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El nuevo Presidente de México

por 10 diciembre, 2006

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Felipe Calderón juró el 1 de diciembre en el Congreso en medio de protestas de parte de mayoría de la izquierda agrupada en el Frente Amplio Progresista (FAP), pero sin violencia física. No es exagerado decir que estos cinco minutos, pueden haber sido de los más importantes para la democracia mexicana de los últimos años.



El FAP (una suerte de coalición de partidos de izquierda creado para coordinar las tareas de la resistencia postelectoral contra el resultado de la elección presidencial), planteó hace meses que sus legisladores impedirían por la fuerza la ceremonia debido a la condición "ilegítima" de Calderón. Las especulaciones sobre la ceremonia, dominaron las noticias por varias semanas. El periodo inmediato previo al juramento estuvo marcado por una toma de la tribuna y para controlar el recinto que duró 72 horas que incluyó varias escaramuzas con golpes, empujones e insultos, uso de proyectiles (botellas de agua), empleo de gas irritante etc., entre diputados del partido de Calderón (PAN de centro-derecha) y diputados del FAP. La evolución de la toma y las refriegas fueron transmitidas en vivo continuamente en el canal del Congreso.



La importancia de la ceremonia, se debe a la idea manejada por la izquierda y por el propio Calderón, de que de haber podido el FAP impedir este juramento en ese recinto, esto podría haber propiciado una supuesta crisis constitucional. La ausencia del juramento pudo haber reforzado el movimiento de protesta de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), que hubiese acumulado argumentos para demostrar su tesis de que el país estaría sumido en la ingobernabilidad y producir finalmente una eventual destitución "legal" de Calderón y el nombramiento de una presidente interino. Por este motivo, el FAP consiguió convertir desde antes el momento del juramento en un punto de inflexión de la mayor importancia. El desenlace, sin embargo, le fue totalmente desfavorable.



El hecho de que asistiera Calderón (y el repudiado Fox considerado por AMLO como un "traidor a la democracia"), a un escenario tomado parcialmente por el FAP requirió inteligencia, audacia y envía una señal clara para las acciones antiinstitucionales. De paso, permitió a Calderón establecer de inmediato una distancia en los hechos con Fox, mediante dos mensajes que permiten diferenciar a los dos presidentes. El primero es que Calderón está realmente comprometido con la legalidad, el segundo que tiene la estatura de estadista (incluyendo la decisión y valentía) que precisamente le faltaron a Fox para gobernar.



La calculada parafernalia de los actos oficiales alrededor de la toma de posesión de Calderón, al arropar la transmisión nocturna del mando entre el 30 de noviembre y el primero de diciembre, con los cadetes del Colegio Militar en una toma del poder inédita. Y la calculada y dramática mención de su parte, de su calidad de comandante en jefe del ejército en un acto protocolario con los generales del ejército, dio muestras de un deseo de recalcar que asume plenamente en sus dos funciones: como jefe de gobierno, pero también (a diferencia de Fox), como jefe de Estado. El manejo de los símbolos de fuerza fue evidente, mandando además en el discurso un mensaje conciliador en el que reconoce las dificultades del momento y manifestando un deseo de diálogo con aquellos "con los que se pueda dialogar".



Símbolos y señales necesarios para comenzar a gobernar un país donde el estado de derecho no se ha ejercido a cabalidad y en el cual una gran parte de la población está ansiosa de ver las instituciones trabajando para resolver los graves problemas nacionales. Estos mensajes han sido enviados indudablemente también a los partidarios de un actor político que ostenta provocadoramente una banda presidencial que no le corresponde y que se ostenta, como "presidente legítimo".



Se puede pensar también que la decisión de mandar las tropas de elite de la Policía Federal Preventiva a Oaxaca y comenzar a detener los líderes del confuso movimiento izquierdista Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) en los días previos al juramento de Calderón, movimiento que había logrado un control de la Ciudad por meses a través del ejercicio de la violencia, haya sido parte de esta estrategia.



Una encuesta del día siguiente al juramento, indica que el 83% de los mexicanos aprobó que Calderón rindiese protesta en la Cámara. Adicionalmente, la manifestación de AMLO el mismo día para protestar contra la "imposición" de Calderón fue de las menos concurridas desde el inicio de su movimiento de protesta contra el "fraude".



Lo que queda claro es que la inmensa mayoría de los mexicanos aprecia la democracia e instituciones que funcionen y aunque no sean perfectas no aprueban los métodos de AMLO para "perfeccionarlas". La toma de protesta señala seguramente un momento de inflexión para la izquierda en el parlamento, la que esta obligada por las normas vigentes a comportarse en forma aceptable dentro de la democracia. Lo anterior podría implicar un alejamiento de los parlamentarios del FAP de las "formas de lucha" de AMLO, que reflejan más sus resentimientos y ambiciones personales y su incapacidad para aceptar la realidad que una estrategia política coherente.



El agotamiento que sufrimos como resultado del ejercicio de una democracia personalista y mediática por parte de Fox y sus secuelas de ingobernabilidad, la desgastante y estéril lucha postelectoral y el declive de la popularidad de AMLO como un caudillo que muchos consideran peligroso y un antidemócrata, abre una oportunidad para que Calderón haga un gobierno que combine en forma eficaz el ejercicio de las libertades con la aplicación de la ley. Al incorporar varias propuestas de la izquierda a su gobierno, Calderón está mostrando una actitud de estadista razonable que pretende representar una mayoría, que el sistema mexicano de gobierno y la tremenda división del voto en estas elecciones (y de los ciudadanos), no le están dando en principio.



Mucho del posible éxito del gobierno de Calderón dependerá de su capacidad para poder convencer a los actores políticos de la oposición que al sabotear un gobierno simplemente por ser de otro partido, en lugar de jugar limpio el juego de la democracia en forma constructiva, daña al país y sus propias opciones políticas. Sin embargo, no parece conveniente para Calderón dar señales de debilidad hacia aquellos que no respetan la ley o instalarse en medidas puramente mediáticas o dirigidas a la conciliación con AMLO. Esa sería posiblemente la opción más costosa para el nuevo gobierno, como lo demuestran con creces las consecuencias de la debilidad del gobierno de Fox. Posiblemente ese sea un peligro mayor para Calderón que el de ser considerado autoritario, que de todos modos será una consecuencia ineludible de ejercer el estado de derecho aún sin ningún exceso, en un ambiente político dominado mediáticamente por métodos de lucha que lindan con la anarquía y la ilegalidad y los llamados permanentes a la resistencia civil y al acoso de su gobierno por parte del FAP.



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*Hugo H. Montaldo Valdenegro. Genetista, profesor de la UNAM y analista social independiente.


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