“Ninguna calle llevará su nombreÂ…” - El Mostrador

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"Ninguna calle llevará su nombreÂ…"

por 13 diciembre, 2006

La última vez que resumí las grandes líneas que explican por qué el dictador nunca fue juzgado ni condenado por sus crímenes fue en mayo de este año. Intenté rápida y resumidamente entregar esos contextos que permiten comprender la abstención de los gobiernos chilenos a hacer justicia, a cumplir con la ética, con el honor, con los derechos humanos y la razón democrática.



Fue durante un almuerzo protocolar que reunía a juristas de la "Belle province" con sus homólogos catalanes en los salones de la Asamblea Nacional (Parlamento) de la provincia de Québec. Era intérprete para la delegación de la Generalitat de Catalunya en reuniones de estudio acerca del concepto de nación (jurídico, político y cultural) y de los mecanismos constitucionales (los poderes y campos de competencia) del Estado federal canadiense en las relaciones con sus provincias.



Catedráticos y constitucionalistas expertos eran los comensales a quienes asesoraba en los giros lingüísticos y contenidos de un tema político lleno de matices. En esos rápidos intercambios verbales entre el postre y el café, convinimos con dos de mis interlocutores que las preguntas claves de la filosofía política podían resumirse en tres órdenes de cuestiones: la naturaleza y el origen del poder, quién manda y cómo se legitima la autoridad.



Al mencionar como ejemplo la dudosa legitimidad de la Constitución de 1980 de Pinochet no pude continuar inquiriendo y dialogando sobre otros temas generales. Debí haberlo previsto. Sucedía a menudo en circunstancias parecidas. La pregunta llegó de golpe cortándome la inspiración: ¿Pinochet sería algún día juzgado por sus crímenes y por apropiación ilícita de dinero? ¿Quiénes son los responsables: la Concertación, el Poder Judicial, la poderosa Derecha? ¿Acaso en Chile la Razón de Estado prima sobre el Estado de Derecho?



Ahora, cuando me pregunten acerca de los honores que el Ejército de Chile le rindió al dictador empezaré con una anécdota y terminaré con una de las tesis de Walter Benjamin (1892-1940), un filósofo judío-alemán, un pensador extraordinario.



Desbordaba de significaciones el relato que siendo niño me hacía mi padre. Siempre era la misma historia que me inundaba de admiración por él. Aconteció durante sus dos años de servicio militar en el regimiento Chacabuco de Concepción, allá por 1938. Mi padre me describía con lujo de detalles épicos lo sucedido durante unas maniobras militares. Fue en el desarrollo de un simulacro bélico, cuando algunos conscriptos a su mando —era cabo segundo—, decidieron tomarse por iniciativa propia una colina ocupada por el "enemigo". "Nosotros teníamos balas de fogueo", me aclaraba.



El oficial al mando del contingente desalojado de su posición, frustrado e iracundo, respondió con balas de guerra. "El Perro" lo llamaban, de ojos azules, penetrantes y llenos de odio, me repetía cada vez mi padre. Uno de los momentos intensos del relato era cuando el grupo de conscriptos y mi padre, agredidos, con riesgo de muerte y en desigualdad de condiciones, exponían ante oficiales superiores el acto de deshonor y cobardía del "Perro". Mi pregunta al final y la respuesta de mi genitor eran siempre las mismas: ¿Y qué pasó papá, los militares lo castigaron al Perro? "No, hijo, se rieron. Entre ellos se protegen".



El 21 de septiembre de 1973, acompañé a mi padre a recibir su pensión de la Armada en la Caja de Previsión de los jubilados de Talcahuano. Días antes había ido a buscar mis últimos cheques de alumno becario de la Escuela de Periodismo y de ayudante alumno del Instituto de Filosofía de la Universidad de Concepción. Al atravesar el Foro divisé los camiones que salían cargados de compañeros rumbo a la tortura y a la muerte. No eran tiempos de ser locuaz y mi padre me lo repetía con insistencia. "Con éstos no se juega", martillaba.



Pero él no se callaba. Desde la fila frente a la ventanilla de pago, en un día más de terror, mi padre divisó a uno de sus ex colegas de Asmar y también ex conscripto del Chacabuco por aquellos años. Raudo se le acercó, tironeándome con él: "Oye, Ramírez, que no es el Perro éste Â…", le lanzó de sopetón. El pobre Ramírez nos miró consternado y exclamó huyendo: "Cállate hombre". "Viste, hijo, me dijo mi padre con el pecho repleto de orgullo y congoja, es el Perro de nuevo, es el mismo que ahora derrocó a nuestro Presidente. A mi la memoria no me falla".

Aún así, con ese "pedigree" acumulado, nada asegura que tal como lo sentenciaba la exigencia popular en la época de las protestas, "ninguna calle llevará su nombre ...". Lugares de culto de la ignominia existirán siempre en los reductos compartidos entre las oligarquías propietarias del poder y la riqueza y las chusmas inconcientes. Sirven para recordarnos que la responsabilidad del "Nunca Más" seguirá recayendo en nuestros hombros.



Por nuestra parte, haremos todo lo posible para que toda reminiscencia del "general rastrero" siga evocando la traición, el asesinato planificado de los opositores, los crímenes de lesa humanidad y la corrupción. Lo peor de los múltiples rostros de la más vil de las barbaries políticas. Aquella que se ensañó con la vida y lucró con el poder ejercido sobre los chilenos y chilenas.



