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Canción de cuna para Sam

por 17 diciembre, 2006

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Mira que el amor es fuerte; /vida no seas molesta, /mira que solo te resta/ para ganarte, perderte.(Sta.Teresa de Ávila)





La última vez que estuve viviendo en Santiago conocí por suerte a una persona que pasó por mi vida como un ángel.
Una persona cuyo nombre callo para que no me eche la bronca si de esto se entera. Alguien a quien precisamente en estos días huracanados que corren, quiero recordar con especial cariño y amistad. Le llamaremos Sam y contaré lo que se puede contar de lo que él me confiaba, sin violentar pudores.



Venía todos los días a poner en orden mis descalabrados huesillos porque una amiga común, muy querida, también chilena, médico ella de cuerpos y almas, se lo había pedido y él dijo que sí. Después de trabajar en su clínica siempre repleta de pacientes, llegaba a mi casa.



A calmar el dolor.

Que ironía. Porque el suyo, el que le había descoyuntado la vida, es incurable, hasta su hora postrera.



El dolor. Qué fácil se escribe. Suelo pensar. Con cuánta liviandad se maneja el término. Y si molesta la palabra, se borra y andando. Como se borraría cualquier otra que afeara la página en blanco.



Ay, el dolor. Ese dolor único e intransferible que se agazapa y aparece en el cuerpo con mil nombres cuando emerge de las profundices del ser, como una ola de fondo y que duele hasta donde la imaginación no llega; ese dolor que no conoce límites. Así era el dolor de Sam.



La primera vez que le vi, creí conocerle, haberle encontrado antes, quizá en otro tiempo.



Luego me di cuenta que su aspecto familiar correspondía a su parecido sorprendente con uno de mis personajes favoritos.



Si Don Miguel de Cervantes hubiese conocido a Sam, todas las portadas de El Quijote llevarían su rostro y su figura, de verdad alargada como una sombra, escueta y triste. Parecía estar más en otro mundo que en éste. A Sam solo le faltaba Rocinante y la lanza. Yo creo que libró todas las batallas y que Dulcinea del Toboso reinaba en su corazón.



Traía siempre un elegante maletín de cuero con aparatos mágicos ultra sofisticados que organizaba con paciencia y seriedad solemne, sentado en una banqueta. Mientras esto hacía, mirándome desde sus ojeras esculpidas en altorrelieve, hablaba monosílabos para sus adentros dejando largos silencios entre palabra y palabra. Cuando terminaba de componerme los huesillos como quien acaricia plumas de cisne, se iba sin haber esbozado la sonrisa, pero siempre elegante y amable.



Qué le pasará a éste hombre, me dije más de una vez, que no sonríe nunca; a lo mejor le caigo fatal y no se atreve a decírmelo. Convencida de su recelo para conmigo, no osaba aventurarme en ninguna conversación más allá de las trivialidades del caso.



Sam me preguntaba lo típico: que si me gustaba Santiago, que si me gustaban sus gentes, que porqué vivía allá con ese acento tan gracioso según él, pudiendo estar en La Madre Patria. Lo de la Madre Patria lo decía con mucha sorna debo decir. Y me comentó, andando los días, que él había conocido a otro español bastante singular y anarquista.



Así, tratando de evitar posteriores encontronazos por errores de apreciación, o malos entendidos, le dije que con acento o sin acento, yo había ido siempre por la vida de vasca. Y le explique el porqué de tan simplona y a la vez fundamental declaración de principios. Insistí en que no era de ninguna manera por arrogancia, que simplemente estaba constatando un hecho histórico. Para mi sorpresa, aquella aclaración a lo bruto, fue el abracadabra cómplice que hizo sonreír a Sam.
Desde entonces las atrocidades de la dictadura franquista y las de su aventajado aprendiz chileno, habiendo obtenido un Summa Cum Laude en tan tenebrosos menesteres, era nuestro tema recurrente.

Hasta que una tarde, vi. aparecer en el umbral de la puerta a mi amigo con el semblante revuelto. Se sentó en la silla como si el peso del mundo le estuviera aplastando la cabeza. Me dijo que llegaba de la Morgue de buscar a su gente, entre los restos de prisioneros desaparecidos, encontrados por esos días, sepultados en cemento.



Le escuchaba alucinada.



Sam había ido con la esperanza de encontrar allí, entre los muertos, a su esposa. Y como tantas otras veces, también en el 2003, buscó en vano.



Su mujer había sido secuestrada y desaparecida poco después del 11 de septiembre de 1973. Se la llevaron con el bebé de siete meses en su vientre. Nunca más supo de la suerte de su hijo. Nunca más la volvió a ver. Se llamaba Carmen.
Sam me contó a borbotones que amaba a su esposa, que la amaría siempre, que nunca había dejado de buscarla, de quererla, de soñarla, que le corroía la certeza de su martirio, de su desaparición. De su tortura.



Y Sam decía que no le importaba morir. Que vivía por inercia, solo para encontrarla y abrazar sus cenizas o sus huesos.



Petrificada en mi silla me quede mirando sin saber dónde fijar la vista ni qué hacer, sintiéndome culpable por tener tanto de lo que a él le habían arrebatado.



Pero creo que es imposible imaginar en toda su horrenda infinitud la tortura y la desaparición de un ser humano. De una persona amada.



¿Qué infierno puede ser peor? Yo pregunto, loqueros.
Para las otras interrogantes necesito que exista
El Interlocutor.



Hace algún tiempo, un canalla borracho, conduciendo su deportivo, confundió una calle de Montreal con el circuito de Indianápolis y en lugar de circular a 30 Km. pisó a fondo el acelerador y en un cruce de semáforos atropelló a mi hijo que paseaba en bicicleta un sereno atardecer de luna llena del mes de junio.



Me enteré de que "algo" malo había pasado en casa de manera premonitoria pero no importa mucho o no importa tanto, el caso es que sin saber todavía qué era ese "algo", recé para que no fuera lo que mas horror me daba: que hubiera desaparecido alguno de los hijos. Por eso cuando llegué minutos mas tarde al lugar del accidente y vi la muerte muy de cerca en el cuerpo roto de uno de ellos, no me importó. Parecerá una salvajada; quizá lo sea. O tal vez un mecanismo de autodefensa, no lo sé. Lo que importaba era que él estaba allí. Nadie me lo había robado, ni violado, ni torturado, ni desaparecido.



Luego la sangre se me fue del cuerpo, y del cuerpo me colgaba todo, como vacío, igual que una percha. No sentía nada, una extraña calma. Así llegué al hospital justo a tiempo para correr a la sala de operaciones y gritarle a mi hijo, que tenia que vivir, que tenía que vivir. Por encima de todo tenía que luchar para vivir. También le dije que le quería mucho, mucho. Una y otra vez, una y otra vez como si solo eso supiera decir. O rezar.

Cuento esto porque es el único símil que se me ocurre, para tratar de ponerme en el pellejo de mi amigo. Y poder simplemente llorar con él. No quisiera perder la capacidad de las lágrimas. Ni de compartirlas con y por mis semejantes.
No me gustaría quedarme sin compasión.



Hablando de sentimientos.



Cuando Sam vino a despedirse antes de nuestro regreso a Montreal, me trajo de recuerdo algo que había preservado toda la vida como un tesoro. Así lo guardo yo también. Es un crespón negro de su amigo, el anarquista español a quién tanto quería.

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Begoña Zabala es actriz y reside en Montreal. P. Québec.


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