Bicentenario y desarrollo: Más que crecimiento, capacidad - El Mostrador

Jueves, 22 de febrero de 2018 Actualizado a las 11:11

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Bicentenario y desarrollo: Más que crecimiento, capacidad

por 14 noviembre, 2006

Chile se ha propuesto llegar a ser un país desarrollado. Esto no es ni una novedad ni una singularidad. La meta existe desde hace tiempo y la comparte con muchos otros países del tercer mundo. Lo nuevo, y lo que lo diferencia de varios otros países, es que ahora se piensa que esta meta está a nuestro alcance. Quizá ya no para el Bicentenario, pero para algunos años más tarde. No muchos.



¿Qué se puede pensar al respecto?

Una primera reflexión sería, ¿qué se entiende por país desarrollado? Hay muchas posibilidades de llenar esa palabra de contenido. La más sencilla es la determinación del producto social per capita. ¿Cuántos dólares produce el país anualmente por habitante (y para sus habitantes)? Considerando el poder de compra del peso, ¿a cuántos dólares gastados en EEUU corresponde ese ingreso? Según la estimación actual del Banco Mundial, el ingreso por cada chileno es de US$ 5.870 (casi seis veces el de los ciudadanos chinos). Eso pondría a Chile en la segunda etapa -de tres- según una tipología del camino al desarrollo elaborada por el Foro Económico Mundial (corresponde a países con un ingreso per capita entre 3 y 9 mil dólares).



Pero esa determinación no basta, si se toma en cuenta que los Emiratos árabes por ejemplo, un país cuyo producto per capita está casi a la altura del de Francia o Canadá ( US$ 30.000), no es considerado país desarrollado. ¿Por qué? Los Emiratos no son una nación industrial.



Otra posibilidad, más exigente, es recurrir a la lista de miembros de la OCDE, que incluye a los países industrializados democráticos. Chile quiere ser miembro, pero está todavía a la espera...



Desarrollo, ¿una meta para Chile?



Pero lo que nos interesa acá es una caracterización del desarrollo que le permita funcionar como meta común para chilenas y chilenos - como ya lo es en parte. ¿En qué piensan entonces los chilenos cuando aspiran a un Chile desarrollado? ¿Qué aspecto tendría Chile, si ya lo fuera?



Sin datos estadísticos, tenemos que recurrir a la experiencia y a formulaciones plausibles. Un país desarrollado es un país sin exclusiones significativas. Todos los habitantes tienen acceso a lo que permite vivir una vida humana digna moderna, apoyada en los progresos técnicos y en los aumentos de productividad. Esta es una vida a salvo de las privaciones que en otros tiempos imponía la naturaleza. Significa por consiguiente satisfacer las necesidades básicas biológicas, no sufrir hambre, ni frío, ni peligros a la integridad física (salud). Y esto en forma estable, segura hacia el futuro, y extendida a la familia y demás miembros de la sociedad. Por encima de eso significa gozar de posibilidades de desarrollo humano, con educación y cultura, posibilidades también generales, estables y seguras, tanto en la vida privada como en la laboral y pública. Significa vivir en un medio ambiente civilizado, higiénico y bien organizado para cumplir sus funciones de apoyo a la actividad ciudadana, buenos servicios de comunicaciones, de trasportes, de ayuda ante necesidades urgentes, etc.

Y en los países desarrollados, aunque distan mucho de ser democracias perfectas, suelen tener también todos los ciudadanos un cierto grado de participación en la conducción política del país y hay una medida de respeto a los derechos humanos. Es lo que corresponde a una ciudadanía que, por su educación, trabajo y seguridad material -individuo por individuo- tiene un alto nivel de autoestima, que no se considera sometida a nadie y se ve a sí misma como capaz de superar dificultades personales y de colaborar a resolver los problemas de la comunidad.



Una creación histórica particular



Esta caracterización del "país desarrollado" muestra que es una creación histórica única. No es posible encontrar algo comparable en épocas remotas. Su principal característica es aquella inclusividad, la integración de todos los ciudadanos, prácticamente sin excepción, a la sociedad y a sus niveles de bienestar y desarrollo humano. El país desarrollado es un país con mucha igualdad, sin pobres, sin existencias precarias. Se hace eso posible gracias a un dominio de la naturaleza -traducido en una elevada productividad del trabajo humano- de tal grado que puede hacer general un alto nivel de consumo. El país desarrollado surge cuando el problema de la producción está básica y prácticamente resuelto, y se le da al otro problema -el de la distribución a toda la población- también una solución general. Esto se hace mediante una plena ocupación y sueldos en progresivo aumento. El momento histórico en que este estado de cosas en al menos muchos de los países de la OCDE llega a su punto culminante podría ubicarse en los años setenta del pasado siglo. Después vienen los comienzos de la ideología neoliberal, los Chicago Boys, la política económica de Ronald Reagan en los EE.UU. y de Margarita Thatcher en Gran Bretaña, con las que empiezan a socavarse los cimientos del "desarrollo".



Las condiciones del desarrollo



Si el desarrollo se muestra a la experiencia diaria de los ciudadanos bajo el rostro de igualdad social y cultural, unidas a una seguridad económica de gran nivel, esa descripción no basta, porque hay que preguntarse inmediatamente qué es lo que hace eso posible.



