud de las tragedias. Pero estos hechos no son tan paradójicos. Están unidos por un vínculo entre dos zonas del mundo y dos tiempos, que se origina en un mismo diseño estratégico de control: la guerra fría.



Salvador Allende fue derrocado bajo las condicionantes de esa guerra, en donde una potencia extranjera intervino directamente en las decisiones políticas de un ejército, y de una parte importante del Estado, el parlamento chileno. Los civiles embarcados en la decisión, dieron vida a una de las acciones más representativas de la forma en que la bipolaridad se expresaba donde la guerra fría era su instrumento estratégico.



Los atentados que destruyeron las Torres Gemelas, y las decisiones inmediatas de invadir Afganistán e Irak por parte de los Estados Unidos, en alianza con el Reino Unido, conforman un estado de situación que no se diferencia del clima de relaciones internacionales que existía durante el período de la bipolaridad. La reinstalación de la acción preventiva, como eje de la doctrina de seguridad que los Estados Unidos han adoptado como parte esencial de su política exterior, coloca a ese diseño de guerra fría en una etapa superior, y no la descontinúa. Una buena cantidad de analistas compactados en el mensaje oficial divulgan esta última idea como si hubiera existido un cambio de era.



El Presidente Bush dijo al día siguiente de los ataques: hay un antes y un después del 11 de septiembre 2001. Pero también hay un antes y un después de la invasión a Irak 2003, tema que se omite a la hora de establecer paradigmas arbitrariamente, basados en una característica específica de una zona del planeta.



Por otra parte se ha constatado que la guerra fría es una cultura que se instaló en el corazón de Occidente y se ramificó como una hidra de mil cabezas en los rincones más remotos del mundo. Las guerras, el terrorismo de Estado o privado, la conspiración, el asesinato artero, las masacres a mansalva, aún forman parte del catálogo de la conquista del poder y la supremacía. Han permanecido con similar intensidad o mayor en algunos territorios, después del fin de la confrontación bipolar.



Todavía más, la situación se presenta con características más desfavorables para el registro y el análisis desprendido de las presiones del poder. Los hechos ocurren en un escenario internacional disperso, en donde se hace difícil observar la severidad de sus consecuencias en un contexto de lucha más desigual, y donde los códigos de la lealtad están marcados por la presión indebida y la recompensa del dinero.



Más allá de las responsabilidades específicas, el atentado que golpeó a Occidente, a través de su nación central, los EEUU, tiene una inequívoca gestación primaria en la guerra que se había prolongado por el bando ganador. Esta guerra demostró su eficiencia en desbaratar un sistema - el soviético, que amenazaba su supremacía global- que en el análisis se sostenía sobre bases más débiles de las supuestas, o las investigadas.



En la década de los 80, cuando la ex Unión Soviética hacía su último esfuerzo expansivo, (Afganistán, Etiopía, Africa Austral, por ejemplo) y cuando se firmaban acuerdos de no proliferación nuclear con los EEUU, no se podía encontrar en la literatura respetable, un vaticinio de que en 10 años más la ex URSS se desmantelaría con la velocidad con que sucedió.



Los análisis se concentraban en el querer ver una realidad como aspiración de una opción tomada, pero no eran análisis. Eran más bien esfuerzos propagandísticos. Menos se imaginaron que de que lo que surgiría a partir de ese desmantelamiento de la ex URSS y de ese marxismo avasallante de los años 60 y 70, sería una sociedad altamente corrupta, y un ejército inmenso de políticos, académicos, líderes sindicales y personas adherentes al socialismo, repartidos en el mundo, arrepentidos de haber creído en el ideario que los había traicionado. Con el triunfo de la revolución económica de los años 80, "todos querían ser neoconservadores", parafraseando a Gabriela Mistral.



Respecto a esta versión última de terrorismo, que el liderazgo occidental insiste en asociar exclusivamente al fundamentalismo islámico, sin profundizar en problemáticas políticas universales de rango más amplio, se está produciendo algo similar de lo ocurrido al no poder anticipar la debacle soviética. Algo no funcionó y no funciona en el cuerpo teórico de las disciplinas que se encargan de lo político, y allí subyace un tema relevante e insuficientemente advertido.



Efectivamente, en Occidente o quizás en el mundo entero, es posible que no exista ese patrón ideológico útil del cual "colgarse" para descifrar. Por eso, el concentrar el fenómeno del terrorismo actual en la matriz del fundamentalismo islámico, no solo reduce el análisis político, sino que reduce las posibilidades de reformular la esencia del sistema de la guerra fría que permanece. Un sistema que precisamente indujo a que una parte minúscula de la cultura global se concentrara en el terrorismo. Pero aún así, como expresión de una minoría, el tema continúa siendo político e ideológico, en el sentido de que el antagonismo creado en Occidente en contra del mundo islámico, pareciera no tener retorno por ahora.



Y, por de pronto, aparece una disyuntiva desagradable y peligrosa. Las potencias occidentales al no recocerlo a cabalidad, o están desnudando una falencia de base, o simplemente se benefician con que el sistema de la guerra fría que les dio la victoria contra el comunismo continúe, comprobando que la supremacía global todavía está en suspenso.



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Juan Francisco Coloane. Analista internacional.




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