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Elecciones de EEUU: ¿Realineamiento a favor de los demócratas?

por 28 noviembre, 2006

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De los resultados de las recientes elecciones de renovación del Congreso y autoridades estatales de EE.UU., puede deducirse que comenzó un nuevo realineamiento político en ese país, a saber, el demócrata sustituiría al republicano como partido mayoritario. Sin embargo, para que esa conclusión sea definitiva, hay que esperar su confirmación en 2008.



El Presidente Bush se jugó entero por su partido, como es habitual en EE.UU., pero perdió. En el presidencialismo, el jefe de Estado también lo es de gobierno. Y las elecciones, como en todas las democracias representativas, tienen un doble fin, cuya suma es la llamada responsabilidad vertical. El soberano, la ciudadanía, se pronuncia acerca de la gestión del gobierno, su mandante, y, a la vez, elige a sus representantes, confirmándolos o reemplazándolos.

Los realineamientos de la mayoría de la representación política, dentro de un esquema bipartidista, han marcados los ciclos de la historia norteamericana. Cuando el partido mayoritario se agota, pasa a serlo el hasta entonces minoritario, que logra la presidencia, la mayoría en ambas ramas del Congreso, como también las gobernaciones y asambleas estatales. No obstante, desde la primera elección de Nixon, en 1968, los norteamericanos parecieron preferir un gobierno dividido al nivel nacional, en que el partido del presidente no controlaba ambas cámaras, salvo ocasionalmente.



Cuando los republicanos lograron la mayoría en la Cámara de Representantes en 1994, en la mitad del primer período de Clinton y después de décadas como minoría en esa corporación, proclamaron que iniciaban un realineamiento político. Perdieron la reelección de Clinton, pero, en elecciones estrechísimas, eligieron dos veces a Bush y mantuvieron la mayoría en ambas ramas del Congreso (en la Baja, con 49% a 49% de votos populares en 1996, 49% a 48% en 1998, 48% a 48% en 2000, 51% a 46% en 2002 y 50% a 47% en 2004), como también, en las gobernaciones y asambleas estatales.



Las claves de las victorias republicanas fueron: (1) la movilización de la derecha cristiana, en especial de los evangélicos, con la politización de la religión; (2) el control de los estados con poca población de pampas y montañas, que están sobre representados en el Senado y en el colegio electoral que elige al presidente (cada estado elige una delegación, por sistema mayoritario, compuesta por el mismo número que sus legisladores federales, y los senadores son siempre dos, cualquiera sea la población del estado), y (3) el llamado "gerrymandering" para la Cámara baja.



La Cámara de Representantes se compone de 435 escaños uninominales, que se renuevan cada dos años. El número que le corresponde a cada estado es determinado por los censos decenales y las autoridades estatales fijan el territorio de los distritos que les corresponden. Solo tienen la obligación de incluir una representación más o menos equitativa de las minorías y de la población en general. Cuando un estado es controlado por un partido (gobernador y asambleas), esos distritos tienen extrañas formas para perjudicar a sus adversarios electorales, el "gerrymandering", que es muy rendidor de bancas en sistemas electorales no proporcionales, como el sistema uninominal y de primera mayoría relativa de EE.UU. (en Louisiana y Texas, en algunos casos, las elecciones se realizan en conjunto con las primarias, y es a dos vueltas si en la primera no hay mayoría absoluta).



Los demócratas, para ser mayoría en la Cámara de Representantes necesitaban ganar otras 15 bancas. Del total de los distritos, solamente 35 eran considerados verdaderamente competitivos, 33 que estaban en manos republicanas y 2 en las demócratas. Según los sondeos, de esos 35, 3 se inclinaban hacia los republicanos, 12 hacia los demócratas y 20 estaban empatados.



En el Senado (se renueva cada dos años por tercios), los demócratas necesitaban 6 nuevas bancas para ser mayoría, de entre las 33 que correspondía elegir, y 9 se consideraban competitivas, 7 en manos republicanas y 2 en demócratas, de las cuales, según las encuestas, 4 estaban empatadas y 5 se inclinaban hacia los demócratas.



