jueves, 20 de septiembre de 2018 Actualizado a las 07:57

Autor Imagen

En nombre del consenso

por 8 enero, 2007

  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Varios acontecimientos que durante el año 2006 hicieron explosión muestran una cosa: que nuestra estructura democrática construida a la sombra del gobierno militar ya no es capaz de soportar las múltiples demandas de un Chile cada vez más complejo. Desde mediados de los años ochenta nuestros políticos nos hicieron pensar que ocultar las diferencias tras el consenso era la única vía para salir airosos del atolladero. Nos obligaron al consenso, se podría decir. Nadie les advirtió que el consenso o es completamente libre de coacción o no es consenso.



En nombre del consenso pareció natural que Pinochet fuese senador, por el consenso aceptamos también la justicia en la medida de lo posible, las razones de Estado, los cheques millonarios primero del hijo y luego del padre, los discursos deliberativos de las fuerzas armadas, los gastos reservados para campañas electorales, los sobresueldos, las prescripciones por delitos de sangre o de bolsillo, la inefectividad de una ley de financiamiento de partidos políticos, la inequidad de una ley electoral que en nombre de los grandes acuerdos elimina la posibilidad de expresión política de nuestras diferencias. Mientras tanto, las calles se inundaban, las casas se llovían, las escuelas se deterioraban, el desempleo se hacía crónico y la sensación de inseguridad aumentaba. La política como herramienta de inclusión social funcionaba más para algunos políticos que para los ciudadanos. Pero importaba más estar de acuerdo en que esos eran los costos de haber recuperado la democracia.



En el año 2006 los costos pasaron la cuenta. Primero fueron las manifestaciones ciudadanas de escolares, profesores, indígenas, empleados, deudores habitacionales, y luego las delaciones políticas provocadas por efecto de presión judicial y mediática o por un autolavado de conciencia, como en las últimas semanas. Sin embargo, la compulsión del consenso obligatorio sigue operando. Las mesas de deliberación estado-ciudadanos se emplean para desactivar el conflicto y pasar rápido a otra cosa. Las comisiones de ética parecen funcionar para ocultar las faltas a la ética y castigar a los que se atreven a denunciarla. Y a la oposición se le ablanda el corazón cuando se trata de fiscalizar a fondo, probablemente porque gracias al consenso tampoco le conviene ir mucho más allá.



Una institucionalidad democrática es débil cuando no logra soportar el antagonismo y tiene que ocultarlo transformándolo de inmediato en consenso. El cambio en el estilo de liderazgo de este gobierno dejó al descubierto esas debilidades institucionales que antes se escondían con ruido de sables, acuerdos cupulares o rabietas mediáticas. Quizás si la gran contribución de Bachelet a la democratización de Chile sea permitir el desarrollo del conflicto propiamente democrático, aun cuando ello disuelva la Concertación y de paso a la Alianza. Así al menos tendremos una política más acorde a cómo estamos siendo los chilenos hoy y no una que reproduce diferencias de casi cuarenta años y que en nombre del consenso trata de ocultar sus vicios.



_________________________________________



Aldo Mascareño. Dr. en Sociología. Académico Depto. Sociología Universidad Alberto Hurtado

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV