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El cumpleaños de Fidel Castro y el "Granma"

por 7 diciembre, 2006

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El 2 de diciembre en La Habana celebraron los 80 años de Fidel Castro. También, conectado a la historia del personaje y del triunfo de la revolución en 1959, hubo el paseo del yate "Granma" (reparado y pintado de blanco). Aquel mismo barco que el 2 de diciembre de 1956 llegó a la costa oriental de Cuba, proveniente de México, con Fidel, el "Che" Guevara, y ochenta otros combatientes para comenzar el alzamiento contra Batista y en 1959 comenzar la "nueva sociedad cubana" sin oprimidos ni dictadores



Todo aquel desfile culminó el pasado diciembre, cincuenta años después, con el de las fuerzas armadas de Cuba por la Plaza de la Revolución. Imagen esta última que recordaba el despliegue de fuerzas militares de los ex desfiles de los países socialistas cuyo ejemplo fue la ex-URSS, la China de Mao, los Sandinistas en los 80, y hoy en el otro extremo del planeta, Corea del Norte. El líder -y presidente de los máximos poderes del sistema cubano desde el comienzo de la revolución durante 47 años- no apareció por estar convaleciente de una última operación y cuya condición de salud, lo dice el mismo gobierno de la isla, es un "secreto de estado".



Aun así, los comentarios en la prensa internacional es que ese 2 de diciembre marca una etapa distinta en la isla. Ya no hay líder sino una "sucesión" del poder a su hermano Raúl Castro quien por primera vez aparece como el "sucesor" oficial al dar el discurso principal en la Plaza de la Revolución. En su discurso dejó bien claro que no habrá un cambio radical en la línea del Partido Comunista ni en la modificación del sistema socialista actual en Cuba (es "irreversible" en sus palabras).



Lo interesante es que manifestó unos juicios que, venidos del partido comunista cubano, resultan o de una testarudez descomunal a nivel planetario, principalmente para los que ven en esas frases una nostalgia sin retorno. O para otros, por el contrario, quienes consideran aquel juicio todavía de una validez tan cierta como si el Muro de Berlín no lo hubieran desmoronado en 1989.



Cito lo que textualmente Raúl Castro dijo en su discurso: "A muchos les pareció que la caída del campo socialista y la desintegración de la Unión Soviética representaba la derrota definitiva del movimiento revolucionario internacional. Algunos se aventuraron a sugerirnos el abandono de esos ideales a los que generaciones enteras de cubanos había dedicado sus vidas."



Primero, no hay por donde demostrar que hay un movimiento revolucionario internacional activo en estos momentos ni menos que tiene una presencia objetiva y transformadora en el mundo a partir de los 90. A no ser que hablemos de los movimientos anti-globalización que no son por ninguna parte homogéneos ni tampoco entran en la categoría de movimientos revolucionarios. O a no ser que se esté refiriendo a los nuevos presidentes de "izquierda" en América Latina que tampoco representan un movimiento revolucionario compacto. Tampoco el movimiento zapatista en México ha logrado cambios substanciales en aquel país sin desconocer una proyección global del problema a través de Internet.



Por otro lado, el proyecto de Chávez en Venezuela es seguir el "modelo cubano" y convertirse en otro "dictador" pero con petróleo y aplicando el mismo lema que Fidel Castro dijo en los 60: "Con la revolución todo, contra la revolución nada". Postura que Raúl Castro asumió en su discurso el 2 de diciembre pasado. Respecto al proyecto de Evo Morales en Bolivia - como se está viendo en estos momentos en aquel país- no puede aplicar tampoco a otras fuerzas políticas, dentro del sistema democrático que lo eligió, eso de "o estás conmigo o estás contra mí"



La negociación en países con democracia representativa es y sigue siendo lo fundamental. Y no como ocurre en países autoritarios-socialistas como Cuba (y ocurrirá en la Venezuela con el mismo Chávez a partir de su reciente reelección, quien controlará todos los poderes del Estado). Cuba posee un control ideológico absoluto a través del cual se toma cualquier decisión ya sea o política, económica o cultural. Todo pasa antes por los principios ideológicos del partido comunista cubano. Es el quien autoriza qué hacer y qué no hacer con la economía, la política, la cultura, las relaciones internacionales. O cuál será la función de los medios masivos (que pasaron a ser vías dogmáticas de la ideología del partido). O a quién se deja o no salir del país. Qué película se verá o no por los canales controlados por el gobierno. O qué libros se publicarán y otros se censurarán. O no permitir la opinión del que disiente negándole espacios en los tres o cuatro periódicos y otros cuatro canales de televisión que controla el gobierno. O sea, el pueblo realmente en Cuba no decide absolutamente nada.