Los demócratas lograron un gran triunfo. En la Cámara baja, en relación a la elección precedente de medio mandato presidencial, el 2002, incrementaron su votación en 359 distritos, por un total de, a lo menos, cinco millones de sufragios. Lograron el 52% de los votos, mientras que los republicanos, bajaron en más de tres millones, al 46%. Esos porcentajes son similares, pero al revés, a los que obtuvo la revolución republicana de 1994. Esa relación, alza y baja notable del ganador y perdedor es, según el pasado, la primera señal de un realineamiento. Y al escribir estas líneas, los demócratas tienen 234 bancas (una más que el máximo que lograron los republicanos durante su reciente predominio, pero no recuperaron la mayoría que tenían antes de perderla en 1994, 258), un aumento de 32, y los republicanos, 198, una baja de 35, y tres quedan por definirse, todas ellas ocupadas por republicanos.



El número total de votos también aumentó en más de cinco millones respecto de 2002, mitad del primer período de Bush, y equivale aproximadamente al 38% del electorado potencial, 78.700.000 votos, y podría llegar al 40%, un récord en este tipo de elecciones. Cuando hay elección presidencial la participación es siempre mayor, y en 2004 fue un récord histórico, 122.300.000 para presidente y 112.000.000 para la Cámara de representantes.



Hay que tener presente que la participación, no hay un padrón nacional de inscritos y uno puede inscribirse hasta el día mismo de la votación en los estados liberales, se mide como la relación entre el número total de votos y la anualización del censo nacional de las personas en edad de votar, 18 años o más, que incluye a todos los habitantes, sean o no norteamericanos, legales o ilegales, con o sin derecho a voto.



Además, no todos los votos son escrutados en todos los estados, en especial en los más pobres. Las mesas receptoras están a cargo de funcionarios públicos y los escrutinios los hacen generalmente los diversos tipos de máquinas electrónicas en que se vota, muchas de las cuales no dejan constancia escrita (son propiedad de estados o municipios). Hay también otros dos tipos de votos: por correo y "provisorios", que son los emitidos por personas no conocidas y que no portan su inscripción, en EE.UU. no hay cédulas de identidad.



Esos otros votos, entre el 10 y el 15% del total, por lo general se cuentan sólo en las elecciones estrechas, por el costo de hacerlo manualmente y, en el caso de los provisorios, además, con procedimientos de identificación. Y las elecciones disputadas no son muchas. De los 435 distritos de la Cámara de Representantes en solamente en 66 el vencedor sacó menos del 55% de los sufragios, el número más alto desde 1990, y en 48 no tuvo contendor o era de alguno de los partidos menores, cuya suma nacional de votos fue de menos del 2% (también ocurrió en un curul de senador). Cierto es que en las elecciones senatoriales de Virginia y Montana la diferencia fue mínima, pero los presuntos perdedores no pidieron un recuento que implica contar todos los votos.



La justicia estatal es la que determina si corresponde un recuento o la repetición de una elección, pero es de ordinaria ocurrencia que el presunto perdedor reconozca su derrota. Esta vez, 24 horas después del cierre de la votación, p.ej., estaban pendientes solamente diez escaños en la Cámara de representantes, dos de los 33 en juego en el Senado y uno de los 36 gobernadores. Dos semanas más tarde, había solamente tres escaños indecisos de diputados y una demanda de repetición de una elección que se ganó por 339 votos (0,02%), debido al mal funcionamiento de la pantalla de las máquinas electrónicas en que se votó.



Irregularidades



Por supuesto que hay irregularidades en las elecciones norteamericanas, como consecuencia de la fragmentación del sistema electoral, y son más notorias en las pequeñas localidades. Citaré tres ejemplos de esta elección en Arkansas, el estado de Clinton y uno de los más pobres. En Gateway, una localidad con 122 votantes hubo 199 sufragios en la elección de alcalde en que había un solo candidato. En Pea Ridge, también en la elección de alcalde, pero disputada, hubo 3.997 votos a pesar de que podían sufragar sólo 3.344 ciudadanos. Y en Waldenberg, un candidato a alcalde que votó por sí mismo no obtuvo ni siquiera ese voto. No obstante, las élites políticas por lo general no crean problemas, aunque en casos excepcionales, como el de Gore en la presidencial de 2000, llegan hasta la Corte Suprema, pero al final y sin chistar aceptan la decisión judicial, por absurda y partidista que pueda parecer. Recordemos que ser la democracia por antonomasia es también mito fundador de la nacionalidad, ciudadanía la llaman, (norte)americana. A lo que se suma que, en algunos estados, quien pide el recuento debe pagarlo. En esta elección, p.ej., en un distrito en Nuevo México, en que el candidato republicano obtuvo 105.931 votos y el demócrata, 105.046, una diferencia de 875, no se pidió, en especial porque costaba hacerlo US$ 300.000.