La tarea de sembrar la verdad ya ha sido asumida con alegría y tranquilidad de espíritu, por la hermosa razón de que los nuestros no murieron en vano. No reconocerlo es optar por la versión de los presuntos "vencedores" y de los que implícita o explícitamente se reclaman de su legado.



Durante algunas semanas la fractura histórica y los discursos que la acompañan recobrarán plena visibilidad. Quienes quieren ignorarla y llaman a "no vivir anclados en el pasado" se verán atrapados entre el deber de memoria y la práctica indigna del olvido o de la vergonzosa deformación de los hechos.



Será el tiempo de la memoria. Serán momentos para recordar que el régimen militar fue vencido por las mayorías ciudadanas. Que sin el poderoso ímpetu de las protestas populares de los ochenta el dictador no hubiera caído. Que la fuerza política del gran movimiento social provino de la amplia participación de trabajadores, de organizaciones de derechos humanos, de los militantes de partidos políticos, de estudiantes, pobladores, clases medias profesionales y comerciantes.



Fue la energía de multitudes la que obligó al régimen político pinochetista a abrir espacios de negociación. Y más tarde, a entregar las riendas del gobierno a las elites políticas que se encaramaron prestamente en el tejido de la sociedad civil aceptando cerrojos y un sistema político generador de corrupción.



¿Cómo no rememorar que las reivindicaciones por las cuales se movilizaron las mayorías ciudadanas tenían un contenido de rechazo a los cimientos de la obra del otrora todopoderoso dictador? Que ellas exigían una Asamblea Constituyente para sepultar la Constitución pinochetista del 80 y sus leyes orgánicas elaboradas por la mente de los intelectuales orgánicos de las oligarquías capitalistas dominantes. Además de la exigencia perentoria de verdad y justicia después de los imprescriptibles crímenes de lesa humanidad, era el momento de derogar la ley de amnistía, el código laboral y restituir las empresas privatizadas al patrimonio público del país.



En este proyecto de reconquista de derechos democráticos y de profundización de la democracia, muchos militantes, periodistas, trabajadores, religiosos, jóvenes estudiantes y pobladores dejaron sus preciosas vidas.



Jugando un papel de primer orden, creando consciencia y opinión pública lúcida en un marco de cerco informativo, estuvieron los medios democráticos escritos — hoy desaparecidos — que elevaron al periodismo nacional al rango de auténticos "chiens de garde" de los derechos y de las esperanzas de democracia plena de todos los chilenos. Momentos de orgullo nacional imperecederos. Crónicas de la historia que se hace cada día. Didáctica de la voluntad de acción y pensamiento que potencia a las mayorías.



A partir de 1990, los episodios que ritman la vida del dictador, transformado por obra y gracia de su propia voluntad en senador institucional, son un fiel reflejo de "la democracia de los acuerdos". Inversión de la historia. Lavado de imagen expresada en el patético llamado del diputado DC Rodolfo Seguel exclamando "ayúdenos Sr. general" y más tarde en el orwelliano y mimético "todos fuimos responsables" del PS Ricardo Nuñez, reiterado hace poco por el empresario Óscar Guillermo Garretón.



Pinochet, el fiel ejecutor de las ideas de la burguesía ramplona —nacional y globalizada — contará siempre con la obsequiosa gratitud del empresariado. Éste todavía no demuestra que, en democracia y jugando limpio, es capaz de crear empleos. Los chilenos no les creen. La sospecha persiste que sólo les interesa el lucro, después que el dictador resumiendo en una frase el neoliberalismo expresara: "Hay que dejar que los ricos se enriquezcan".



La saga del dictador después de su caída fue patética y salpica de lodo a quienes en su camino trataron de salvarlo, para que no fuera juzgado en su país y muriera tranquilo como Alí Babá en su cueva, y no donde le correspondía: en prisión.



Estamos convencidos. El trabajo histórico reconstruirá paciente y fehacientemente los hechos y revelará el juego de los actores de las políticas y deslindará responsabilidades. El mundo de Orwell de las estrategias discursivas de las medias tintas quedará al descubierto.



Pero no es suficiente relatar. Tendríamos que practicar el acto benjaminiano (de Walter Benjamin ): volviendo la vista al pasado e imaginando al mismo instante el momento presente como el momento clave donde gracias al poder de la acción humana, la historia podría cambiar de dirección. Donde los nuestros son concebidos como vencidos y no como víctimas (tampoco como monumentos), sino como portadores de luchas inconclusas, de verdades que hay que re-actualizar con la práctica, ayudados por la memoria activa para romper el cerco de la censura de los "vencedores" y sus acólitos.

Porque los que quedamos con vida somos "aquellos a quienes se espera, los portadores de esperanza" afirmaba W. Benjamin. La historia se juega en el momento presente y nosotros tenemos, como hombres y mujeres el "frágil poder mesiánico" de que aquella derrota de los nuestros se repita o se "eternice". O, que por el contrario, se interrumpa el "curso normal de las cosas" y que por fin la Historia cambie de signo, cambie de sentido, de dirección. Es la primacía de la Política sobre la Historia. Esto es, derrotar el legado pinochetista, su modelo, su sistema político.



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*Leopoldo Lavín Mujica es profesor e imparte el curso "Éthique et politique" del Departamento de Filosofía del Collčge de Limoilou, Québec.




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