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Editorial: ¿El fin de la Concertación?

por 29 noviembre, 2006

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El tipo, intensidad y frecuencia de los roces y disputas entre los partidos al interior de la Concertación y también de éstos con el Gobierno indican que hace rato esa coalición dejó de ser un proyecto programático. Muchos de sus parlamentarios y dirigentes políticos, en cada una de las tiendas que la componen, actúan al borde de la ruptura, con evidentes signos de cansancio en las relaciones con sus aliados e irritación ante los yerros gubernamentales.



Sin embargo, tal situación no implica todavía una crisis terminal ni mucho menos. El manejo de poder que conlleva la conducción del Gobierno es siempre un objetivo central de cualquier organización política y un eficiente cemento para sus alianzas, por más disminuido que aparezca a causa de la coyuntura.



En la Concertación, la eficiencia de ese aglutinador depende crecientemente del equilibrio, prudencia y eficiencia del Ejecutivo, pues a medida que se hacen difusos los ideales, aumenta el peso específico de la gestión de gobierno como factor de unión entre los aliados.



Durante sus nueve meses, el Gobierno ha concentrado todos los temas en La Moneda y se ha movido prácticamente sin reconocer autoridades sectoriales, con pocas excepciones, acompañado de un estilo comunicacional que desperfila a los altos cargos del Ejecutivo o los somete de manera intermitente a escarnios públicos.



Las rutinas institucionales se ven permanentemente ensombrecidas por comisiones especiales frente a cada problema, que aparentemente buscan un aura fundacional para el Gobierno, que está muy lejos de la calidad de sus realizaciones.



En este escenario, el Ejecutivo deja de ser un potencial de cohesión y se transforma en uno de los principales problemas. Agravado por el estilo clientelar, desnudo de doctrinas, que ha ido predominando en el funcionamiento de los partidos y sus relaciones con La Moneda.



Pese a que en los hechos no se evidencia una crisis estructural en la coalición dominante, los síntomas indican un debilitamiento sistémico de ella y un aumento de las fuerzas centrífugas, basadas en vínculos transversales valóricos y de interés más allá de la Concertación.



La radicalidad valórica, como sello inicial del actual gobierno y eje articulador de una nueva generación de políticos, no funcionó. Por el contrario, ha potenciado la dispersión, haciendo más patente la inexperiencia y confusión administrativa en que se mueve, mientras una nueva constelación política parece agitarse entre sombras.



Es en esa escenografía donde se escuchan frases como "refundar la Concertación" y tienen lugar los llamados presidenciales al orden o las iniciativas de cónclaves interpartidarios para arreglar los problemas.



Pero la ingeniería política requiere de un concepto de orden validado entre los actores para ser viable. Y ese concepto es el que tarda en aparecer, porque la pugna iniciada en el PPD, con corte generacional y doctrinario, es mucho más profunda y menos transitoria de lo que se esperaba. Y porque antecedentes similares existen también en la DC y en el PS, con amplias disputas administrativas a lo largo del país.



Es inevitable pensar que el Gobierno debiera estar consciente de la situación y afinando el ajuste ministerial, para situarlo como una cirugía fina de su recuperación y herramienta del ordenamiento de su coalición. Pero también puede ocurrir todo lo contrario, caso en el cual probablemente se adelantará de manera irremediable el debate presidencial, en un escenario de múltiples bandas, con uso intensivo de la primera vuelta electoral para definir nuevas coaliciones.

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