La victoria electoral demócrata fue en todos los niveles. Superaron a los republicanos en el Noreste (64 a 36%), el Oeste (56 a 44%) y el Medio Oeste (53 a 47%) y solamente perdieron, achicando la diferencia, en el Sur (46 a 54%). Por tal razón, sólo no lograron una de las nueve bancas en disputa en el Senado (en Tennessee; el candidato demócrata, que logró 48% de los votos, habría sido el primer senador afroamericano elegido en el Sur desde la reconstrucción que siguió a la guerra civil), y ganaron seis, en Virginia, Montana, Missouri y Ohio, además, en su bastión del noreste, en Pennsylvania y Rhode Island. Cierto, su mayoría en el Senado depende de Lieberman, un demócrata que perdió la primaria de su partido y fue reelecto como independiente con apoyo republicano; pero el poder político de ese senador depende de que siga en la bancada demócrata, en razón del sistema de antigüedad para presidir comisiones.



En las elecciones estatales también les fue muy bien a los demócratas. De los 36 gobernadores, de 50, que correspondía elegir, aumentaron su número de cargos en 6, al ganar en Arkansas, Colorado y Ohio, además de Nueva York, Maryland y Pennsylvania en el noreste. Por consiguiente, se invirtió la mayoría republicana, 28 a 22, a una demócrata idéntica. En las asambleas legislativas, en 21 estados ambas cámaras eran controladas por los republicanos, en 19 por los demócratas y en nueve una por cada partido (en Nebraska la elección de la asamblea unicameral es no partidista). Después de las elecciones, los demócratas controlan 23 legislaturas, los republicanos 17 y se reparten nueve. Como resultado de esos cambios, hoy día hay 16 estados con gobiernos demócratas (gobernador y ambas Cámaras) y 10 en manos republicanas; lo que le da a los primeros una gran ventaja para el "gerrymandering".



Estas elecciones fueron además nacionales, no locales, otro síntoma de realineamiento. Cuatro de cada 10 votantes dijeron que lo hacían en contra de Bush y 2 a favor. Los independientes se inclinaron claramente hacia los demócratas, 59 a 41%. En 2004 hubo un cuasi empate en el voto católico, e incorporarlo a la derecha religiosa, con un discurso de defensa de los "valores de la familia", era una de las metas republicanas. Ahora, los demócratas recuperaron su amplia mayoría en ese segmento, 56% a 44%. Y la razón es que son más liberales que algunas doctrinas de la Iglesia, p.ej., sólo el 4% de los católicos casados en EE.UU. observan sus enseñanzas sobre control de la natalidad. En el caso de los hispanos, otro de los blancos derechistas con el mismo discurso, tuvieron un serio retroceso, al incrementarse la mayoría demócrata, desde 55% a 44%, en 2004, a 69% a 29%, en 2006. Y esta vez fueron por primera vez el 8% de los votantes, y en 11 de los distritos que pasaron a ser demócratas los hispanos son, a los menos, el 10% de la población.



En el caso de los jóvenes, 18 a 30 años de edad, votaron 10 millones, 13% de los votantes y 24% del electorado potencial de esa edad, un récord en los últimos años, y el 62% lo hizo por los demócratas, el porcentaje más alto de cualquier grupo etario, y fueron todavía más importantes en los avances de ese partido en Montana, Minnesota, Michigan y Missouri, terrritorio que fue republicano y que hoy está en disputa. En realidad, los internautas hacen por el partido demócrata lo mismo que los evangélicos por el republicano, movilizan votantes, pero por medio electrónicos.



Según The Weekly Standard, el semanario reaganista por excelencia, la derrota republicana fue devastadora, El poder geográfico demócrata se expandió a Montana, Colorado, Arizona, Wyoming, Pennsylvania, Ohio, Indiana, Virginia, Michigan y Minnesota, y, a la vez, se fortaleció en el Noreste, su bastión. El Sur, concluye, y por mi parte agregaría, más evangélicos y católicos clericales, son insuficientes para construir una mayoría nacional.



Con todo, hay que tener presente que, desde 1990, ninguno de los dos grandes partidos logra más del 52% de los votos populares en las elecciones de la Cámara de Representantes ni tampoco, desde 1988, más del 51% para sus candidatos presidenciales. Por consiguiente, si bien la victoria demócrata tiene aroma de realineamiento, habrá que esperar hasta 2008 para confirmarlo.



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Iván Auger. Consultor chileno en asuntos políticos radicado en Nueva York.








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