Por eso resulta asombroso que Raúl Castro repita aquel juicio en un discurso público ("Algunos se aventuraron a sugerirnos el abandono de esos ideales a los que generaciones enteras de cubanos había dedicados sus vidas"), especialmente el 2 de diciembre como fecha "simbólica". Juicio además que no tienen ninguna solidez ni sostenimiento real, a parte del deseo utópico comprensible, porque la realidad de la propia revolución, la caída de todo el campo socialista, ha demostrado que repetir eso juicios ahora es recurrir a la nostalgia utópica en estado puro.



Y lo curioso es que esa nostalgia la reciclan algunos intelectuales tanto del Primer Mundo como los del Tercer Mundo en su apoyo "irrenunciable" (y ciego) a Cuba. Sin duda es humano (sólo hay que revisar el arte y la literatura por ejemplo) quedarse atrapado en un pasado que fue el lugar donde crecimos pensando que aquella utopía -la sociedad perfecta para las masas- era posible a la vuelta de la esquina. Y que un país, Cuba por ejemplo, la había logrado en América Latina cuyo origen (de esa utopía) venía arriba del yate "Granma" en noviembre-diciembre de 1954.



Pero los porfiados hechos nos han demostrado, a partir del desplome del Muro de Berlín, que nada de aquello ha sido posible. Y no hablo de la medicina universal, de la educación gratis en los países socialistas; hablo de la libertad de opinar diferente, de la libertad de viajar donde se quiera, de leer y escribir sin ninguna censura oficial (como ocurre en Cuba con la "Ley 88", conocida como "Ley Mordaza").



Pero allí en la tarima oficial, junto a Raúl Castro, estaba el escritor Gabriel García Márquez, el presidente electo sandinista de Nicaragua Daniel Ortega, también el actor francés Guillaume Depardieu entre muchos otros invitados. Un escritor aún alucinado más por el caudillo Fidel Castro que por lo que ocurre en la realidad cubana de cada día (seguro jamás ha leído a Pedro Juan Gutiérrez). A su lado Daniel Ortega, promotor en su país de la "piñata" sandinista (ver artículo de Pedro Xavier Solís, en El Mostrador (http://elmostrador2015.mzzo.com/modulos/noticias/constructor/detalle_noticia.asp?id_noticia=202458).



Y finalmente un actor. O el intelectual europeo que también puede representar al académico norteamericano, o latinoamericano, que vienen a ser en estos tiempos el "intelectual/turista revolucionario". He conocido a tantos. Algunos enseñan en universidades norteamericanas. Van y vienen con absoluta libertad de la isla (como James Petras), pero no ven ni les interesa a los que disienten allá en Cuba como ellos/as disienten sin problemas de sus propios gobiernos en sus propios países y no van a la cárcel por 8 a 20 años como estipula la "Ley 88" cubana.



O sea, son los que siguen alucinados (como yo también una vez lo estuve) por la aureola utópica que representa Fidel Castro y aquel país creyendo que el diario "Granma" es la única verdad. Pero mirando a Cuba desde miles de millas de distancia. A través de poderosos computadores, teniendo el privilegio de acceso libre y sin límites a Internet, sentados en cómodas oficinas de pastoriles recintos universitarios donde enseñan amparados por el "freedom of expression" (libertad de expresión) que no existe en la isla, objeto de su adoración.



Ellos -como siempre ocurre con los invitados especiales de "la revolución"- no bajarán las escaleras del Palacio de Convenciones de la Habana (y seguro no lo hizo Guillaume Depardieu ni lo ha hecho García Márquez ni lo hará Daniel Ortega) para ver cómo vive realmente la mayoría de la gente o las "queridas masas" bajo la sociedad cubana. Pero lo que sin duda ocurrió entre esos invitados fue una emoción indescriptible cuando vieron pasar antes sus ojos, cincuenta años después, pero vacío, el yate "Granma"._



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Javier Campos es poeta, narrador, académico de una universidad jesuita en EE.UU.




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