Transantiago, un ejemplo de modernización precaria - El Mostrador

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Transantiago, un ejemplo de modernización precaria

por 29 marzo, 2007

La instalación y asimilación de un nuevo sistema de transporte público en una ciudad compleja y sin límites bien definidos como Santiago, ha dejado en evidencia las precariedades y costos excesivos de nuestras transformaciones sustantivas. El encantamiento con las modernizaciones es de corto plazo y suelen ser paradojales las reacciones que las acompañan antes de naturalizarse como parte de nuestra vida cotidiana. Los procesos de racionalización de la vida en común terminan por no cerrarse en sí mismos. Las partes del sistema no son consistentes al funcionar como un todo. La articulación entre actores es incomprensiblemente escasa y las prestaciones ofrecidas a la población, justamente cuando es necesario generar efectos demostrativos, no logran correspondencia con los propósitos e intenciones finales de progreso y bienestar que se quiere construir y regalar.



Los dispositivos metodológicos, las obras de habilitación y rediseño del espacio público, de los traslados, de las nuevas formas de transitar y movilizarse en la ciudad, es decir, la racionalidad instrumental inscrita en estos cambios estructurales, no están acompañados por la inducción, formación y discusión propia de una conversación social que permita incluir a las personas en su multidimensionalidad, a los ciudadanos en su diversidad. El Transantiago es un proceso concebido de manera aséptica en un diseño que no incorpora en momento alguno a sus usuarios (nombre aséptico: usuario el que usa), por tanto, es un proceso modernizador sin actores, sin sujeto social, sin protagonismo de quienes están llamados a servirse de sus bondades. Recurriendo a Habermas, tendríamos que decir que esta invisibilidad del sujeto, de no incluir sus prácticas, sus intencionalidades, sus actitudes, sus temores, nos habla de ausencia de matrices que incorporen Modernidad, entendida ésta como un proceso de construcción y emancipación de actores y sujetos sociales. Ausencia de protagonismo de quienes deben definir primera y últimamente la eficiencia de las políticas públicas. De nuevo estamos ante esta suerte de Modernización sin Modernidad.



El soliloquio de la élite



Las transformaciones necesarias y sustentadas en la propia lógica de actualización del progreso, no pueden entregarse a una pequeña parte de la elite tecnocrática que con sus prácticas de planificación vacías de validación social quedan patéticamente en un descampado de irracionalidad e ineficiencia. Los errores se pueden perdonar y asumir más fácilmente si los procesos de gestión permitieran generar algún grado de densidad social. La elite tecnocrática ha repetido su propia pauta. En este proceso, como en otros, se espera que la población, hoy en día, los ciudadanos, se adapten, se acoplen a las medidas y objetivos del Desarrrollo y a los modus operandis de procesos que desconocen, en vez de incorporarse la intersubjetividad que aparecerá a la vuelta de las esquinas y generar procesos amplios de inducción y educación de la población en una modernización apropiada y apropiable.



Es sorprendente que se oculten, en el debate público, los costos y tiempos de ajustes propios de un cambio tecnológico que también debe ser concebido y acompañado de nuevas formas de interacción social y de actualizaciones en el capital simbólico para la convivencia cívica en sus niveles más básicos, en especial en los sectores más vulnerables. Estas dimensiones fundamentales quedan al arbitrio del azar o a la inteligencia natural de las personas.



De igual modo, la desarticulación de los agentes en la experiencia del Transantiago hace aparecer al Estado como único agente responsable de los errores y fallos evidentes. No será que si el escenario hubiera sido diferente y, optimismo mediante, los resultados iniciales fueran más halagüeños se desearía ser el receptor directo de los aplausos al funcionar el nuevo plan positivamente. Y esta hipótesis de exceso de optimismo o de autocomplacencia alentó apostar por la improvisación y el salto al vacío.



Por último, como señala Nicanor Parra en el verso inscrito en el símbolo Pink Floyd del reciente recital de Roger Waters: "En democracia la basura sale a la superficie". Esto vale para los casos de corrupción y también para los desaciertos de nuestras modernizaciones precarias y potentes a la vez.





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Sergio González Rodríguez. Psicólogo y Antropólogo. Doctor en Psicología (U. de Chile). Académico de la Facultad de Humanidades, Universidad de Santiago de Chile.

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