Dos condiciones son mencionadas, entre otras, en la literatura relevante. Una de ellas es la homogeneidad de la estructura económica, con lo que cual se quiere decir que no hay sectores "atrasados" en la economía, sino todos tienen un nivel comparable de productividad (vale decir de utilización del progreso científico-técnico). La otra es una estructura económica nacional completa, que incluye los principales sectores de la economía: agricultura y minería, industria de bienes intermedios y de consumo, industria de maquinarias y otros bienes de producción (química, energía), servicios (salud, educación, formación profesional), y por último producción de ciencia y tecnología en universidades, institutos, y en las mismas empresas, para seguir mejorando el aparato productivo.



La razón de que se requieran estas condiciones está en que sólo así se garantizan los encadenamientos productivos que permiten que un impulso económico en el consumo, por ejemplo, se transmita a la economía en general, mejorando su nivel y asegurando los puestos de trabajo. Sólo así se hace posible que las inversiones en modernizar la infraestructura, como por ejemplo la introducción de nuevos sistemas de transporte, sirvan como un impulso a otros sectores de la economía, a la industria y los servicios, que van a suministrar, al menos en parte, el equipo, el material y el personal calificado necesarios.



Sólo así se puede contrarrestar ese efecto del progreso, que consiste en racionalizar la producción reemplazando trabajo humano por máquinas y eliminando así puestos de trabajo. Si las máquinas que reemplazan a trabajadoras y trabajadores son producidas por otros sectores de la misma economía, la racionalización no sólo elimina, sino crea - al menos algunos - nuevos puestos de trabajo. Y se hacen posibles otras medidas compensatorias en el terreno de la educación, en la formación y perfeccionamiento profesionales, se hace posible reducir las horas de trabajo diarios, y tomar otras medidas, que aseguren que esa producción mejorada y aumentada llegue a toda la población, sin ir excluyendo a más y más trabajadores desocupados.



El crecimiento no es desarrollo



Si hubiera que resumir entonces en una palabra lo que significa el desarrollo, podría ser ésta: "capacidad". La sociedad desarrollada es una sociedad capaz. Dependiendo de su tamaño y de su dotación natural, tendrá esta capacidad diversas concreciones. Los países pequeños no están quizá en condiciones de construir grandes barcos o aviones, pero el nivel de capacidad, siendo alto y parejo, les permite básicamente resolver con sus recursos los problemas que se van presentando, sin tener que depender fundamentalmente de otras sociedades. Esto no excluye evidentemente la cooperación con otros ni el recurrir a menudo a otros países - pero no lo hacen desde una posición de inferioridad o dependencia fundamentales, como suele suceder con los "subdesarrollados". Esta capacidad -conocimientos y habilidades- no están solamente en los ciudadanos, sino también incorporados en las instituciones, así como en la organización y dotación material (infraestructura, comunidad, empresas...). Se trata de una capacidad actual y una latente, que elevan decisivamente el nivel económico y social del país.



Es por eso que esa verdadera obsesión -como la transmite la prensa- de los políticos, los empresarios y los economistas por el crecimiento económico tiene muy poco que ver con el desarrollo. El crecimiento, aun uno alto, de un 10% por ejemplo durante algunos quinquenios, no se traduce automáticamente en desarrollo, entendido este como ha sido definido más arriba. Chile y otros países latinoamericanos han tenido a lo largo de su historia períodos de gran crecimiento - que no los han desarrollado para nada. Es más, el crecimiento puede hacer retroceder a la economía.



Esta puede crecer incorporando tanta maquinaria que se llegue a una desocupación crónica y creciente; o un rápido crecimiento puede, como parece estar sucediendo en Chile, aumentar y profundizar la desigualdad en riqueza y finalmente en poder, con lo que nos alejamos de esa capacidad básica, bien repartida, de todos los ciudadanos, y hace a éstos dependientes y por eso explotables y marginalizables. O, todavía, el crecimiento provocado por un sector privilegiado, como también parece ser el caso de Chile en estos meses y años de un cobre que se vende caro, lleva a la "enfermedad holandesa", que hace retroceder en su desarrollo a los demás sectores de la economía. Porque el país tiende a vivir entonces predominantemente de ese sector privilegiado y a comprar todo lo demás en el extranjero (el factor desencadenante de este proceso es el "bajo precio del dólar"). "¿Para qué crecer en capacidades, si tenemos el cobre?" es lo que proclaman a voz en cuello los libres mercados cuando hay crecimiento en esas condiciones.



Si queremos entonces avanzar hacia el Bicentenario, y más allá, por el camino del desarrollo, es necesario tomar en cuenta estos aspectos -el gobierno lo hace, en alguna medida- y plantearse metas políticas y económicas a mediano y largo plazo que lleven allí. Así lo hicieron los países hoy incuestionablemente desarrollados -Japón es uno de los exitosos ejemplos- y no se ve por qué Chile sería la excepción, la que se puede dar el lujo de ahorrarse este trabajo y abandonarse al "libre juego del mercado".

Después de todo, el Bicentenario celebrará el nacimiento de una República. En teoría por lo menos, fue la fundación de la República de Chile el primer paso hacia una sociedad inclusiva - para todos - en que la "cosa pública" iba a tener un lugar predominante en la conducción del país. Ahora, con los aires que corren, corremos peligro de llegar al Bicentenario como una "Reprivada de Chile", en que no es lo público sino lo "privado", y en manos de pocos, lo que determina la vida de todos.



Ciertamente no es lo que queremos, cuando nos queremos "desarrollar".



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Raúl Claro H. Sicólogo de la Universidad de Múnich, Alemania (rclaro@freenet.de).







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